19. Engendro #4
Salvaguardar toda vida podría ser, irónicamente, la destrucción de parte de ella.
En un breve vistazo entendió que eran distintos. Las alimañas, los insectos, su amigo y ella… eran diferentes. Ninguno debía valer menos, pero tampoco más.
Irrumpir en su naturaleza es complejo y perjudicial. Protegerlos no era tan sencillo como había pensado.
De pronto, todo empezó a temblar. La criatura que los había aspirado se zarandeó, dolorida, con un grotesco gruñido y el mundo entero pareció voltearse. El inmenso geevar de torso partido cayó al suelo.
En una hábil improvisación se las apañó como pudo para detener el impacto en la mayoría de las criaturas, pero su amigo volvió a ser una burbuja muy pequeña y salió corriendo bosque adentro en medio de la oscura noche.
El olor a sangre y los horribles sonidos moribundos de la criatura la alertaron sobremanera, volviéndose a comprobar el estado del resto de sus protegidos, quienes, a su vez, esperaban a la que, de alguna forma, se había convertido en la figura materna de todos ellos.
El engendro enderezó la vista, vislumbrando la silueta de una mujer con una sierra despedazando en silencio la cabeza del gigantesco geevar.
Incómoda y asustada, abrió la boca con delicadeza haciendo una pequeña rampa hacia el suelo e hizo salir a sus huéspedes insectos; después, ordenó en otra dirección los hilos de la sierra pensando que quizá aún podría salvarla llamando la atención de la humana, que masculló algo ininteligible y miró a su alrededor, desorientada.
Parecía haber pasado el peligro cuando, de repente, se abalanzó como una bestia, bajando el pecho y extendiendo ambas manos, pudiendo percibir por un instante lo que parecía un desfigurado rostro en su hombro derecho.
Sus hilos eran irregulares, pero la práctica hizo al maestro y pudo conseguir que se cayera al suelo sin hacerse mucho daño. Otros hilos fueron a su rescate, interponiéndose entre humana y engendro.
No quería perderlos, no quería sentir lo mismo que con su pequeña planta.
Firme, volvió a tirarla al suelo pensando que quizá recapacitaría y se iría, pero se recompuso al instante. Brazos de distintos tamaños surgían de su cuello y costados, avanzando ahora como una araña a toda velocidad.
Una tercera vez la desplazó a un lado, ahora con más intensidad, la mayor que pudo. Quizá le hiciera daño, pero el miedo que sentía le impedía pensar con claridad.
Aquella criatura no era como ellos.
Un grotesco y enorme brazo lleno de grueso pelo oscuro salió del pecho de la mujer y la impulsó hacia el cielo.
Paralizado, el engendro se mantuvo en una sorpresa exacerbada sin poder siquiera emitir orden o juicio a los hilos. Fue atrapada por las manos de la mujer, que sonreía de forma siniestra mientras apretaba con tanta fuerza que sintió cómo sus propias escamas penetraban sus huesos.
En un frenético salto, las preciosas chispas que surgían de los colmillos de dos de sus protegidos armonizaron un poema de despedida para ella.
Se lanzaron a acabar con la mujer y atravesaron su garganta y su pecho.
El dolor que sintió hizo que soltara al engendro, quien rodó ladera abajo hasta el pie de un arroyo junto a pequeña cueva.
Desorientada y con el único propósito de salvarlos a todos, pensó que la oscuridad de la cueva era la misma del bosque del que provenían, pues era la primera vez que presenciaba una noche tan oscura.
Caminó cuanto pudo, apenas diez o doce metros, hasta caer desplomada, incapaz siquiera de desmayarse por su abrumadora preocupación e impotencia. Percibía cómo todo se reducía alrededor de su cuerpo, como si el mismo universo la arropara en la noche.
Pensamientos complejos comenzaban a formarse en su mente.
«¿Habré hecho bien dejándolos atrás?», pensó sin hacerlo, entendió sin pretenderlo. Escuchó sin ser su voz.
El corazón de la montaña nacía en el suyo propio. Fruto de la causalidad y en lucha con la casualidad, la probabilidad dictaminaba su veredicto con la luz de la luna llena penetrando en la cueva.
Sus ojos amarillentos de motas azules volteaban los colores conforme la calidez de la montaña se hacía propia. Un nuevo nacimiento, una nueva oportunidad, un nuevo nombre, un nuevo amigo.
Memorias, experiencias y pensamientos se entrelazaban al contemplar con su primer aliento la mano tendida de un hombre sobre un engendro.
No como su dominante, captor o cazador.
Era algo distinto, un concepto mucho más complejo, uno que determinaba el imposible vínculo entre geevar y humano, la inquebrantable unión entre los corazones de madre e hija. Seres que aún escapaban a su comprensión, criaturas que iban más allá de lo orgánico.
El bautizo de dos entes que formaron uno solo, un nombre recompuesto desde el alma de la montaña y forjado bajo la imposición de una promesa desalentadora.
—Niza —dejó escapar el humano. Vinadarian.
Lo miró de frente. Emitía calor, pero también dolía. Le dolía mucho.
Lloraba y sonreía, pero descubría en él una sensación renovada, una chispa en la oscuridad.
En una mutua súplica silenciosa, un trato implícito entre protector y protegido.
El segundo asalto comenzaba.