Rinaryan: La huella de un fantasma 20. Normas
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20. Normas

El último hilo de la esperanza, tal como el chispear de la lluvia o el fluctuar del arroyo, el emanar del sol y de la luna, la emoción del amor, la intensidad de la admiración…, es ineludible, marca un decreto férreo y una enmienda inmisericorde.

Patético y hermoso, la promesa de una promesa.

Enmarañados como una red, como las hebras que componen una cuerda, solo quien pudiera agarrarla decidiría si utilizarla para escalar o como una melancólica canción de despedida.

Ya no quedaban lágrimas, tan solo decenas de arrepentimientos y errores que pesaban como si portara el peso del mundo entero contra su palabra.

No había fuerzas para empujar, y en la tenebrosa oscuridad no sabía distinguir entre arriba y abajo. Tan solo el fondo le servía de guía para alcanzar el lugar del que se había caído, si es que en algún momento había escalado algo.

La calidez en la penumbra se había convertido en el mayor de los peligros.

Caminaba junto a ella, mirada al frente, reparando en cada detalle.

Flores pisoteadas, cortezas podridas, huesos triturados, hojas marchitas…

Percibía fuertes y rápidos pinchazos en el pecho al contemplarlas.

Cerró los ojos un par segundos de más en un parpadeo; quizá su mente se acallará un poco de esa forma.

Sintió cómo la postura de la criatura, Niza, en sus brazos cambiaba, se erguía en un réquiem silencioso ante un paisaje que distaba mucho de ser tenebroso.

—¿Estás bien? —interrumpió Jyon sus pensamientos—. Creo que, si vas a continuar adentrándote en este bosque, merezco al menos una explicación. No me extrañaría que apareciera un monstruito de esos y nos sacara los ojos para luego comérselos como olivas. Así que…

Vinadarian carraspeó a punto de reír.

—Si te lo explicara, dejaría tu advertencia como algo ordinario, por eso no quería decirte nada.

Ella resopló mofándose de su comentario, y respondió blandiendo una sonrisa de medio lado.

—¿Es algún tipo de intervención divina? ¿Te has vuelto loco del todo cuando me has visto?

Él apretó los dientes y bajó la mirada al escucharla.

—No esperaba que nadie me buscara.

—Encontraste a tu amigo, ¿no?

—Sí, pero no volverá.

—Entonces no merecía la pena.

Levantó la vista de sopetón, confrontando el confiado y magullado rostro de la joven en armonía con los enormes ojos de la criatura, que imitaron su enfoque e intensidad.

—Te equivocas. Yo soy quien no merecía la pena. Por eso me alejé de los demás.

Jyon arqueó la ceja y estalló en risotadas en breves instantes.

—Mírate. Un pellizco y ya vuelves a parecer tú. No me retracto, mereces la pena. ¿Él? Ni idea, pero por cómo hablas… Déjate de dudas y de lloriqueos. Volverá. Y tu hermano y los dos chiquillos que te acompañaban también. Yo solo les he tomado la delantera.

Vinadarian abrió los ojos de par en par y dejó de respirar un instante.

—¿Estabas en ese refugio?

—Con mi hermana, y poco antes de encontrarte también me reencontré con mi madre.

Allí hay un tipo que controla mucho de lo que pasa por los alrededores, así que puede que encontremos a tu amigo en tiempo récord.

Si nos damos prisa, no creo que tardemos más de ocho o nueve horas en llegar, aunque me duelen las piernas, quizá necesite un descansito de camino.

Vinadarian sintió una alegría indescriptible.

La imagen de los tres pequeños se formaba en su cabeza, apagándose de repente en pos de algo que jamás había visto antes y que le suponía un alivio de importancia similar.

Extrañado, miró a su alrededor. Sintió una preocupación en ciernes, desligada de toda lógica o instinto.

La imagen de una alimaña se formulaba como una silueta en su cabeza y la criatura en sus brazos se agitó.

Sus enormes y amenazantes ojos demandaban algo con una rudeza sobreprotectora, y no fue hasta que la dejó en el suelo con delicadeza que rebajó la intensidad de su mandato.

—¿Entonces, la vas a dejar aquí? —preguntó Jyon, observando cómo su amigo se había quedado petrificado mirando más allá de las sombras de los matorrales.

Siguió la dirección de sus ojos como una estela, y quedó aún más confundida al ver que se trataba de un minúsculo geevar, no mucho mayor que la palma de sus manos, con una curiosa y pequeña trompa, que les devolvía el gesto tembloroso.

—En serio, ¿de qué va esto? Empiezas a preocuparme —sentenció sin saber si reír o llorar al contemplar la escena.

—¿Te acuerdas de cuando casi nos matan?

—¿La primera vez o la segunda?

—La primera. Me acerqué a ese enorme geevar y llegué a tocarlo antes de los disparos.

—Sí, ¿por qué?

—Cuando lo hice, por un instante contemplé el mundo a través de sus ojos. No hablo de forma metafórica, lo digo en serio.

—Supongo que algunos desayunos pegan más fuerte que otros.

—Se lo prometí. Que cuidaría de él hasta que naciera. No sabía a qué se refería, pero arriba, en la montaña, sentía un cosquilleo muy raro. Era muy parecido a lo que sentí cuando lo toqué.

