Rinaryan: La huella de un fantasma 19. Engendro #3
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19. Engendro #3

No tardó mucho en arrastrarla a ella también.

Se apagó la poderosa luz del sol, atravesó pelo y carne hasta llegar a su saco estomacal, donde los insectos se disolvían o luchaban por sus vidas tratando de subirse a lo que flotaba en el líquido.

Nada llamó la atención del engendro, que buscaba con desesperación su brizna de hierba entre cada resto.

Algunos hilos surcaban los flujos cual navegante en su velero, pero el engendro seguía sin encontrarla.

Derrotada, cerró los ojos esperando el terrible dolor, percibiendo algo nuevo, humedad.

Una estancia agradable y fresca. Los hilos de dentro eran distintos a los de fuera, y producía ambos continuamente.

El navegante, una esfera de mucosa negra que rodeaba una bola de pelo con dos enormes ojos turquesa que revoloteaban dentro y fuera de su cabeza, recolocándose con completa libertad por la burbuja, justo encima de su pequeño hocico rosado.

Se desplazaba de extremo a extremo como un velero sin rumbo y sin destino.

Su cuerpo operaba independientemente a la burbuja que lo rodeaba; flotaba dentro con la energía y el entusiasmo de un niño, separaba los ojos de su cuerpo y gruñía dando vueltas alrededor del engendro, cuya mirada se mantenía enfocada en el ondear líquido del mar estomacal.

El pesar le impidió sentir la felicidad de descubrir. La impotencia de la injusticia se descubrió ante ella, impidiéndose a sí misma descansar en pos de encontrar la única solución que podría ocurrírsele: volver a encontrarla.

Un castigo infinito que la dejó paralizada durante horas mientras su molesto compañero de viaje revoloteaba y gruñía tratando de llamar su atención.

Con cada nueva ola, cada vuelta, incluso cada mero parpadeo, los ojos volvían a brillar con una esperanza que se rompía de inmediato. ¿La habría movido hacia otro lado? Cuando dejó de mirar, ¿salió volando y está encima? No…

Sus heridas se curaron, pero no su corazón; la desesperanza que sintió al rendirse durante el crepúsculo del segundo día fue una lección para la que aún no estaba preparada.

Su compañero seguía incordiándola, por lo que mostró su mayor grado de desprecio, cerró los ojos y se permitió caer presa de su inmenso cansancio.

Algo la golpeó en el costado tras unas horas de sueño, movió la cabeza y abrió los ojos de sopetón al escuchar de nuevo los agudos gruñidos del ser esférico. Notó que estaban parados y apenas quedaba un tercio del líquido que había al principio.

La corriente de aire ascendente llenó todo de hilos una vez más, y cientos de ramas, arbustos, hortalizas, verduras e insectos levitaron unos segundos, formándose millones de hilos de todos ellos, tallos, hojas, raíces cortadas, minúsculos insectos…

El engendro tuvo que elegir en un instante. Tratar de protegerlos a todos significaba exponerse a un inmenso dolor. Dejarlos caer no supondría cambio alguno.

Un instante decisivo que modificaría el rumbo de los acontecimientos, así como el de su compañero.

No podría salvarlos a todos, los hilos no respondían a órdenes tan complejas, menos aún con tanta variedad de ellos. Debía centrarse en uno o dos y traerlos hasta su extraño compañero.

La criatura enmendó su vista con una revelación. Comprendió algo que había evitado entender: aquel extraño ser que la acompañaba estaba cuidando de ella tal y como ella protegió a su planta.

Motas azules crecían en sus pequeños ojos amarillos, revoloteando descontroladas en el instante que no dejaba de alargarse.

El tiempo se detuvo, los hilos eran más nítidos y se enredaban bajo cada criatura suspendida en el aire.

Los cuerpos más grandes emitían hilos más gruesos, y los que caían más rápido, hilos más rectos.

Tiraban de ellos. Caían por la fuerza de la gravedad.

El engendro detectó su patrón; una medialuna hermosa y caótica.

Las paredes interiores del torso volvieron a cerrarse.

Una partitura indescifrable, un puzle físico que solo ella podía resolver.

