Rinaryan: La huella de un fantasma 19. Engendro #2
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19. Engendro #2

Entrelazadas, formaban una estructura inverosímil, un mapa desdibujado de conocimiento imposible de adquirir.

No quería perder la única vida que había vislumbrado; al fin y al cabo, podría ser la última. Los hilos de sus pies se movían en una dirección muy concreta, desde el suelo hasta lo alto para después volver a caer.

Era repetitivo pero divertido y le permitía moverse muy rápido, más de lo que la criatura había podido moverse antes, y hacerlo era maravilloso, pues le permitió conocer la vida.

Trató de flexionar la pata hacia delante, como la rodilla humana, pero era aún más lenta que antes.

Volvió a intentarlo, descubriendo entonces que no tenía hilos en el resto de su cuerpo, mientras que la mujer destilaba hilos por todas partes.

En el pecho, la cadera, los brazos… Un nuevo intento sirvió para lanzar un empujón hacia delante.

Se cansó al agitar todas las extremidades.

Alzó la cabeza hacia arriba y se lanzó. Fue divertido, aunque doloroso.

Llegó hasta la primera habitación, donde se encontraba la silla blanca y tres personas apuntándola con sus armas de fuego.

Quedó expectante. Para ella no fue más que otro descubrimiento, una nueva fuente de alegría, más vida, más hilos, más movimiento.

Sin embargo, los humanos veían a un extraño reptil que se movía de forma irregular y que los amenazaba con unos enormes ojos amarillos. Un geevar.

Las dinámicas vibraciones volvieron con sus haces de luz, el estruendo de los disparos ya no fue tan sorprendente como la primera vez. El dolor bajo el ojo derecho le molestaba al mantenerlo abierto, pero ahora veía claramente esos hermosos hilos de los que antes no se había percatado.

¿Qué eran? ¿Eran vida? ¿Eran divertidos?

Eran tan distintos como las personas que veía enfrente, pero tan similares como los cabellos que se repetían en sus cabezas.

¿Por qué no se movían? Parecían ir unidos a todo cuanto podía percibir, vivo o muerto, pero cedían a sus deseos, al contrario que el movimiento de la vida, cuya intención era propia.

¿A qué deseos ceden? ¿A los de la vida? ¿A los del frío, el calor, el dolor…? No… Los hilos no estaban vivos ni marcaban la vida, tan solo el movimiento. La inercia.

Y tal como movió su patita en su primer paso, con el único objetivo de seguir mirando, el engendro los apartó; no con los ojos, el tacto o siquiera la mente, sino con el sentir de su existencia. Los hilos cedían a los deseos del movimiento, pero ella podía imponer el suyo propio.

Los disparos danzaron en un movimiento curvo, una circunferencia que atravesó las gargantas de los hombres y la cabeza de la mujer. Pareció divertido; surgieron millones de hilos, colores y vibraciones, incluso un hermoso líquido rojo que estaba caliente llegó hasta su patita.

La criatura se quedó observando durante horas sus cuerpos inertes, esperando el momento en el que volvieran a levantarse, pero no lo hicieron. La vida se había acabado.

A pesar de su dolor y decepción, sus ansias de conocimiento la hicieron caminar más allá, y pudo contemplar las ruinas de lo que antaño fue un enorme laboratorio.

Percibía en el ambiente algo que la llevaba de la mano más allá, una corriente de aire limpio que contrastaba radicalmente con el gas que había respirado hasta ahora; podía oler el asfalto, la gasolina, la pólvora…

, pero un nuevo aroma determinó su próximo objetivo: el bosque.

Solo una puerta se encontraba en su camino, entrecerrada. No supo qué hacer. Los pocos hilos que caían de ella eran demasiado endebles como para obedecer sus intenciones y no cabía por el hueco, así que se acercó y puso las patas sobre ella tratando de caminar por encima. La puerta se cerró.

Por suerte para ella, una nueva corriente de hilos gruesos y fuertes tiraron de ella hacia atrás. Fue doloroso, pero la puerta quedó abierta y, tras recuperarse sacudiendo la cabeza un poco, la atravesó.

Las ruinas fruto del fin, decenas de cadáveres por las calles, vehículos destrozados, cuerpos quemados, miembros amputados… El mundo entero la esperaba, pero no era tan hermoso como la vida.

Caminó siguiendo su olfato, perfeccionando su torpe técnica al andar rumbo al bosque.

Caminó y caminó hasta que sus pequeños músculos no pudieron continuar.

Los ojos se le cerraban por el cansancio, pero no quería parar.

El terror de acabar como aquellas personas surcaba su mente, impidiéndole dormir. ¿Acaso este era el final de su vida?

No podía contenerlas. Sus ojos se llenaron de lágrimas de amargura, sentía espinas clavándose en su espalda mientras su vista se oscurecía hasta desaparecer. ¿Por qué tenía que terminar?

Al recobrar la conciencia sintió un enorme agradecimiento y una felicidad desmedida que plasmó en la intensidad de su mirada. Debía sentir y conocer. Un deber que solo podía cumplir siendo, siendo más que nunca.

