18. Valía
El mundo quedó bajo sus pies, pero tenía miedo de pisarlo.
En la cima de la montaña, ojeaba el espacio entre las estrellas preguntándose cómo podría volver a responderse. Se frotaba los ojos a menudo, disipando las pocas lágrimas que le quedaban, sintiendo la calidez emanante del corazón de la montaña.
Vinadarian suspiraba sin darse cuenta. La fatiga lo incitaba a dormir, pero las voces en su cabeza no se lo permitían.
La culpabilidad incesante se abría paso entre sus recuerdos como una plaga, surgían dudas de certezas, y las dudas se convertían en realidades que se disgregaban en la peor forma posible.
«¿Habré hecho bien dejándolos en el refugio? ¿He hecho bien volviendo aquí? ¿Hay algo de lo que haya hecho que haya servido para algo?».
Las horas transcurrían, el ímpetu en su espíritu se había desvanecido por completo. Durante la madrugada, justo antes de desfallecer de cansancio, tendió la mano sobre la tierra a su alrededor y, durante un instante, su expresión emanó un ligero orgullo melancólico.
«¿Cómo podría saber si te vas a despertar? A mis ojos, no eres más que una montaña… No puedo quedarme aquí para siempre».
En un parpadeo, Vinadarian viajó tanto como podía, estático en su lecho de tierra y roca bajo la luz del sol naciente.
Había vuelto. Las rocas flotantes, los enormes edificios derruidos, las prolongadas sombras… Y la taberna.
Pero era distinto. Lo miró de reojo, desinteresado, estoico. Guardó su posición, rebelándose contra sí mismo, se sentó en el sitio y miró a otro lado.
Pasaron unos segundos, quizá años. No había sonido alguno, ni siquiera el viento hacía acto de presencia, pero él se negaba a levantarse.
Sabía cómo terminaba: caminaba y recibía un disparo, moría solo. No había mucha diferencia con la vida real.
¿Pero por qué? ¿Quién era tan cruel de matarlo continuamente en su propia ilusión?
La desidia unió fuerzas con el rencor y la curiosidad para levantar al chico.
Posó ambas manos sobre el suelo y se alzó, pero, en lugar de caminar con la vista enfocada en la taberna, lo hizo de espaldas a ella con el único propósito de comprobar quién o qué le disparaba en su sueño.
Era torpe y bastante lento. A pesar de avanzar durante varios minutos, nada cambiaba, no había disparo.
Quizá estuviera lo bastante cerca de la taberna como para leer el nombre ahora, así que enderezó la postura, tragó saliva y se giró, preparado para recibir el golpe.
Estaba justo debajo del letrero, así que dio un paso hacia atrás.
Y llegó. El disparo fue tan certero como de costumbre. Pero algo cambió, una ráfaga de viento envolvió el lugar, una enorme sombra alada tapó toda luz, pero, aún más extraño, Vinadarian estalló en risa.
No era una risa irónica o sarcástica, era una más pura, infantil incluso, ilusionada.
Tenía la mano en el pecho, tapando la sangre que salía de su corazón mientras la criatura aterrizaba a su lado.
No pudo verla o reconocerla, tan solo sentir un júbilo inconmensurable que rivalizaba con su infinita tristeza y frustración.
Lágrimas, saliva y sangre se entremezclaron mientras él caía, de nuevo, al suelo. De nada había servido, era tan solo otro fracaso que añadir a su lista interminable.
Pero… al despertar, el aire olía dulce.
La brisa había cambiado, incluso la tierra bajo sus manos. Era distinta, más suave, brillante… Colorida.
—No es muy inteligente venir aquí solo. Aunque supongo que ese nunca fue tu fuerte, ¿no? —Alguien escalaba por entre las rocas. Una voz bonita, dulce, alegre. Con un toque irritante, agudo y algo atribulado.
En primera instancia, provocó una gran preocupación en el joven, pero no tenía fuerzas para levantarse, por lo que lo único que hizo fue contestar antes de ver de quién era esa voz que le resultaba familiar.
—Vaya. La próxima vez me acordaré de pedirte consejo antes de esconderme, no vaya a ser que te desagrade, seas quien seas —contestó con molestia y desidia.
—¿Esconderte? Estás a plena vista. Ni tú eres tan tonto como para no darte cuenta; la única razón por la que no han venido a matarte es porque creen que eres un fantasma o algo así, pero todos te vieron subir hace un par de días.
¿Podemos hablar? —respondió ella, siguiéndole el juego y manteniendo una agresividad que creía le recordaría su relación de desprecio mutuo.
—¿Quién eres? —preguntó Vinadarian con curiosidad.
—Álika —respondió con esfuerzo subiéndose al saliente frente a ella a escasos metros del joven, que quedó tan sorprendido y confuso que dio un brinco hasta quedar sentado.
La luz del sol de tarde la envolvía de un aura dorada que afinaba más sus rasgos más atractivos. Sus ojos azules, su piel tersa y oscura… Siempre que la veía le costaba hablar y tenía que tragar saliva, como si engrasara una máquina.
—¿De qué va esto? ¿Es algún tipo de amenaza o mensaje críptico de los tuyos? —preguntó él haciendo a un lado la mirada.
