Rinaryan: La huella de un fantasma 17. Estela #2
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17. Estela #2

Aquella mujer plantaba su escudo frente al morro de la bestia, distrayéndola y ralentizándola, poniendo en riesgo su propia vida.

Tenía el cabello castaño y graso, músculos férreos e hinchados, espalda ancha y los mismos ojos y pecas que su hermana menor.

Siempre llevaba con ella su dichoso escudo y un uniforme.

Jyon echó a reír. Qué especial debes ser para envolver así el mundo a tu alrededor, hacer que las estrellas giren a tu son, que las criaturas más temibles se detengan, que los ojos de tus hijas brillen de nuevo. Ella, por el contrario, sangraba, sudaba, se ensuciaba, gruñía.

—¡Sara! —gritó—. ¡Por aquí!

Al escucharla, todos los ojos enmendaron sus caminos hacia ella. Una pregunta inundaba sus corazones, una basada en la percepción de problemática y vengativa que tenían de la muchacha. ¿Hasta dónde llegaba su cólera? ¿Acaso pretendía llevar a la criatura al refugio?

La respuesta fue inmediata, seguida incluso por el mismo geevar, que al escuchar su grito lanzó por los aires a la escudera y cargó tras de Jyon.

Con aspecto esférico y de patas cortas y peludas, tenía un único cuerno curvado y afilado que llegaba desde su pecho hasta la parte inferior de su mandíbula. Los párpados eran oscuros y pétreos, contrapuestos al resto de su pelaje, de un tono anaranjado y oscuro.

No era especialmente rápido caminando, pero sucedía algo raro. El mismo suelo se arrastraba hacia él. Los columpios del parque cayeron al suelo y se deslizaron muy despacio sin causa aparente. El geevar actuaba como un núcleo de succión terrestre, como el centro de unas arenas movedizas.

En ese mismo instante, cuando toda lógica dictaba el sálvese quien pueda y toda opción era incorrecta, ella sonreía complacida.

Lo notó perfectamente: su piel se hizo rosácea, más gruesa, más perceptiva. Su nariz se ensanchó hasta convertirse en el morro de un cerdo y las anchas pezuñas le rompieron los zapatos.

El dolor menguaba, pero, al mismo tiempo, su intensidad era más precisa. El frío más insaciable, los pasos más fuertes, sus vibraciones más cercanas.

Ella era más fuerte.

Corrió y, aun cojeando, esquivó los árboles que cedían ante el poder de la bestia. Golpeada y cortada por algunas de sus ramas, no detuvo su avance.

Las palabras se zarandeaban en el viento como copos de nieve.

—¡Jyon! ¡Puedo detenerlo, confía en mí! —gritó aquella mujer. Hacía mucho tiempo que no escuchaba su voz.

Llegó al desvío del precipicio, donde la cuesta comenzaba a curvarse. Desde arriba, los chicos gritaban junto a Smil, pero ella solo escuchó la voz de su hermana.

—¿Qué está pasando? —gritaba desde la cima.

Jyon se giró hacia el geevar, dio un brinco y se movió hacia la derecha tratando de evitar la punta del cuerno.

Esquivó el filo, y al recomponer la atención hacia la bestia recibió otro golpe, uno para el que no hubo defensa.

Sintió un crujido seco, sus huesos a punto de estallar, y fuego en su costado izquierdo, una vibración que se propagó por su cuerpo impidiendo cualquier acción hasta que voló por los aires contra el bosque al otro lado.

Tumbada, sentía el cuerpo agarrotado; no podía levantarse, pero la presión se disipaba poco a poco.

Su gruesa piel durante la transformación era algo más que una humillación y una inyección de fuerza.

Estaba entumecida, pero la presión en sus músculos se adhería a su energía.

Miró hacia el cielo imaginándose la cara de su hermana al escuchar sus palabras.

—¡Herbia! —Tomó otra bocanada de aire, percibía el frío clavarse como agujas en sus pulmones antes de volver a gritar—. ¡Sara nos ha encontrado! —respondió con un deje tembloroso, un tono que, en lugar de miedo, transmitía decepción.

Herbia apretó los dientes nada más escucharla. Salió pitando hacia el cobertizo de Smil, quien, entre berridos le advirtió:

—¡Si sale mal, nos matarás a todos!

—Pues ayúdame para que salga bien. —Herbia abrió la vitrina de cristal que contenía la cinta magnética y la enroscó alrededor de su mano derecha tan atropellada que enroscó también parte de la izquierda.

Contenía la respiración para no sollozar, pero su nariz la traicionaba, sorbiendo interrumpida entre temblores.

Smil suspiró; él no era un guerrero, pero sí inteligente como para saber que, después de esas dos, la criatura iría tras el cobertizo.

Y después, quizá, el refugio. Decidir huir frente a la niña temblorosa que eligió luchar y vivir el pesar de no haber hecho nada para prevenir una potencial masacre; era la mayor humillación que podría ocurrírsele.

Un golpe seco hizo retumbar el cobertizo entero.

—Vamos. —Se contagió de su temblor, también de su respiración. El resto de los niños siguieron a su amiga; no sabían cómo ni cuándo, pero iban a ayudarla. Salieron del cobertizo, él, hacia el tractor; ella, hacia el precipicio.

