Rinaryan: La huella de un fantasma 20. Normas #2
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20. Normas #2

Justo antes de estallar, fue Niza quien se revolvió y la arañó en la muñeca, obligándole a soltarla a costa de caer de bruces contra el suelo. Incluso la alimaña que se había mantenido al margen en todo momento se lanzó a mordisquearle el tobillo.

—¡Si vamos corriendo va a ser peor, cabezota! ¡Voy lo más rápida que puedo, pero no quiero que seamos la merienda de nadie!

—¿Pero qué estás diciendo? ¿A qué viene toda esta payasada?

—¡Y yo qué sé! ¿Por qué contigo no es así? Esta todo el tiempo tratando de obligarme a correr, es muy difícil moverse así. No quiero enfadarme, pero ese bicho es muy caprichoso.

—¿Caprichoso?

—No soy la herramienta de nadie. Por preocupada que estés, nosotros merecemos estar a salvo tanto como tus amigos.

—¿Por qué no hablas conmigo? De repente, parece que te entiendes más con ella que conmigo.

—Porque, en cuanto te des cuenta, vas a decirme que vuelva por donde he venido.

Vinadarian apretó los dientes y respiró hondo. Su respuesta fue silenciada cuando contempló a Niza, malherida, avanzar a pesar de su cojera. La recogió del suelo y caminó con cuidado. Sus pasos comenzaban a hundirse en la tierra húmeda, el agua supuraba de sus desgastados zapatos.

—Escapaba de algo peligroso y teme que sus amigos hayan muerto —con­testó—. Te estoy poniendo en peligro, y voy a conseguir que te maten a ti también.

—¡No me jodas, Vinadarian! Ninguno de los dos debe pesar más de diez kilos y han salido prácticamente ilesos. Estaba siendo divertido, una aventura fuera de toda la locura que es el mundo real ahora mismo.

—Jyon, la última vez que maté a alguien también tenía ese mismo sentimiento. Esta estupidez se acabó.

—Lo necesitamos. Los dos.

—No, lo que necesitamos es que sigas viva.

—Ahí está. Otra vez. «Sigas». ¡Estamos los dos! ¡Deja de quitarte de en medio, pedazo de imbécil!

—Ya basta. Haz lo que se te antoje, no tengo fuerzas para pelear contigo.

—Vinadarian trató de volver sobre sus pasos, pero Jyon lo agarró por los hombros, impidiéndoselo.

Trato de apartarla levantando los brazos.

Jyon empujó hacia delante, adentrándose con él en el pantano.

Niza acomodó y aceleró su avance hasta estar ambos metidos hasta la cintura. Sin previo aviso, pararon en seco.

Se hizo un silencio abrasivo y asfixiante, edulcorado con el fluir del agua enfangada y las ondas chocando con las piedrecillas.

Desde ahí se podía ver con claridad el cadáver de un geevar flotando en el agua, mutilado hasta quedar casi irreconocible, sin la mandíbula inferior ni ninguna de sus cuatro patas.

El barro enmascaraba el rojo de su sangre fluyendo por el pantano.

—¿Esto es lo que querías? —dijo Vinadarian en voz alta. Jyon separó los brazos y no se atrevió a contestar. Cabizbajos, ambos quedaron suspendidos en una prolongada pausa en la que ninguno fue capaz de encontrar las palabras correctas.

Niza manipuló los hilos del movimiento del líquido y acercó el cadáver hasta poder rozarlo con su minúscula pata.

Sintiendo el frío en su cuerpo, la pena desgarró su alma, en sintonía con la de Vinadarian.

Un rastro efervescente regurgitado en el fondo del pantanal movía los juncos que navegaban por la superficie.

—No sé qué quería. Pensé que quizá lo averiguara hablando contigo —respondió Jyon chapoteando al estirar los brazos. El agua salpicó la cabeza del joven, que no se inmutó al responder, aunque tampoco se atrevió a mirarla a la cara.

—Entonces, has cumplido tu cometido y también tu promesa. No conseguirás nada hablando conmigo, vuelve con tu familia y déjame en paz de una vez —sentenció Vinadarian.

Jyon cerró el puño y caminó hasta él, lo tomó del hombro y lo giró a la fuerza hasta forzar el contacto visual. Con el ceño fruncido y los ojos empapados, chocaron miradas.

— Nadie va a decirme qué puedo o no puedo conseguir. ¿Me has oído?

Fue tan solo una fracción de segundo. Los decididos ojos de Vinadarian brillaban con un fulgor que le recordaba a algo muy distinto e irremediablemente familiar.

La determinación del sacrificio, la fuerza del corazón; donde esperaba ver la rendición de un soldado, encontró la última de las trincheras.

Pero no se retractaría, pues no cabía piedad contra la necedad de los desesperados.

No hubo respuesta, tampoco tiempo para formularla o siquiera pensar en ella; las burbujas dejaron de surgir en cuanto pronunció la última palabra.

Surcos sólidos nacieron alrededor de los juncos, un movimiento oscilante y sutil pero frenético y errático los rodeó y se alzó impidiéndoles salir y tapando casi en su totalidad la luz del sol.

Vinadarian tomó a Niza con el brazo izquierdo, pegándola contra su pecho, mientras que Jyon cogió a la alimaña del pescuezo y la aposentó en su hombro izquierdo.