Sus pupilas danzaban con la maestría de un director de orquesta, sabía dónde posar la mirada; seguía la dirección de cada hebra y decidía si tirar del hilo o empujarlo.

Frenaba, aceleraba o cambiaba la dirección de la caída de toda criatura con suma precisión, y en cuestión de segundos no hubo una sola en peligro de caer en el flujo estomacal de su captor, desde centenares de insectos, hasta alimañas bípedas de hocico alargado.

Por fin la criatura dedicó toda su atención a su salvador, su compañero y, ahora, su primer amigo.

Por desgracia, casi todas las plantas e insectos se desvanecieron de inmediato dentro de la pequeña burbuja.

Por suerte, ahí dentro había hilos que no podía sentir, detonando en sí una inmensa alegría que no sería apagada mientras se consumían.

Las alimañas se lanzaron contra las escamas de la criatura, aspirando con una fuerza minúscula pero gran precisión los cadáveres de los insectos que se habían quedado en sus heridas, así como de aquellos que tan solo correteaban.

Entendido como una muestra de afecto, les dedicó otro vistazo. Sorbían con sus rosadas narices y ojos diminutos y hacían ruidos extraños; después, dejaban caer un líquido negro desde sus grandes fosas nasales y lo atrapaban con las manos, se lo llevaban a la boca y se lo tragaban.

Al contemplarlo, dejó que las demás inofensivas criaturas corretearan por sus escamas, protegiéndolas, pero las alimañas no cesaban en sus intentos de alimentarse y no podía detenerlas.

Se le ocurrió entonces abrir la boca y resguardarlas dentro, como con la planta.

Una tras otra, dejó que entraran, manteniéndolas pegadas a su lengua.

Tragó una cebolla silvestre que al chocar con sus diminutos dientes le hizo sentirse extraña. Era agradable de una nueva forma.

Desde su nacimiento, aún no había comido nada. No sentía un hambre voraz, pero sí una ligera molestia e incomodidad que había olvidado hasta ahora.

En movimientos muy lentos, abría y cerraba la boca saboreando la verdura al tiempo que controlaba los hilos de las hormigas en su lengua para no comerse alguna por accidente o evitar que salieran y fueran potenciales víctimas de las alimañas.

El proceso se repitió hasta llegar al punto de alimentar con hojas también a la inmensa cantidad de insectos de distintas especies dentro de su boca. El dominio del movimiento y orden de los hilos superó con creces a los de su propio cuerpo en muy poco tiempo.

Criaturas de toda índole subían por la corriente y eran salvadas por la criatura y su amigo mientras navegaban con el único objetivo de volverlo a hacer.

La burbuja parecía expandirse a medida que consumía el líquido estomacal, insectos, plantas o cualquier otra cosa que cayera dentro y no tuviera la suerte de conservarse.

No parecía haber explicación más allá de ser un mero capricho del destino, pero la criatura lo tomaba como un medio para continuar salvando más y más vida.

Y así fue; en las siguientes semanas salvaron a más de diez geevars, algunos más peligrosos que otros.

Uno en especial, una criatura cuadrúpeda con el pelo encrespado y garras afiladas cuyos huesos mandibulares agujereaban su propia piel con unos colmillos inferiores gruesos y dientes más pequeños y serrados.

Aún quedaban restos de sangre cuando llegó; nervioso y hambriento, se abalanzó sobre la criatura, que se vio de inmediato protegida por el resto. Quedó maravillada al ver cómo de sus colmillos surgían chispas cuando gruñía amenazante.

Tras ese incidente, la misma criatura que trató de acabar con ella respondía con agresividad cuando se le ofrecían las pequeñas verduras que caían fruto de las corrientes de aire.

Debilitado, estaba cerca de morir cuando el ruido del viento lo asusto.

Una alimaña cargaba con el cuerpo de otra de su misma especie.

Ambos se abalanzaron sobre el cadáver y lo desmembraron para comérselo mientras se peleaban.

Ella se acercó y se puso en medio, dejándoles sus respectivas mitades de la presa con tal de acabar con la lucha. Se dio cuenta, curiosa, de que la muerte de una criatura había renovado las energías de otra.