17. Estela #4
—Un chico que pasó por aquí hace un par de semanas. No me dijo su nombre, pero sí me habló sobre ti. Tenía la piel oscura y manchas blancas en el pelo. ¿Te suena?
Tras un extenuado suspiro, respondió.
— Sí. Él fue mi ayudante antes que tu hija, tampoco me dijo su nombre.
No me hace ninguna gracia que vaya filtrando información, pero qué se le va a hacer.
Gracias por responder con sinceridad —dijo haciendo una breve pausa para observar el cobertizo, que había quedado encallado en el borde del precipicio—.
No podemos hacer gran cosa, pero tengo un par de tiendas de campaña dentro, y también madera seca.
Podemos hacer una lumbre y acampar —dijo caminando hacia la entrada y asomándose dentro—.
La cocina funciona con un hornillo con combustible casero que hago con las cortezas de los árboles de por aquí.
Tienen una especie de resina bastante útil…
No parece haberse dañado mucho, y hay un par de sartenes casi intactas.
Aunque el generador de energía sí está bastante estropeado, y gran parte de los aparatos se han desguazado por completo…
Bueno. Nada que no arregle en uno o dos meses.
—Pues manos a la obra. Dime que tengo que hacer, ¡soy toda oídos! ¡Patrulla, a la carga, vuestra primera misión es convertiros en ayudantes de este buen hombre y obedecer sus instrucciones!
—¡Sí, señora! —respondieron Serquam y Minaryan entre risas camufladas. Herbia sonreía a Za-Jir, que aún estaba tembloroso y asustado.
Dejaron a Jyon junto a la lumbre dentro de la primera de las tiendas.
Arropada por una manta, su madre trató sus heridas envolviéndolas en trozos de tela y le inmovilizó con palos las roturas de huesos.
Un nuevo ambiente se generó. A pesar de sus tropiezos, todos colaboraban encantados para ponerla a salvo.
Irradiado de alegría al ver reflejado a su hermano en ella, Minaryan hizo una última petición, pero esta vez fue a la hermana menor.
—Cuando vuelva a ver a mi hermano, me gustaría llevarle una tarta como la que le estabas preparando a Jyon. ¿Crees que podríamos hacerla? ¿O al menos podrías enseñarme?
Herbia lo tomó de la mano y lo miró a los ojos, empapada en lágrimas de orgullo.
—Podría meternos en problemas, pero… sí. Me encantaría.
Bajo la luz de la lumbre, Sara contaba anécdotas de su hija cuando era pequeña durante horas mientras calentaban en la sartén lo que había quedado de la extraña pasta estofada que comía Smil todos los días, aunque nadie se atrevió a darle un segundo mordisco más que este último.
Terminaron por dormirse cómodamente en las tiendas, resguardados del frío y la lluvia.
Entrada la noche, Sara y Smil estaban aún despiertos en un silencio incómodo frente a las últimas brasas. Smil apenas se atrevía a levantar la mirada bajo la fuerte presión de los ojos de la guerrera.
—¿Has tenido algo que ver? —preguntó ella con seguridad clavando un palo en la tierra.
—¿Con que se convierta en un cerdo? ¡Claro que no!
—Tienes contacto con Praesidium, ¿no? ¿No será una de las tretas de Ana para llegar hasta su padre? —continuó interrogando Sara.
—¡Te aseguro que no! Mi contacto con ellos se disipó hace ya días —contestó el hombre.
—No es suficiente. Necesito una explicación. No parecías muy extrañado al verla así.
—¡¡Estaba muy asustado para sorprenderme porque una niña pareciera un cerdo humano!! ¿Tan difícil es de creer? —dijo Smil levantando la vista.
—Está bien. Fingiré creerte, pero contéstame a esto. ¿Qué sabes del encontronazo entre Ghrun y el padre de mis hijas? ¿Juto sigue vivo?
—Ha sido el único capaz de llamarle la atención.
Según sé, no fue una enemistad, pero tampoco logró sumarlo a su ejército.
Lo último que sé de él es que está cuidando a una niña pequeña y a un joven.
Los lobos lo buscan, Ghrun está ansioso de verlo entre sus filas —respondió más calmado para sorpresa de la madre.
—Suficiente. Gracias, pensé que serías otra clase de persona por cómo se refería a ti el crío —concluyó Sara.
—¿Cómo se refería a mí?
—Dijo que eras enigmático y astuto. Yo más bien te encuentro… desorientado. ¿Aún no escoges bando? —respondió blandiendo una sonrisa de medio lado que recordaba a las de su hija.
—¿Bando? —preguntó con una carcajada—. ¿Desorientado?
Praesidium está muerto. La paz murió con él.
Los rumores apuntan a que dos de las tres hermanas siguen vivas y tan solo la mediana pereció en su encuentro.
Tan solo mantengo la esperanza de que exista una alternativa a ser parte de una manada de lobos o incluirme en la lista de nutrientes del suelo sobre el que te sientas ahora.
—Serán tiempos duros —respondió Sara—. La ley del más fuerte a menudo comienza con la crueldad como instrumento disuasorio. Ese monstruo es prueba de ello.
Smil se carcajeó.
—No me digas que después de todo tu discurso acerca de ver un nuevo mañana, de sobrevivir y de lo bonita que es la vida, no ves más que oscuridad más allá de tus narices.
Enmudecida, Sara se apoyó sobre sus brazos y bajó la mirada.
—No me lo permito. Pero he de planteármelo para poder combatirlo.
—Lo entiendo —respondió el hombre con una sonrisa—. Al final, estás como yo. Esperando que afloren rosas en el desierto.
—Sí. Me da esperanzas de que quizá no seamos los únicos.
—Personas como vosotros me dan fuerzas para intentarlo.
—¿Vosotros? —preguntó Sara—. ¿Te refieres a esos críos?
Él asintió en silencio, uno que perduró durante horas. Smil terminó por dormirse. Sara, en cambio, se mantuvo vigilante. Estaba acostumbrada a dormir poco y manteniendo la guardia.
Terminó por acercarse a la tienda de su hija mayor para comprobar si estaba bien. No conseguía oír su respiración desde fuera y eso la preocupaba. Al abrirla, apretó los dientes y golpeó al suelo sin hacer ruido. No quería despertar a los demás ni tampoco preocuparlos.
Jyon había agujereado la tienda por detrás y se había marchado sin hacer ruido.
Era una hermosa noche, y la joven sentía una seguridad desmedida a pesar del dolor palpitante de sus heridas. Era milagroso que pudiera haberse siquiera levantado y, sin embargo, caminaba con gracilidad a través del bosque, rumbo a las montañas del oeste.
Su plan era volver temprano por la mañana, antes de que nadie se hubiera percatado de que se había ido, o justo a tiempo para que pensaran que no había sido muy lejos. O, al menos, no a donde iba.
Sabía que, de conocerlo, la habrían acompañado. Quizá incluso ni siquiera le hubieran permitido ir hasta recuperarse, era lo más lógico.
Sin embargo, ahí estaba, bajo la luz de la luna y al amparo de las estrellas. Sin una sola nube en el cielo a pesar de todo.
Con los zapatos tan rotos como los huesos, caminó con seguridad con un destino establecido.
Al fin y al cabo, era una promesa entre ambos.