17. Estela
Enumerar sus fracasos era como contar las estrellas en la noche.
Puede que hubiera un fin. Quizá con el suficiente tiempo llegaría a la solución correcta, pero el dichoso sol siempre saldría antes de la conclusión.
La joven conocía bien la respuesta para ambas. La inmensa escalera hasta el cielo la despojaba de su aliento al llegar allí, por lo que para ver la última estrella daría su bocanada final.
Con la mirada obtusa y perdida en la infinidad, encontró la vuelta a la realidad en las oscuras figuras alzándose frente a la blancura de la hierba. Manchas en una hermosa perfección.
Reparó entonces en los granos de tierra desprendidos de las colinas, las huellas de las pisadas, la suciedad… Había tenido apenas unas horas para pensarlo, pero la verdad se antojaba evidente ahora. Herbia, Juto, Vinadarian… Su ejemplo era al mismo tiempo obvio y complejo.
Una única carcajada empapó frío y nieve. Los chicos contestaron con rapidez, pisándose unos a otros y con la voz temblorosa. Un murmullo ininteligible que terminaría por entonarse una vez más en la boca del cabecilla, interrumpido esta vez por la joven.
—No me interesa. Pero decidme algo: ¿ha habido heridos en el orfanato con la ventolera de antes? ¿Algo grave?
—No, todos nos refugiamos a tiempo. Hicieron un recuento y fue poco más que un susto —contestó el cabecilla.
Jyon mantuvo unos instantes de silencio, pero ellos no dijeron nada más. No preguntaron por los niños, tampoco mencionaron algo que estuvieran barajando para ayudarlos. Nada. Suficiente para justificar un poquito más lo que estaba a punto de hacer.
—Bien. — Jyon comenzó a andar hacia ellos con la cabeza alta y la vista al frente. Sentía el frío en los nudillos, y estaba deseando calentarlos.
—Detente. No tiene por qué ir tan lejos —respondió el líder alzando su arma a modo de advertencia.
—Tienes razón —respondió ella echando a correr, adelantando el torso con una ligera inclinación.
Dubitativo, el chico se preparó para golpearla con el cuidado suficiente como para no matarla, pero con la fuerza necesaria para detenerla.
Indecisos, los otros dos lo rodearon para impedir la fuga de la joven.
El golpe no impactó a plena potencia, pues placaría contra el arma en lugar de la persona.
Le dañó el hombro derecho, poco más que un moratón y dolor crepitante.
Le agarró la muñeca y la retorció cuan fuerte pudo hasta hacerle soltar la barra que él llevaba, agarrándola antes de que cayera.
Le propinó un golpe sin piedad en la mandíbula que le hizo saltar varios dientes y escupir sangre.
—¿Llamo a la ambulancia o prefieres al hada de los dientes? —sentenció, manteniendo la mirada fría y la mente en calma.
Sus amigos discutieron sobre quién debía atacar primero, ambos aterrorizados, incapaces de levantar sus armas al ver cómo lo había dejado. Hubo un par de segundos en los que parecía que todo había terminado. Silencio, temor, parálisis… La viva imagen del arrepentimiento.
Pero, en un breve momento de lucidez, el cabecilla replicó su placaje y las dudas cambiaron de bando. Forcejeando en pie, el chico empujó y arremetió con un puñetazo en la cara que la desequilibraría y la tiraría al suelo antes de que pudiera reaccionar.
Los ojos de Jyon se abrieron de par en par y su corazón palpitaba con la fuerza de mil cañones; sentía su cuerpo escarbar en la nieve con cada latido.
Preparó la barra como pudo en diagonal y dobló las piernas para protegerse.
No sirvió de mucho. Despiadados, los chicos le golpearon las costillas una y otra vez hasta que soltó la barra. Pararon al recogerla.
Jyon plantó el puño en el suelo y se puso de rodillas tratando de levantarse.
Con la vista nublada, vio venir el golpe poco antes del impacto; esta vez sí apuntaba a su cabeza.
En un movimiento automático bloqueó el golpe con el brazo derecho y cayó al suelo de nuevo.
Al borde de la inconsciencia, solo veía los pies de todos ellos y escuchaba su discusión a gritos.
—¿Qué haces? ¿Estás mal de la cabeza? ¡La habrías matado, animal!
—¡Es defensa propia! ¿No has visto lo que me ha hecho?
Jyon apenas podía contener la risa al escucharlos.
Su voz comenzó como un mero susurro. Era difícil inhalar lo suficiente como para hablar en su estado, pero terminaría por hacerlo.
—No lo habéis entendido bien. No hay espíritu, temporal, dios, demonio, arma o persona que vaya a evitar que hoy os dé vuestro merecido. —Con la ropa empapada en sangre y restos de nieve y tierra, se levantó frente a ellos, desarmada.
—¿Por qué? ¿Por qué llegar tan lejos? ¿Tantas ganas tienes de morir? —preguntó el más alto de los tres.
—No me hagas reír. Duele más de lo que piensas —respondió ella de inmediato.
—¿Por qué tienes que humillarme? ¿Quieres que pierda la cabeza? Tu hermana lamentará más esto que el golpe que recibió —contestó el cabecilla con la mano tapándose la boca.
