Rinaryan: La huella de un fantasma 20. Normas #3
67%

20. Normas #3

Los seísmos se detuvieron de pronto, y su velocidad se redujo lentamente hasta poder volver a controlar su propio cuerpo. Se sentía pesado y le escocían heridas que antes no tenía, no solo en la espalda y los dedos, sino en los hombros, en el pecho y en la cabeza.

Al fondo, un hombre y una mujer apuntaban con armas de fuego en su dirección a las puertas de una pequeña muralla de madera. La mujer habló primero.

—¡Rápido, aquí estáis a salvo!

Con la respiración entrecortada, Vinadarian miró a su amiga esperando una respuesta.

—No les diré nada. No los involucraremos en nada de esto, tranquilo —respondió ella tratando de tranquilizarlo. Sin embargo, él creyó notar alguna nota oculta en la hermosa melodía que trataba de cautivarle los oídos.

—Está bien. Voy a dejar a Niza y su amigo aquí cerca.

Está herida, así que no creo que vaya a ninguna parte.

Al menos, no muy lejos —respondió él, dejando con delicadeza a ambos en el suelo.

Tres criaturas más saltaron desde su espalda—.

¿Y estos de donde salen? —gritó. Acto seguido, las tres se abalanzaron sobre la alimaña y Niza, tratando de morderles en vano.

Suspiró exasperado y se llevó las manos a la cabeza—.

Está bien. Ahora vuelvo, voy a hablar con esta gente y a dejar a Jyon en un lugar más tranquilo.

Niza no le permitió a Vinadarian alejarse de ellos, se sentía insegura, así que lo forzó a quedarse.

—¿Puedo llevarlos dentro? No darán muchos problemas. Los sacaré en cuanto terminemos de hablar —les dijo a los vigilantes con ciertos tintes de molestia en la voz, aunque con una fachada de ojos de cachorrillo que acompañaban muy bien sus numerosos rasguños.

—S… Sí, creo… Nunca nos había pasado nada similar. Pero no parecen peligrosos, ¿a qué no? —respondió el hombre.

Al pasar la muralla pudieron ver mejor algunos restos de la antigua civilización, casetas a pie de playa, algunas tiendas, como supermercados y gasolineras, reutilizadas como dormitorios, enfermerías, puestos de abastecimiento…

Era minúsculo, apenas para veinte o treinta personas, pero la seguridad y medios que tenían chocaban tanto con lo que habían visto hasta ahora que no podían despegar los ojos de sus alrededores.

Los llevaron hasta un albergue de madera de cedro que había aguantado en unas condiciones envidiables.

Estaba lleno de niños que hablaban y correteaban esperando a salir.

Susurraban entre ellos al verlos pasar, y es que era una imagen de lo más pintoresca: dos jóvenes que llevaban en brazos un reptil, perseguidos por una alimaña y tres criaturas peludas y cuadrúpedas que trataban de morderse entre sí y solo conseguían andar hacia delante con paso firme.

Subieron una escalera hasta el primer piso, donde había dos habitaciones abiertas, una vacía. En la otra había un hombre mayor.

—Jefe —dijo la mujer con tintes cariñosos en la voz—, te traemos a dos chicos malheridos. Estaban siendo perseguidos por el terror del pantano.

—Ya veo… Pocos han sobrevivido a su ira, me temo. Tengo algunas preguntas que haceros, pero antes decidme: ¿queréis pasar aquí unos días hasta recuperaros? —respondió el anciano.

—No tenemos mucho tiempo. ¿Dos noches estaría bien? —preguntó Jyon—. Pero lo que quería pediros es algo un poco distinto… ¿Alguno de vosotros conoce o ha oído hablar de un tal Smil? Un tipo que vive no muy lejos de aquí. Tengo un mensaje para él.

—¿Vienes del refugio? Debe haber sido un viaje duro, considerando que habéis venido solos.

—Pues ya nos puedes ver, hemos llegado de una pieza de milagro. ¿Puedo considerar eso como un sí? —contestó Jyon.

—Podríamos intentarlo, aunque nuestro informante aparece muy ocasionalmente, así que no es seguro que le llegue antes de que partáis.

—Oh, no te preocupes. Le llegará. Estas cosas tienen una magia particular para llegar a cualquier rincón.

—Muy bien, ¿de qué se trata?

Jyon respondió con una sonrisa de oreja a oreja.

—El villano sigue vivo.

Él retrocedió hasta casi caerse de espaldas.

—¿Puedo preguntar qué significa? —preguntó el anciano.

—Es un juego entre nosotros. Una forma de pedirle ayuda muy específica —respondió Jyon.

—De acuerdo. Se lo haremos llegar lo antes posible. Mientras tanto, poneos cómodos. Aquí no comemos hasta las dos de la tarde. Hasta entonces, podéis descansar en los sacos que hay por todo el albergue.

Atragantado con su propia lengua, el chico tosió con fuerza manteniendo los ojos abiertos de par en par clavados en ella, exigiendo una explicación. Sin embargo, recibió algo muy distinto.

—Perdona, pero si te quieres quedar, vas a tener que toser tapándote la boca. Hay muchos niños y no conocemos qué nuevas enfermedades podrían propagarse.

Jyon no pudo evitar carcajearse al escucharlo. Así como tampoco pudieron evitar caer rendidos de cansancio horas después.

El mensaje llegó alto y claro, y es que los ecos de las voces son incontrolables incluso tras el final.

—¿Desde dónde dices que lo ha enviado? —resonó la voz de Sara al escucharlo esa misma noche.