17. Estela #3
Incluso ella estaba temblando de miedo, ni siquiera pudo ordenar la retirada. Quizá podría aguantar un golpe más, retenerla un segundo más. Puede que en el caos de la mirada de su hija se hallara la llave que la razón no puede encontrar.
El enemigo aceleró, y la guerrera hundió aún más sus pies en el fango. Orientó su cuerno contra ella. Llegó el inevitable choque; la tierra en su espalda, la fuerza en su frente. El escudo y la oscuridad bloqueaban su vista.
«Un poco más», se decía. Cada fibra de su cuerpo temblaba como gelatina. Sus huesos se astillaban, y la huella del empuje hundido se dibujaba en el suelo como símbolo de su derrota, pero la cadencia en sus pasos bajó.
El escudo se quebraba, y el fuego de su mirada se apagó. A punto de desfallecer, escuchó a aquel ser gruñir y jadear. Se había detenido.
Se le caían los párpados, ambos brazos desfallecieron y ya no pudo siquiera formular pensamiento alguno. La tracción del cobertizo se apagaba, el alboroto desaparecía, ella se sumía en calma.
Como con aquellos llantos, los que tenía cuando su hija era un bebé, esos que la despertaban justo cuando iba a dormir, se asustó justo antes de adentrarse en el vacío.
El golpe, la corriente de viento, los gritos. Jyon embistió al geevar como hizo con aquel tronco. Esta vez no partió en dos a su objetivo, pero sí lo hizo tambalearse.
Alzó la pata para mantener el equilibrio antes de caer. Pero tropezó. Se había quedado hundida en la misma huella que su empuje contra la escudera había provocado.
Cayó de costado, y mientras la sangre de su morro bañaba el suelo, Jyon enredó la cinta en el cuerno hasta cerrarla con su magnetismo.
Retrocedió y tiró de la cuerda hacia sí misma. No solo extrajo al tractor de su lento hundimiento, sino que lo hizo brincar.
En la cabina, Smil se quedó sin aire hasta caer.
El golpe le entumeció la espalda y le impidió recuperar el aliento.
Supo que el tiempo corría en su contra. Si se quedaba dentro para el momento del choque, no lo contaría.
Se preparó para saltar, pero sus piernas se tensaron sin control, no le respondían.
El tractor deceleró, se estaba metiendo en el barro. Miró hacia atrás, el cobertizo también estaba frenando. Si dejaba que ocurriera, podría irse sano y salvo, pero el plan fallaría; si aceleraba, podía quedarse encerrado y ser atropellado por el cobertizo junto al geevar.
Se quitó la bota derecha, la dejó atascada en el pedal del acelerador y se arrastró hasta caer. Rodó por la cuesta y cayó en el pequeño desprendimiento que el mismo monstruo había ocasionado al destruirla, y el tractor atropelló el estómago del geevar.
Con la boca llena de tierra, trató de celebrar, pero el monstruo comenzaba a recomponerse tras el atropello y el cobertizo había dejado de hacer ruido.
—¡Una, dos y tres! —gritaron los niños. Empujaban desde atrás, pero se quedó encallado.
Serquam frunció el ceño y respiró hondo en el siguiente empujón—.
Una, dos y… ¡tres! — Durante una fracción de segundo, justo durante este embate, el cobertizo fue ligero, tanto que los cuatro se tropezaron al lanzarlo.
El vehículo, dañado por la colisión, se zarandeaba y hundía. Había cumplido su cometido, ahora ya inservible.
La tensión en la cuerda cesó, y aunque el cobertizo seguía cayendo, era demasiado lento.
Jyon rompió de un golpe el remolque, la cuerda se desenganchó.
La agarró en al aire, miró al cobertizo y respiró hondo.
Estaba cerca, lo suficiente como para huir, pero lo justo como para que hubiera alguna posibilidad de que la criatura se zafara.
Apretó los dientes y dio un nuevo tirón, el último.
Sintió cómo sus bíceps estaban a punto de estallar, y su espalda crujió como un palo seco, pero el recinto avivó su paso.
Ella saltó al vacío. Agarrada a la cuerda, intentó trepar antes de que el cobertizo cayera.
Se abalanzó como una leona hambrienta, trepó por la pared en la dirección contraria al geevar.
Con cada paso, con cada segundo aguantando, notaba un millar de agujas atravesándole piernas y brazos.
La adrenalina y el miedo fueron su escudo.
Escuchaba el arrastre y contaba los segundos.
Se percató de que, si el cobertizo también caía, no tendría dónde agarrarse. Tenía que subir ya, y el monstruo aún no había caído. Un sudor frío le cubrió la frente y el pálpito de su corazón se multiplicó hasta notarlo en la garganta.
El sonido se detuvo, el monstruo cedió en su forcejeo.
Ella lo contempló caer y miró hacia arriba.
El hogar de Smil quedó encallado justo antes de precipitarse, inclinado en la cuesta.
Bajó la vista y exhaló con alivio. El geevar emitió un rugido seco y aterrador, y su cuerpo retumbó como un trueno.
Tras una breve sacudida en la colina, el suelo bajo sus pies volvió a la normalidad.
La pelirroja quedó colgando, lágrimas de alegría en sus ojos.
La fuerza en sus brazos se disipaba como el humo frente a una brisa.
