19. Engendro
La vitrina de aquel laboratorio.
La más pequeña de las hermanas miraba con orgullo los fósiles de criaturas extintas, desde dinosaurios hasta seres de periodos no documentados. Garras, vértebras, uñas, huesos, pieles y órganos decoraban la amplitud del inmenso habitáculo.
Apretaba dientes y puños. Deslizó la puerta de cristal de uno de los contenedores y sacó una enorme pata de ave, una garra ancha y llena de ampollas amarillentas con manchas blancas que reventaron al contacto con su piel, esparciendo un asqueroso hedor que envolvió toda la sala y un polvo dorado.
Lo miró con fascinación tapándose la nariz y boca. Se alejó con cautela.
El polvo se adhirió tan solo en una de las vidrieras, en la de un cráneo de uno de los dinosaurios, en concreto, de una cría de dracorex, un cráneo alargado y plano de un herbívoro sin los nódulos característicos de su especie en la base.
Ella se detuvo justo antes de salir, pasmada.
Terminaría por soltar la garra por accidente.
Al mirarse la mano vio que no tenía ni rastro de ese condenado polvo.
Recogió la garra y volvió a acercarse a la vitrina del cráneo. La abrió con cuidado de no mancharse con el polvo y acercó las pústulas muy lentamente. Una de ellas reventó sin contacto directo y el polvo se adhirió alrededor de los huecos de los ojos.
Su pulso se aceleró tanto que notaba las vibraciones en las cristaleras de su alrededor. Dejó todo en su sitio, cerró todas las puertas y alzó la mano derecha, acercando muy despacio la yema del dedo al polvo sin llegar a tocarlo.
No había más de dos milímetros entre este y la sustancia cuando decidió parar. Tragó saliva y comenzó a retirarlo, todo había sido solo imaginación suya. Casualidades en un mundo de probabilidades, un error más en el gigantesco universo científico.
Algunas partículas se desprendieron del cristal y cayeron en su dedo, algo imperceptible, pero ella sintió una energía renovada, una resolutiva agudeza en sus sentidos por un instante, hasta que el polvo cayó, desvaneciéndose ante sus ojos sin dejar rastro más allá del recuerdo.
La habitación dejó de ser un mero museo con el pasar de las semanas. Cables, ordenadores, mecanismos y maquinaria separaron unos fósiles de otros. Las pústulas de la garra comenzaron a aparecer en algunas de las nuevas adquisiciones y, poco a poco, también en las antiguas.
Dejaron de emulsionar ese asqueroso y hediondo polvo. Con esta tecnología, se drenaba en vasijas opacas y cartilaginosas de las que emanaba un brillo verdoso. Pronto sería denominado como una de las cuatro esencias: la esencia de la naturaleza.
La habladuría popular hizo del rumor una certeza hasta convertirse en norma y glorificar el nombre de la científica que tanto trabajó para llegar a ese momento.
Niños y adultos frágiles y enfermos llegaban con esperanzas de recuperarse y se veían satisfechas en instantes.
Adquiría también energías renovadas y capacidades físicas superiores, así como el aumento de sus reflejos y agudeza mental.
El eco de uno de los mayores logros de la humanidad llegó a las tierras más inhóspitas y el conocimiento acerca de esta esencia progresaba en un halo de esperanza embriagador.
Hasta que dejó de hacerlo.
Su eficacia convirtió en necesidad lo que antaño era milagroso, haciendo mella en los más necesitados, quienes organizaban partidas para asaltar el lugar y conseguir algo de ese milagro.
Necesidad que aprovecharían grupos enemistados con la científica, sobre todo aquellos liderados por sus hermanas.
La hermana pequeña, Ana, desapareció. El uso de la esencia de la naturaleza quedó como un misterio incluso para sus más allegados colaboradores.
La luz del evento conocido después como el fin envolvió el mundo entero, y comenzó una nueva era.
La codicia y la incógnita aún envolvían el laboratorio pese a estar en ruinas. Una expedición se adentró con determinación en busca de restos de la esencia, encontrándose un rastro de escombros y sangre y los cadáveres de cientos de soldados, científicos y algunos niños.
El grupo, tres hombres y una mujer, avanzaban con dos linternas sala por sala, muchas vacías, otras con algunos muebles y un par sospechosas.
La primera, enorme, estaba llena de tecnología conectada a un sillón de algún material parecido al cuarzo, aunque más granuloso y pesado.
Las esposas metálicas de los reposabrazos y las ataduras de la parte baja estaban rotas.
Conectaba con un sistema de cableado que seguía hasta la habitación de atrás, a la que solo podían acceder utilizando un extraño panel.
La mujer hizo una indicación con la mano y colocó algo sobre la puerta.
Uno de los hombres sacó un arma de fuego y disparó al artilugio, y todos se pusieron máscaras de gas de inmediato.
Un líquido corría por el metal, liberando un gas grisáceo.
La puerta se derritió. Entraron en silencio, temiendo algún tipo de emboscada o trampa, pero no hubo sino ruidos agónicos, estertores de aquellos destinados a la muerte.
