Rinaryan: La huella de un fantasma 18. Valía #2
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18. Valía #2

—No todo se arregla con un perdón. Decir lo siento no sirve para nada.

Llevo años deseando olvidarme de vosotros.

De ti. Y te volví a encontrar. Ojalá pudiera encontrar a quienes busco como te vuelvo a ver a ti haciéndome daño —respondió Vinadarian levantándose con dificultad.

Su tono se alzaba a cada palabra—. ¿Dormir?

No… Es mucho peor de lo que piensas. Relacionarme con los demás era pesado y temerario.

Sigue siéndolo. Es una sombra que me pesará toda la vida, una oscuridad incesante que se ha apoderado de mí y me llena de rencor. Lo odio, y también a ti.

Álika retrocedió un par de pasos al escucharlo, se le entrecortó la respiración y notó cómo se le encogía el pecho. Se formó una bola en su garganta, y bajó su brazo.

—No, un lo siento no sirve de nada. No acepto un perdón refugiado en un caparazón de victimismo.

—Está bien —respondió ella—. Me marcharé.

—No he terminado.

—No quiero oír más.

—Hoy ganas tú, Álika. —Ella sintió cómo se le erizaba la piel.

Con los pelos de punta y la boca abierta, le ofreció de nuevo el brazo, con una dignidad renovada—.

Pero acepto que hayas llegado hasta aquí y hayas roto cada muro entre nosotros para sincerarte así.

Por un momento, has convertido mi desprecio en admiración.

Vinadarian apretó los dientes y respiró hondo al levantar la mirada hacia ella. Había quedado atónita. Él no había acabado aún.

—Quiero creer que puedo perdonarte. Que no me estás engañando otra vez. Que no es otra cruel broma del destino. Que un día me reiré de todo el daño que me hiciste. No te pediré perdón por lo que creas que hicimos mal, pero sí te ofrezco mi sincera gratitud, Álika.

Ella perdió el equilibrio al retroceder un par de pasos más, y el joven la sujetó con una sonrisa a medio cocinar entre el asco y la felicidad.

—Está bien —respondió ella—. Me gusta como lo has dicho. «Tus palabras no significan nada». Aunque es irónico. ¿No es así?

Con una carcajada seca, la ayudó a levantarse y respondió en un suspiro desgastado.

—No es que las palabras no signifiquen nada, es que tú eres quien les hace ganar poder. También puedes hacer que lo pierdan.

—Podrías decir eso de cualquier cosa.

—No. Si te meten un balazo entre ceja y ceja, da igual la psicología.

—Sí, igual en esa situación tienes problemas más grandes de los que preocuparte.

—O no —respondió él. Ella se llevó la mano a la boca y se aguantó la risa.

—Si no te importa… Comprenderás que tengo que volver, y no eres el único para el que mi palabra no vale nada.

—Bueno, hoy vale un poco más que ayer. Vete. Ha estado bien, ha sido divertido.

De pronto, el rostro de Álika se tensó, chocaron miradas y hubo un breve silencio. Uno con un sabor muy familiar. Vinadarian se preparó. Le iba a hablar sobre aquella mujer. Nada más podría causarle esa reacción.

—Vinadarian, ¿crees que fue ella? Sé bien que la detestas, pero… ¿lo crees? ¿Ella provocó el fin?

El chico tomó aire, notó un pinchazo en el hombro al escucharlo. Su vista se nubló por un instante y se le erizó cada vello en los brazos.

—Llevo pensándolo desde el primer día. Me han preguntado decenas de veces, y mi respuesta siempre ha sido la misma: dudo que lo provocara, pero estoy seguro de que fue por su culpa.

Exhaló con un profundo alivio, sabiendo que había contestado con una honestidad que iba más allá del rencor. Una sensación reconfortante, una demostración de su perdón.

Álika quería indagar más. Se paralizó al escucharlo; esperaba algo más contundente, sencillo, un insulto o una simple verificación. También supo que era un regalo.

