18. Valía #3
Una sensación cálida, una caricia sutil llegó a su brazo, no de una forma directa, sino como una percepción, quizá una ilusión.
Contuvo la respiración y miró a un costado.
Un hormigueo continuó forjándose hasta su pecho; caminaba lento pero con fuerza.
¿Un insecto? ¿Cálido? Al este, allá donde se forjaba la sombra, el sol alumbraba con total intensidad, iluminando su cabello escarlata y sus ojos dorados.
No podía creerlo; el villano quedó mudo, sin aire y no pudo ni parpadear. Quería engañarse a sí mismo, pensar que no era ella, pero la gravedad cambiaba con sus pasos, escuchaba retumbando en su mente aquella confesión. Fue la primera promesa que hizo tras El Fin, cuidar del retoño de una montaña.
Puede que fuera una casualidad. Que se equivocara, que fuera la morriña lo que lo anclaba a la esperanza, y no lo que creía ver.
La silueta tomó forma, y Jyon observó las marcas en los ojos del joven, sus heridas y moratones, la luz ya apagada en su mirada, resquicios de alguien a quien conoció.
Un hombre fragmentado en ceniza, uno que sintió cómo su estómago se estrujaba mucho más que con cualquier veneno.
Escuchó sus palabras sediento de confirmar sus sospechas.
Quería que fuera ella. Solo podía ser ella.
—Tengo entendido que han sido días duros, villano. Me gusta más que escoria. ¿A ti no? —lo saludó Jyon.
—¿Qué haces aquí? ¿Por qué todo el mundo parece saber dónde estoy? ¿Qué pretendes?
—Muchas preguntas. Quizá no eres tan misterioso como crees. Ni tan listo. Ni tan malo. Vengo para hacértelo entender.
—¿Más lecciones? Creo que ya he aprendido suficiente.
—No, idiota. —Ella le tendió la mano como Álika, pero con mayor decisión y magnetismo.
Se sentía una mágica atracción, como si el polvo de la montaña, el frío viento y las nubes revolotearan a su alrededor.
Era un momento de pausa, un oasis en el desierto, el alivio del presente impregnado del aroma del futuro.
—Vengo a demostrarte que ni siquiera ahora, cuando has echado a todos de tu lado, vamos a dejar que pienses que estás solo.
Ahora, dime, ¿vas a decirme que me marche o estás listo para el segundo asalto?
Se te acaba el tiempo de descanso, villano.
Dicen que la justicia nunca duerme. ¿Dejarás que te tome la delantera tan fácilmente?
Vinadarian la observó con detalle; la luz del sol revelaba algo más que sus colores, también sus dolencias. Sangre seca, los pies llenos de cortes, moratones… Una vez más, su propia debilidad implicaba a otros para protegerlo. Sabía cómo terminaba todo.
Quería tomar su mano tanto como se puede querer algo en este mundo. Alma y corazón gritaban entusiasmados por ponerse en pie junto a ella y empezar de nuevo, revelar una nueva esperanza tras esta sombría etapa. No podía, no debía.
No aún.
Día y noche, sombra y sol. Álika y Jyon. Ética y deber. El perdón y la evolución.
Una prueba tras otra, llegó una última. Vinadarian se levantó apresurado, notó algo más en la montaña. Era frío y viscoso. Dolorido, caminaba por un pasaje que desconocía. Lo sentía en su codo derecho, la eclosión de una nueva vida. Pero había algo raro.
—Espérame aquí —dijo Vinadarian, lo que irritó a la joven.
—¿Vas a salir corriendo?
—No, no es eso. Hay algo raro aquí, lo noto. Creo que puede ser un geevar.
—¿Qué? No oigo nada.
A toda prisa, rodeó la montaña y bajó en pendiente decenas de metros. Jyon fue tras él haciendo caso omiso de su petición.
—Está ahí debajo. Creo que se está muriendo —dijo en voz alta.
—Estamos todos a punto de morir en este puñetero estercolero gigante —respondió Jyon—. ¿Y qué pretendes? ¿Sabes por dónde se entra ahí?
—No… —contestó, contemplando el breve reflejo de la luz en la mirada de la criatura. Unos ojos enormes y amarillos de pupila afilada que, sin embargo, no emanaban ningún tipo de agresividad—. La he visto —sentenció. Las voces volvieron a hacerse notar en su interior.
«Elige, villano».
«Enorgullécete, Vinadarian».
Se quedó paralizado un instante y miró de reojo a Jyon.
—¿Vas a salvarlo o te vas a quedar ahí parado? —le dijo ella.
Su corazón se aceleró, la montaña misma temblaba como un terremoto. Con gracilidad, Vinadarian entabló un trato consigo mismo.
«Su nombre es Serquam. Es lo que más quiero en este mundo».
Tendió la mano, estiró los dedos, y la montaña le abrió el paso. Seguía temblando, el calor se disipaba de los granos de arena, pero emanaba con fuerza desde la criatura, un ser escamado y pequeño, frágil y de oscuras escamas con reflujos dorados y azules que le clavaba la mirada.
«Eres increíble».
Vinadarian tragó saliva y continuó avanzando hasta el pequeño y afligido ser.
Con gracilidad, lo envolvió entre sus brazos y presionó la herida con la mano.
La criatura estaba hambrienta, pero no trató de morderle.
Respiraba con mucha dificultad. Ambos cerraron los ojos y se dejaron arropar por el otro. Salvador y salvado.
Más allá de toda lógica, hombre y engendro se necesitaron en pos de un nuevo camino para ambos.
Para todos. Un acto de pureza que tendió un clavo ardiendo al que aferrarse.
Las voces seguían ahí, pero no todas dolían; algunas encendían las brasas de su corazón para seguir luchando frente a la tempestad.
El perdón del pasado, la aceptación del presente y la promesa de un futuro. No cabía duda, ni siquiera para él.
El segundo asalto comenzaba.