Pero la batalla no se frenaba. Sara escaló la espalda de la criatura y atravesó su denso pelaje hasta sobrepasarla de un brinco.

Se puso frente a Jyon. Escudo en alza, llegó a tiempo de detener el golpe directo de su cuerno.

Apartó a su hija para protegerla y la criatura la arrolló contra el inmenso árbol tras de sí.

Impactó con la espalda, pero ella no se inmutó, era un duelo entre iguales.

El empuje terminó por arrancar las raíces del árbol, y la guerrera aprovechó la caída del tronco para zafarse de la embestida.

El cuerno atravesó este último y se quedó clavado.

La madre se abalanzó en busca de su hija, atrapada entre fango movedizo alrededor del geevar, y la arrancó de allí arropada entre sus brazos.

Sara brincó lo más lejos que pudo hasta dejarla a salvo.

Minaryan, Serquam y Za-Jir contemplaban sobrecogidos el poder de la guerrera, especialmente el primero, quien sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo. El árbol floreció de pronto, nuevas ramas atravesaron como agujas el morro de la bestia y hojas le taparon los ojos.

Enfurecido, el geevar zarandeó el tronco con ánimo de recuperar su visión, con tan mala suerte que lo lanzó contra madre e hija.

Sara sintió un vuelco en el pecho, su boca se secó, y se preparó para hacer aquello que mejor sabía, proteger a su hija.

Se dio la vuelta y apretó los párpados por puro instinto, cerró el brazo para abrazarla y solo encontró aire.

Jyon placó contra el tronco sin pensar en las consecuencias, y la madera cedió antes que sus agallas. Demostró a su madre estar a la altura, el árbol quedó partido en dos y ella con apenas unos rasguños.

Herbia se colocó un par de metros alejada del borde de la colina y lanzó la banda magnética hacia su hermana, no muy lejos de allí.

La altura junto a la cuesta era mucho menor que su primera escalada vertical, por lo que la cuerda esta vez sí llegaba hasta el suelo.Su pie se deslizó, la misma tierra tiraba de ella y, lo que es peor, del cobertizo entero.

Apretó los dientes y pisó con fuerza, fingió no escuchar cómo el recinto se arrastraba despacio hasta la colina.

Trató de no pensar en que apenas tenían un par de minutos antes de que cayera, en que quizá su plan no era más que una idea tonta de niña pequeña, pero escuchaba cómo sus paredes se llevaban la tierra, cómo el suelo mismo fluía como un remolino en torno a ese monstruo.

—¡Agárrate, Jyon!

La vista de Sara se volteó al cielo, reconoció la voz de su pequeña. Su pecho se heló, sintió una mano apretarle la garganta. Había escuchado a Jyon hablarle, gritarle, pero no imaginaba que su niña pudiera estar tan cerca.

Aquella niña que lanzó la cuerda miró tras de sí en una orden silenciosa: «Ayudadme», parecía gritar.

Jyon agarró la cuerda y puso los pies contra el talud, tirando de su hermana tan fuerte que desequilibró a las dos.

Minaryan recogió el sobrante y ayudó. Herbia volvió a levantarse, y Serquam y Za-Jir siguieron el ejemplo de su amigo.

Los tres aunaron fuerzas para que su hermana mayor pudiera trepar hasta allí.

Aquel ser arremetió contra la cuesta y reventó gran parte de la subida, tierra y roca salieron volando al vacío del barranco.

El golpe hizo temblar toda la colina. Los pequeños notaron cómo sus enclenques rodillas vibraron hasta casi deshacerse justo antes de caer al suelo, perdiendo el amarre que sostenía a Jyon.

Cayó al vacío sin control. El rugido del tractor de Smil, que nunca había sonado tan armónico con el desprendimiento de la cuesta como su acompañamiento, llegó poco antes de que se diera de bruces contra el suelo.

Conectó la cuerda al enganche de remolque del vehículo.

Detuvo su caída a duras penas en un fuerte tirón.

No pudo ni respirar; un nuevo golpe, un choque del escudo de su madre contra el cuerno de la monstruo.

Sonaba como el disparo de un cañón. Con el rabillo del ojo calculó la distancia hasta ella.

En un vistazo comprobó el ritmo con el que la criatura atraía el cobertizo, el vacío a su lado y la cuesta destruida.

Detuvo la escalada, y en lugar de subir corrió en horizontal por la pared como una araña hacia la bestia.

—¡Hay que tirarlo! ¡Que caiga por el barranco! —Ella podía verlo, se formaban las imágenes en su mente a cada paso que daba. Transformada tenía la fuerza para impulsar el cobertizo entero. La estabilidad que le proporcionaba el tractor al que estaba atada le permitía maniobrar con facilidad.

Sara jadeaba al tomar distancia; podía escuchar los pasos de Jyon, pero no podía creer que se estuvieran acercando.

Chasqueó la lengua y apretó el agarre de su escudo.

Tomó aire para gritarle, había contenido ya mucho tiempo a un enemigo que sobrepasaba sus habilidades.

Uno que también recuperó el aliento durante unos instantes.

El suelo estaba desgranado, cada vez era más difícil mantenerse en pie y aún peor caminar. La pelea había acabado para ella, solo podía aguantar hasta que sus hijas huyeran, y la mayor iba directa a la misma muerte.