Y, cual recompensa divina, encontró entre una grieta del asfalto un pequeño brote de hierba ondeando con el viento. Su movimiento era violento y torpe. Le recordaba a los que hicieron las personas antes de fallecer, justo al caer desplomados.

Se acercó tratando de salvarla de su fatal destino, pero no logró nada más que un rastro de polvo se metiera en sus ojos y tuviera que cerrarlos. Arrastrados por el viento, los hilos eran finos pero mucho más firmes.

Debía pararlos. Una preocupación inmensa acaparó su cabeza.

Nunca había intentado detenerlos, pero si no lo hacía, la vida de esa criatura se disiparía también.

El nerviosismo le hizo extender las patas a los lados inclinando el cuerpo hasta tocar el suelo con el pecho, una posición de depredador para observar el movimiento de la brizna de hierba.

Trató de detenerlos, pero no conseguía más que un pequeño instante de calma cada varios segundos. Los hilos no cesaban de generarse en todas direcciones, salvo donde su cuerpo detenía las corrientes de aire. Antes de verla morir, quizá pudiera protegerla.

La arrancó de cuajo del suelo y, con ella dentro de su boca, continuó su camino con cuidado de que no se hiciera daño.

Las pequeñas patas aún le dolían, pero ahora sentía la responsabilidad de cuidar de la minúscula planta, lo que renovó sus energías para continuar su camino hasta el olor que percibía.

Al filo del desfallecimiento, mantuvo el paso hasta llegar a un chaparral; al contemplar las hojas de los árboles mecerse y el sonido de un arroyo cercano, su sentido de la responsabilidad superó a la felicidad de encontrar nueva vida.

Se sentó bajo uno de los árboles, donde el viento no pudiera generar esos molestos hilos, y dejó con la dulzura de una caricia y la suavidad de la caída de una pluma la minúscula brizna. Inmóvil, muerta. Tal como se temía.

Se recostó a su lado bajo la sombra del árbol, fue su forma de pedir perdón. La herida en la pata y bajo el ojo seguían haciéndola sufrir, pero este daño era distinto, era uno que la impedía sentir, una barrera hacia el futuro.

Escarbó un poco en la tierra al arrastrar las patas.

Pequeños insectos revoloteaban entre los granos, algunos trepaban por sus escamas creando un desagradable cosquilleo y disipando la atención sobre la minúscula planta, donde algunos ya clavaban sus alargados colmillos blancos.

Se levantó de inmediato y alejó a los molestos parásitos.

La arrastró hasta alejarla de ellos para recogerla de nuevo en su boca cuando sintió un ardor intenso en todo su cuerpo.

Las pequeñas criaturas habían pasado entre sus escamas y penetrado en su piel, devorándola lenta y dolorosamente por dentro; el ardor se debía a la toxina de sus colmillos, una que entumecía los músculos hasta el punto de inmovilizarlos en pocos segundos.

Aun así, la criatura puso la brizna de hierba muerta por delante de sí misma, pues no podía dar órdenes a los hilos de dos lugares distintos. Ninguno saboreó de nuevo su preciada planta, no mientras la protegiera.

El engendro miró hacia el cielo al contraer el cuello por el dolor, reparando en la luz del sol por primera vez durante unos instantes.

Era dolorosa al chocar con sus ojos, molesta y calurosa, un calor distinto al del cuerpo que tocó al despertar; se desperdigaba por ella y le hacía cosquillas como los insectos.

Al igual que las piedras del asfalto, no emanaba ningún hilo, pero…

Era divertida.

¿Iba a dejar de vivir si no la protegía? ¿Otra vez?

Estaba al borde de la muerte, pues si caía inconsciente los insectos se la comerían hasta no dejar más que huesos, pero solo pensaba en protegerlos.

Un instinto de una bondad infinita hacia el prójimo, uno que la dejaba por debajo de cualquier organismo con tal de mantener la vida ajena.

El último eslabón de la cadena alimenticia, una criatura incapaz de actuar por su propia supervivencia.

Un patético engendro sin lugar en este mundo.

Pero no el único, pues la marabunta de insectos dándose un festín con sus músculos atrajeron una inmensa sombra, una de patas delgadas y alargadas que emitía hilos por todas partes.

La criatura solo pudo ver las pezuñas delanteras plantadas frente a ella.

De un negro azabache, se alzaban casi medio metro bajo su corto pelaje anaranjado como la luz del sol.

Cuadrúpeda y extremadamente alta, quedó justo encima del engendro y una violenta corriente de viento ascendente tiró de ella, llevándose de inmediato a la práctica totalidad de los insectos que trataban de comérsela, así como centenares de plantas, ramas e incluso tierra de alrededor.

El engendro contempló en la más absoluta fascinación cómo el delgado torso de la gigantesca y grotesca criatura se dividía en dos y se ensanchaba, un orificio alargado y profundo que ondeaba con el viento, expandiéndose y retrayéndose a gran velocidad, aumentando con cada pálpito la intensidad.

Emanaba al hacerlo una corriente que lo absorbía todo.