—¿Qué golpe? —sentenció Jyon concluyendo una más que obvia provocación. Se acercó a ellos apenas pudiendo apoyarse en la pierna derecha. Estaban cerca, durante la discusión se habían arrimado mientras chillaban como niños.
Con la respiración agitada y consciente de que lo estaba provocando, el chico cedió. Terminaría de una buena vez, esta vez no se contendría ni un ápice. Cortó el viento alrededor del arma, que produjo dos ruidos, el primero metálico y el segundo seco.
Jyon se agachó. Era la tercera vez que balanceaba así el arma al golpear, de derecha a izquierda, apoyando su propio peso para aumentar la potencia.
Estiró ambas manos antes del impacto, tirando del más alto hacia sí, y aunque apenas le hizo dar un paso en falso, fue suficiente.
La barra salió volando y se clavó en la tierra, él se desplomó en el suelo.
Ella salió en busca del arma, despacio. Los dos amigos se habían quedado en shock al ver el resultado del golpe.
—¿Era canasta, gol o home run ? Nunca se me han dado bien los deportes.
—Esta vez no sonreía. Tenía el ceño fruncido y la mirada clavada en los ojos del líder.
Avanzó apoyándose en la barra de metal como un bastón.
La sangre fluía hasta la nieve contaminándola a su paso—.
Lo que sí sé es que el partido no ha terminado —continuó al llegar hasta ellos.
Levantó su arma. Aún no había respuesta; de todas formas, la sentencia era firme.
Uno de los chicos arrastró a su amigo por la nieve hacia atrás, tratando de escapar.
—Hay que llevarlo al hospital —dijo, tratando de ser la voz de la razón en un último y desesperado intento.
Jyon caminó un poco más.
—Puede que sí —respondió—. La verdadera pregunta es ¿os encontrarán a tiempo?
No pudo ni tragar saliva. Soltaron las armas e intentaron levantarse. Aterrorizados, se miraron, cómplices, antes de inundar el escenario con el tercer grito, uno con sabor a victoria para ella.
—¡Socorro! ¡¡Estamos heridos, necesitamos ayuda!! —Lo gritaron una y otra vez con todas sus fuerzas en una patética huida.
Jyon continuó caminando muy despacio, no avanzó más de un par de metros hasta perderlos de vista en la espesura nívea de arbustos y malas hierbas.
Reconfortada, puso la mano izquierda entre la boca y la nariz del chico. Aún respiraba, se lo imaginaba, pero al ver la reacción de sus amigos surgió en ella la ligera preocupación de que la fuerza de la que tanto presumían fuera real.
Exhaló con alivio y miró al horizonte. Comenzó a plantearse elaboradas excusas que dar a los pequeños a su vuelta, llegando a la conclusión de que podrían creer que se había hecho daño durante su pequeña aventura.
Sus párpados se hacían más pesados y el cansancio hacía mella en su cuerpo.
Sentada con las piernas cruzadas, llegó a cerrar los ojos y envolver su mente con la oscuridad de la inconsciencia.
Se despertó al poco tiempo al escuchar los berridos de los adultos que llegaban desde el refugio.
Sus voces se difuminaban en la cabeza de la joven.
Irresponsable, problemática, agresiva, asesina, expulsión, justicia, venganza… Grandes palabras de pequeñas bocas.
No en vano se decía que por la noche los geevars se movían. Su inmenso rugido, que arrancó incluso las hojas de los árboles, terminó de despejarla.
Cundió el pánico. Tomaron al chico inconsciente y salieron a toda velocidad de vuelta a casa.
¿Irresponsable? Fueron ellos los que gritaron.
¿Problemática? Fueron ellos quienes golpearon a una niña indefensa.
¿Agresiva? Fueron ellos quienes forzaron esta situación.
¿Asesina? Fueron ellos quienes trataron de matarla.
¿Expulsión? De acuerdo.
¿Justicia? Impartida.
¿Venganza? Satisfactoria.
Y, aun así, fue ella quien decidió zafarse del agarre de los adultos.
Fue ella quien decidió levantarse otra vez.
Fue ella quien avanzó en lugar de retirarse.
Fue ella quien pintó la nieve de rojo bajo sus pies.
Fue ella quien se preparó para lo que estuviera por venir.
Su movimiento llamó la atención de algunos y, a pesar de no tener voz, fue ella quien se mantuvo en pie frente a todos.
Una llamada de socorro surgió de la espesura.
—¡Viene a por nosotros!
Los copos de nieve centelleaban como estrellas bajo la luz de la luna, acentuados por la visión borrosa previa a la inconsciencia.
El sonido se hacía hueco, los gritos se diluían en espejismos en su mente.
Alzó la barbilla y esbozó una sonrisa al ver cómo arrastraban los pies por la nieve, lanzándola como arena en la playa.
Lloraban, temblaban, gritaban… Sufrían. No le hizo falta palabra alguna, tan solo un par de segundos para recomponerse.
Nadie le tendió la mano, tampoco pidió una.
Carraspeó y adelantó la pierna derecha. Las estrellas níveas se apagaron, la sombra de una inmensa criatura envolvió el parque, la tenue luz de la luna que se sobreponía a la figura del geevar mostró una nueva silueta, una cuya fuerza irradiaba, centelleante. La luz de un verdadero guerrero.