Ella se arrimó sin contestar y se tumbó a su lado con la vista hacia el cielo. Las comisuras de sus labios se tendían hacia abajo y temblaban a pesar de tensarlos cuanto pudo para ocultarlo.
— Decían que habías muerto. —Hizo una pequeña pausa y tragó saliva. Suspiró y por un momento parecía que iba a dirigirle la mirada, pero la enderezó de inmediato—. No voy a decir que me alegro de que no sea así, pero tampoco me sorprende.
Vinadarian apretó los dientes y chasqueó la lengua.
Odiaba estos momentos, esas pausas en las que alguien reunía fuerzas para decirle algo le incomodaban por la incertidumbre de sus pretensiones.
A pesar de ser muy instintivo, siempre pretendía dar un voto de confianza a aquellos que consideraba que pretendían dañarle, esperar para comprobar si su presentimiento erraba, pero aquel día no tenía la fortaleza como para detenerse a sí mismo, por lo que contestó con agresividad y alzando el tono.
—No estoy de humor para tus estupideces. Si has venido a reírte de mí, hazlo y vete de una vez. Aguantarte es un suplicio mucho peor que morir, y tengo bastante experiencia.
—Antes eras más ocurrente. ¿Eso es todo? ¿No hay un gran final, un colofón? Si yo soy una payasa, tú eres el oso del circo. Te han enseñado un truco y lo repites esperando aplausos —respondió ella con la voz temblorosa.
Vinadarian soltó una sonora y nerviosa carcajada que la hizo brincar del susto.
—¿Y tú qué sabes? ¿Cuándo has pretendido siquiera hablar conmigo? ¿Cuando me humillabas con tus dos amiguitos? ¿Dónde están ahora? Con suerte habrán servido de pienso para algún geevar. ¿Tu querido novio es ahora una boñiga mutante alimentando el pasto? No distaría mucho de cuando lo conocí.
—Podría ser. ¿Tanto dolor te infiere aún que mentas e insultas a alguien que no me representa y no tiene nada que ver con el presente? No me das ninguna pena, Vinadarian.
—Sí. Sigue doliendo. Es peor de lo que puedas imaginar, porque cuando puedo dejar de pensar en las cosas que me afectan de verdad, en mí y en mi gente, vuestra marca arde en mi cabeza.
—No eres capaz de pasar página. No puedes culparme por tu autoflagelación. Ni con esa sangre puedes cicatrizar algo tan banal.
—¿Qué? ¿Tan superficial eres como para no darte cuenta de que tus actos tienen consecuencias?
—Te traté mal. ¿La consecuencia es que pernoctes incapaz de descansar, que me odies hasta el fin de mis días y que no exista nada más en nuestra psique que un mutuo desprecio eterno cada vez que crucemos la mirada? ¿Quién es el superficial?
—¿Es eso una disculpa? ¿Estás tratando de pedir perdón?
—Tratando es, sin duda, la palabra correcta, no lo estás poniendo fácil.
—¡Y no pienso hacerlo! ¿Quién te crees que eres para decirme cuándo debo o no debo pasar página?
—Nadie —respondió ella al instante, creando unos segundos de silencio en el que cruzaron miradas—. Pero vosotros tampoco sois unos santos. Sufrir no os da derecho a cualquier represalia.
No hubo respuesta, ambos se mantuvieron tumbados uno al lado del otro canalizando su ira y sus pensamientos en el más incómodo de los silencios.
Petrificados, los dos salvaguardaban las palabras más sinceras ante el pasar de las horas.
Cada pocos minutos se acomodaban sin dirigirse la vista, carraspeaban o tosían y volvían a dirigir la mirada al cielo.
Pero hubo un momento en el que ella sintió los ojos del joven clavados en su rostro. Al ver que tenía razón, chocaron miradas durante unos segundos sin siquiera respirar.
—No es cierto —respondió Vinadarian.
—Sí, lo hacéis.
—Si te refieres al idiota de tu novio, nosotros… —trató de responder el joven, viéndose interrumpido por ella de nuevo.
—Vinadarian, el pasado allana mi mente desde que os fuisteis…
No estoy orgullosa de lo que hice, pero tampoco creo que vosotros seáis conscientes de lo que hicisteis.
Por eso, no voy a disculparme, no voy a pedirte perdón.
— Álika, con el rostro empapado de lágrimas contenidas y el cuerpo entero temblando, tendió la mano al que concebía como el atemorizante villano—.
He oído hablar de ti cosas muy variopintas.
Dicen que salvaste la vida de tu amiga, que te encontraste con tu camarada, que no os arredrasteis ante los lobos y que feneciste en pugna contra quienes te lo arrebataron todo.
Sin embargo, hete aquí, frente a mí. No tengo ninguna hazaña que pueda sorprenderte, tampoco nada que ofrecerte.
Me das miedo, al igual que tus amigos. Pero, cuando miro atrás, no dejo de pensar que no puedo considerarme una buena persona después de como te traté. Os traté. Os tratamos.
La luz del crepúsculo se cerraba tras ellos. Gritos de agonía y de venganza recorrían la cabeza del joven, pero un sonido pesaba un poco más que los demás.
«Llevo todo el día buscándola, no hace más que darme problemas».