—¿Y ese cosquilleo te gritó que había un caimán sin cola muriéndose en una cueva?

—No sabía qué era, ni quién. Solo que necesitaba ayuda y que el cosquilleo se movía mientras hablaba contigo.

—No me extraña —respondió guiñándole el ojo—. Si yo hablara conmigo también me daría un cosquilleo —continuó tratando de hacerle reír.

—¿Me crees? ¿O sigues pensando que algo me sentó muy mal?

—Te creo, bobo. Te estaba tomando el pelo, pero no eres al único al que estos días le da tumbos la cabeza —respondió ella propinándole un golpecito en el pecho.

Niza caminó hacia la criatura ignorando en la medida de lo posible el dolor de su pata herida; Vinadarian y Jyon se quedaron en silencio observando el bonito reencuentro.

Al llegar el geevar escamado hasta la minúscula alimaña, esta dejó de temblar y comenzó a revolotear a su alrededor, pero la preocupación latente en el chico no disminuía a pesar del pequeño oasis de alivio que sin duda sintió al momento.

—¿Y este? ¿También el cosquilleo? ¿O esta vez ha sido un escalofrío?

—No. Esto no ha sido cosa mía. Ella nos ha indicado a dónde ir, es bastante más lista de lo que parece.

—Bueno, pues… ¿misión cumplida? ¿Fueron felices y comieron lo que sea que coman?

Estoica y solemne, Niza volvió la mirada con una petición con tintes de ordenanza. Fue como si se abriera un boquete en su garganta, algo más que un ruego o una súplica; era una plegaria a una fuerza que iba más allá de su comprensión.

Cerró los puños y frunció el ceño, luciendo su sonrisa más desafiante ante los ojos de la mal llamada caimán sin cola.

—¿Qué me estás intentando decir?

—Sigue preocupada.

—¿Pero por qué? ¿Ahora hay que sacarla de aquí?

—No estoy seguro.

—¿No decías que ella nos ha traído aquí? Voy a recogerla del suelo y que nos lleve donde demonios nos quiera llevar.

—¿Estás segura?

—Después de esa mirada no puedo irme sin saber a dónde nos va a llevar todo esto. ¿Estás conforme?

—Sí, aunque me preocupa tu estado. Puede que sea peligroso.

—¿Más que volver yo sola?

—Probablemente.

—Pues por lo menos moriré habiendo hecho algo por otro ser vivo, y no por haberme ido a visitar a un desagradecido que se caga encima a la primera de cambio —dijo propinándole otro golpecito en el pecho.

— Touché —contestó él. Para su sorpresa, durante su pequeña discusión Niza ya se había movido hasta los pies de Jyon, quien la tomó con cuidado y la alzó a la altura de su pecho.

—Pesa más de lo que parece —respondió con una sonrisa.

Se quedó un par de segundos embobado mirándolas. Niza botaba la cabeza de lado a lado tratando de orientarse, y Jyon la imitaba bailando con todo el cuerpo hasta molestarla.

—¿Te enfadas? Vale, vale, ya paro… Estás hecha toda una fierecilla, capitana… Niza. ¿A dónde vamos?

Jyon enderezó la postura y levantó los brazos, dejando a la pequeña criatura colgando. Vinadarian dio un paso al frente y posó sus manos sobre las suyas.

—Le haces daño, bájala un poco. Camina hacia donde mira, ella te lleva. Creo que tú lo notarás más que yo.

—Ah, perdona, capitana. ¿Notar el qué? —dijo poniéndose en marcha.

Levantó la pierna derecha con suavidad, pero no dejó de levantarse hasta que la rodilla casi llegó a la cintura.

El pie caería en picado acto seguido, fruto de una mezcla de confusión y gravedad.

Haciendo fuerza para retomar el equilibrio, posó el talón muy despacio y dio un paso muy largo que la dejó prácticamente de rodillas.

—¿Estás bien? —gritó Vinadarian, preocupado. Ella asintió en silencio.

—Está… Está preocupada de verdad. Acaba de intentar hacerme echar a correr, pero no sabe cómo. Primero el de la montaña, después el del bosque y ahora tú… —balbuceó ella.

—¿Jyon? —continuó él.

—Estoy bien. Andando, cuanto antes terminemos con esto, mejor —sentenció justo antes de emprender una presurosa marcha.

De pronto, el camino se transformó en algo distinto, una lucha entre marioneta y marionetista con los roles invertidos; los forzudos pasos de la joven peleaban con el control de Niza sobre sus movimientos entre gruñidos e improperios.

Cada poco, Vinadarian se ofrecía a llevarla él mismo, pero era activamente ignorado por una lucha agotadora a través de los juncos, espinas y matorrales. La vista marcaría el destino, pero no llevaría sus pasos y sería Jyon quien decidiera el ritmo y la intensidad.

El frío se acrecentaba al ahondar en la espesura.

Cada vez había menos árboles, hasta el punto de dejar de verlos por completo, convirtiéndose en un paseo entre plantas tan altas que impedían la vista más allá de un angosto y marcado camino en el fango, tan lleno de pisadas que era imposible discernirlas.

Las advertencias caían como lluvia en tierra yerma. «Es peligroso», «Es una tontería», «Vas a acabar peor de lo que has llegado». Todo era en vano, y la molestia del joven crecía con el paso de los minutos.