Escucharon, sorprendidos, ruidos animalescos.
Habían oído hablar de los geevars, pero no esperaban encontrar ninguno aquí, menos aun lo que parecían crías.
Sus esperanzas de hallar la famosa esencia de la naturaleza se disipaban.
Alumbraron con las linternas de un lado a otro y de arriba abajo, encontrando cadáveres de criaturas horripilantes.
El destello del fin imbuyó vida a aquellos impregnados con la esencia de la naturaleza, aunque no a todos; tan solo a los que ya hubieran podido formar su organismo.
Ninguno había sobrevivido. La mayoría no eran más que cabezas adheridas a intestinos, huesos o dedos. Engendros.
Aquellos que parecían poder salir adelante fueron ejecutados con la frialdad digna de quien juzga con miedo, como insectos horribles y peligrosos.
Pero en una última vitrina, casi oculta por los cuerpos de las demás, una criatura estaba lista para morir en su cuna de cristal y convertirla en su ataúd sin siquiera saber que había llegado a vivir.
De morro un poco alargado, patas pequeñas como las de una salamandra y escamas del azul oscuro de la noche crepuscular, lo primero que olfateó en su vida fue el corrosivo gas que los humanos habían traído a su trágico hogar, donde todos sus hermanos se hallaban muertos a su alrededor.
Como un ave rompiendo su cascarón, el engendro movió el morro a un costado deslizando un poco el cristal de la vitrina.
No pudo emitir lamento alguno, ni siquiera el más leve de los gruñidos.
Al abrir la boca, tan solo sonó una exhalación y una tosecita que la asustó, haciendo que cayeran los cristales.
Dio su primer paso al calificar la vibración del sonido como algo estridente y amenazante.
Se cortó en la pata derecha con uno de los vidrios, lo que acrecentó su pánico.
Se escabulló hacia un lado de la habitación, golpeándose con el cadáver de uno de sus congéneres.
Sentir ese extraño calor al tocarlo le agradó.
Acercó la pata herida por instinto. Con un pequeño empujón, pudo impulsarse hacia delante y recuperar el equilibrio antes de caerse al otro lado.
Percibió el choque de la carne contra el suelo, el aire helado entre sus escamas.
Poco a poco, el dolor de la pata cedía y crecía su curiosidad.
Sentía la necesidad de avanzar, de descubrir.
Algo seguía sonando, vibraciones repetitivas y rápidas que se aproximaban. ¿Qué sería esta vez? ¿Sería doloroso como el cristal? ¿Cálido? ¿Algo más? ¿Algo bueno?
La mujer gritó. Aterrada, tiró la linterna y sacó el arma de fuego, pero la luz de la linterna iluminó los párpados de la criatura, y abrió los ojos por primera vez.
Unos ojos amarillos de pupilas alargadas como las de una serpiente, de iris dorado con motas azules y una esfera muy pequeña en su centro de este color.
El mundo ante ella era hermoso. Colores vibrantes como el rojo de la sangre, el blanco parpadeante de la luz de fuera, la brillante linterna y la extraña criatura que se había quedado pasmada.
El engendro clavó la mirada en el rostro de la humana. La mano temblorosa sobre el gatillo contrastaba con la determinación en sus ojos, fijos en los de la curiosa criatura, analizando cada arruga en su piel, en su máscara, cada curva en su cabello.
Era tal la fascinación de la criatura que olvidó el dolor y el frío, la inquietud e, incluso, su inconmensurable curiosidad.
Una infinidad de conceptos nuevos para ella se armonizaban como colores pintando una página en blanco, manchas llenas de significado sin forma alguna. Un gigantesco puzle por desentrañar.
La vida.
El estruendo.
La pólvora explotó, disparando el proyectil hacia su frente, pero no temió. Disfrutó de contemplar una nueva luz, de descubrir un nuevo parámetro, un juego. Todo lo sentido se unificó y llevó hasta el extremo cada sensación: el calor, el frío, la curiosidad, la fascinación… Y el dolor.
Aunque el engendro se mantuvo estático, la bala erró, desviándose apenas unos centímetros. La criatura recibió el daño bajo el ojo derecho, una rozadura que salpicó de sufrimiento todo su cuerpo. Cerró el ojo y contrajo su cuerpo hacia ese lado, pero su eterna vigilancia no cesó.
Consideró de inmediato el dolor una consecuencia de la vida, parte del inmenso mundo en el que se encontraba, una sensación tan válida como la del frío o el calor. Pero también descubrió algo más, un hilo que entrelazaba el movimiento a su alrededor consigo misma.
La mujer pidió auxilio al ver la reacción de la criatura.
Sus movimientos bruscos al tratar de correr fuera de la habitación, agitando la pistola, estaban conectados entre sí y con el propio engendro.
El hilo se dividía y se extendía por sus brazos, piernas, párpados, cabeza…
Eran hebras finas y se movían con elegancia y sutileza en una danza caótica y desordenada.