—Adiós, villano. No eres tan malo como te pintan.

Se despidieron con un breve gesto con la mano. Ambos apartaron la mirada del otro lo antes posible, pero al poco de separarse ella se detuvo a mirar las estrellas, y él se tumbó para hacer lo mismo.

El villano no sonrió, pues no podía hacerlo, pero esa noche durmió mejor que ninguna otra al son de los latidos del corazón de la montaña, una melodía que, sin darse cuenta, se había sincronizado con la suya. Dos corazones latiendo como uno solo.

La luna fue misericordiosa con él y no hubo nada que lo despertara hasta pasado el mediodía. Estiró brazos y piernas sin hacer ruido. Los amargos recuerdos se apoderaban de su mente una vez más, sus cinco sentidos se arremolinaban aún.

El sonido de los disparos y los gritos, los charcos de sangre, la linterna de Ghrun, el dolor en su pecho, el olor a pólvora y muerte, el sabor de la humillación. Había luchado mucho por mantener sus emociones a raya, pero no podía mantenerlas encerradas para siempre, así que terminó estallando.

Lloró con la cara al viento, los brazos rendidos y el grito en el cielo. Lo hizo hasta quedarse sin fuerzas, sin calor en el cuerpo, sin agua para más lágrimas.

«Qué importa si sigo luchando. Estoy solo. No puedo proteger a nadie ni ser protegido por nadie. ¿Qué importa el perdón? ¿Qué importa mi perdón? Solo es para que ella se sienta mejor. ¿Y yo qué? ¿Qué puedo hacer para sacar ese hierro que arde dentro de mi vientre y me desgarra la garganta?».

Los recuerdos eran incontrolables. Sintió cómo se le revolvía el estómago al volver a oler el cadáver de Bram, la carne del geevar, la pólvora de las armas.

Las palabras de Jinner revoloteaban por su cabeza, imágenes de él matando a su madre con sus propias manos, cubierto de sangre frente a su inerte cuerpo mientras reía a gritos, con los ojos tan abiertos que parecía se iban a salir de sus cuencas.

—Perdón —dijo en voz alta—. Perdón. No puedo continuar. No quiero seguir —continuó, cogiendo una piedra de la montaña.

La villa donde residía Álika se veía perfectamente desde allí. Donde lo reconocieron, menospreciaron, insultaron, torturaron y humillaron. A sus ojos, los humildes tenderetes se desvanecían en polvo y humo. Los lobos llegarían y les darían su merecido.

Se le aceleró la respiración. Imaginó el cuerpo de Álika como el de Bram y el de la madre de Jinner, tendidos en el suelo. Lo acompañó en su tenebrosa risa. Carcajadas siniestras que serían el último sustento del roto y el descosido.

No cabía lugar para la esperanza después de todo. Cuanto más trataba de reflexionar, más fuerte lo golpeaba su propia mente.

—El villano, ¿no? ¿Queréis mi perdón? No… Ni siquiera os importa. A nadie. —Estuvo a punto de lanzarles la piedra, pero en el último momento la dejó caer al suelo.

Una profunda angustia arraigó en él hasta el punto de no dejarle respirar.

«Tratas de explicarle qué es el infierno al mismo demonio», decía Ghrun en su cabeza.

Una voz que se repetía en una incesante humillación.

El dolor se expandía hasta el punto de paralizarlo de nuevo.

Las respiraciones entrecortadas pronto llegaron a marearlo.

Pronto, su maldición reparó cada afección, volvió a respirar con normalidad y el mareó cesó. Pero no lo hacían las voces. El dolor de cabeza le hizo retorcerse en el sitio y sollozar golpeando el suelo.

—Ni siquiera sé qué hacer. Tampoco si quiero saberlo… Desde que empezó todo esto me prometí no ser tan patético, y ahora soy peor que nunca.