Los movimientos terminaron por sincronizarse, formando una bolsa oscura muy amplia desde debajo del agua hasta varios metros por encima de ellos.

Jyon se apresuró. Aprovechándose de la formación en espiral, podía escalar con relativa dificultad con la esperanza de ser más rápida que lo que fuera que trataba de apresarles.

Vinadarian se quedó parado y mantuvo los ojos cerrados. Puso la palma de la mano frente al punto sólido más cercano que encontró y hundió los dedos entre las bandas, apretando con más intensidad gradualmente hasta escuchar la voz de una mujer.

—La criatura —solicitó. Era una voz dulce, tanto que por un momento no parecía una orden.

Pero el chico sentía a través de ella. La conexión se acrecentaba por momentos, y sus emociones, aunque separadas, se fundían en una amalgama perfectamente estructurada, una mezcla heterogénea de un solo color.

Una paradoja, una contradicción. Una aberración.

La piel de sus dedos se desprendió, las heridas en su brazo se abrieron y la sangre fluyó palpitante con la naturalidad de una caricia, generando de nuevo el grotesco brazo que recubría el suyo como una nueva extremidad.

Y, con la misma facilidad, Vinadarian abrió un enorme agujero en la trampa e hizo temblar la estructura entera, incluyendo a una Jyon que casi había llegado a la cima.

Caía de cara al agua, pero Niza corrigió a tiempo su trayectoria, haciéndola caer junto a ellos.

Ambos echaron a correr desorientados. Ella aún cojeaba, había podido disimularlo bien hasta entonces, pero ya no pudo contener el dolor, y Vinadarian se percató al instante.

Sin mediar palabra, el chico acercó a la criatura a su amiga, que terminaría por sostenerla entre sus manos.

Cuando conectaron sus miradas, él sería quien rompería el breve instante de calma en la tormenta.

—¿Tú qué crees? ¿De verdad merezco la pena?

El pantano entero erupcionó en un vómito de agua, sangre, barro y tierra que se abalanzó sobre ambos.

Un ser tenebroso surgió del agua, rostro alargado y ojos compuestos como los de un insecto, gruesos colmillos y lánguidas extremidades en la parte delantera de su torso, algunos brazos humanos fluctuaban entrechocándose a sus lados, mientras que las patas traseras eran anchas y grisáceas, con algunas protuberancias conectándolas al abdomen.

Dos enormes brazos surgían bajo su cabeza, un poco por debajo de donde deberían estar sus ausentes hombros, uno de ellos negruzco y conectado con lo que parecía ser una boca de la que emanaban esas espirales gruesas y el otro plateado, con el relieve de un hombre adulto sonriente en el antebrazo.

Jyon corrió ladera abajo tan rápido como pudo, pero en cuanto se percató de su intento de huida, Niza no se contuvo a la hora de detenerla.

—¡Es tu culpa que nos hayamos metido en medio de todo esto! ¿Y ahora te haces la digna?

De un instante para otro, las piernas de la joven se movieron en la dirección contraria. No por voluntad de Niza, sino por la suya propia.

El enemigo se abalanzó sobre Vinadarian. Bloqueó el golpe con el brazo escarlata, pero lo hizo retroceder. Tembló. Un nudo en su garganta. Nada le había hecho retroceder, ni siquiera las paredes de Praesidium.

—¿Qué eres? —se distinguió entre el gutural rugido del monstruo. La voz de una mujer escondida entre pesadillas.

Vinadarian se levantó y corrió tan rápido como pudo hasta ella. Cargó todo el peso de su cuerpo en el puñetazo, aprovechó también la velocidad de la carrera para aumentar la potencia y arremolinó la sangre de su espalda en el puño para hacerlo aún más grande.

Su oponente había bajado la guardia, pero ante un golpe tan directo y predecible pudo preparar su defensa, desviando su dirección y golpeándolo con sus extremidades más poderosas.

De nuevo, el chico se levantó preparado para contraatacar, y fue sorprendido por la respuesta de su compañera.

—¡Una distracción! —Acelerada con la habilidad de Niza, pudo correr más rápido de lo que jamás hubiera imaginado, hasta el punto de hacerse un daño considerable en ambas piernas a pesar de haberse transformado instantes antes.

La embestida impactó con una fuerza descomunal, lanzando a la mujer varios metros dentro del pantano.

Jyon desfalleció, sus piernas temblorosas no soportaron el dolor y cayó al suelo. Vinadarian se las arregló para recogerla en su huida. Juntos, ella, Niza y la pequeña alimaña salieron despedidos ladera abajo sobre el inmenso brazo escarlata.

La pendiente se pronunciaba a medida que avanzaban y comenzaba a ser complicado mantener el equilibrio; de un instante a otro, Niza tomó el control del movimiento del chico, que tuvo que cerrar los ojos por la inmensa velocidad de carrera que alcanzaba.

Tras ellos, la mujer los perseguía con una sed insaciable y una determinación férrea, arrasando con árboles, pedruscos y cualquier cosa que se interponía en su camino con su hercúlea fuerza. A pesar de no poder verla, notaban las vibraciones en el suelo como pequeños seísmos.

Con los ojos entrecerrados, pudo discernir algo similar a una aldea o un campamento al final de la inmensa ladera, que parecía no terminar nunca.