Silencio, victoria y una humilde gloria.
Solo escuchaba sus propios jadeos y el bombeo en su pecho.
Los niños y Smil la ayudaron a subir. Ella caminó errática y debilitada, a punto de caer, hasta su madre, tendida en el suelo.
Se sentó a su lado, y Sara sonrió.
—Creo que se acabó el cuento de llamaros princesas a vosotras dos. Jyon, estoy muy orgullosa de ti.
Las emociones de Minaryan y las de sus amigos aún estaban a flor de piel y ninguno tenía nada que decir, esperando un emotivo reencuentro entre madre e hija.
Se frotó el ojo derecho con fuerza, pasándose la mano también por la frente para secar el sudor y la sangre.
—No —respondió, nerviosa—. Sara —balbuceó antes de corregirse—.
Mamá. Me avergüenza que te enorgullezcas de algo como esto.
Y me avergüenza ver cómo, una y otra vez, tu primera opción es siempre la más radical.
No voy a ser más blanda contigo porque nos hayamos reencontrado, ni siquiera voy a preguntarte cómo has llegado a nosotras.
Ahora que te tengo delante, me doy cuenta de que lo que quería no era encontraros, sino sentirme segura.
Sentir que Herbia estuviera a salvo, y viendo tu numerito de antes…
, creo que no eres la solución a mi problema. Quizá tampoco lo sea papá.
Sus palabras los dejaron congelados a todos, incluso a su hermana, que se arrimó a ella sonriendo a su madre en un pequeño desfile como muestra de orgullo.
—No sé quién eres, hija mía. No sé qué diablos eres.
Viéndote, juraría que eres una de esas criaturas.
He escuchado relatos de lo problemática que era la joven del este, las peleas en las que se había metido, los daños que había causado.
Por eso venía, a sabiendas de que nada había cambiado, de que estabais bien, pero mírate…
Serquam dio un paso al frente.
—¡Sí! Mírala. Porque tu hija, por cruel y maleducada que sea, en un solo día nos ha salvado la vida dos veces, arriesgándose para proteger a unos niños que apenas conoce.
El eco de su risa se dispersó por todo el bosque hasta el punto de lograr que Jyon se alertara de nuevo.
—Has madurado mucho. Y tienes toda la razón, aunque has terminado haciendo lo mismo que nosotros.
—Hay una diferencia —respondió Jyon—. Nunca tuve la intención de sacrificarme.
Su vista se oscureció gradualmente, la pérdida de sangre y el dolor hacían mella en su cuerpo. Sara la recogió antes de que cayera a la nieve.
—Ahora solo queda encontrar al idiota de tu padre — susurró, observando cómo su hocico menguaba hasta volver a la forma de su nariz y la piel rosácea se aclaraba con los copos de nieve posándose en sus mejillas. Las pezuñas volvieron a entrar en los zapatos, aunque habían quedado inservibles.
—No sé quién tiene razón —dijo Minaryan—.
Yo creo que, como eres su mamá, ya está acostumbrada, pero cuando te vi protegerla con tu escudo…
, noté como si me llenara de energía. —Su labio inferior temblaba, y el chico cerró el puño a la altura del corazón, su voz se agudizó y apartó la vista de Sara por un instante—.
Quiero ser como tú, yo también tengo cosas que necesito proteger.
—Esa es la magia del escudo, soldadito dorado. Es nuestra forma de decirle al mundo que podemos contener su odio, no hay nada más poderoso que eso.
—¿El qué? —preguntó Minaryan.
—¿Puedes acaso golpear al frío tan fuerte que se vuelva caluroso?
¿Hacer que llueva por clavar una espada en el mar?
No, pero puedes sobrevivir hasta sentir el agua caer por tus mejillas o esperar a que el sol de primavera te caliente tras el duro invierno.
Por eso es irrelevante el eterno debate entre la lanza y el escudo.
Tú y yo, chico. Las personas como nosotros sabemos disfrutar del sol por muy fuerte que nos golpee.
—Jyon te acaba de reñir porque intentabas hacer justo lo contrario —respondió Herbia.
Sara guiñó un ojo al pequeño.
—Bueno, eso es porque quiero ser vuestro baluarte y que seáis vosotras las que disfrutéis, aunque sea sin mí.
Minaryan negó con la cabeza.
—Jyon tiene razón —contestó, provocando las risas de todos.
—Sí. Pero a veces no es tan fácil verlo.
—Creo que estaremos aquí un par de días más. ¿Podrías enseñarme un poco a utilizar el escudo? Sé que no da para mucho, pero…
Serquam asintió, y Za-Jir, confuso, se escondió tras ella.
—A nosotros también. Cuando volvamos, tenemos que poder protegernos, aunque sea un poco.
Herbia, inspirada por ellos, se puso al frente y continuó en su súplica.
—Somos muy jóvenes, pero el día de hoy nos ha enseñado que no podemos permitirnos ser una carga.
Sara inhaló hondo y los miró a los ojos.
—Está bien, pero no creáis que puedo hacer milagros. Os enseñaré las bases y a ayudaros entre vosotros durante el tiempo que estemos juntos. Smil, ¿verdad? ¿Podemos hacer algo con el cobertizo?
Él la miró, sorprendido.
—¿Quién te ha dicho mi nombre?