Rinaryan: La huella de un fantasma 16. Nieve #4
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16. Nieve #4

Se hizo el silencio durante unos segundos. El hombre encendió una vitrocerámica conectada a sus paneles solares, y puso un vaso lleno de una masa viscosa encima.

—No tengo mucha comida, pero hoy se me han quitado las ganas de cenar al escucharos.

Llevo semanas escuchando sobre los lobos.

Comenzaron como una organización de agrupación suplementaria para la supervivencia, es decir, un grupo de personas con conocimientos y fuerza ayudaban a otros con menos capacidad.

Pero no tardó en descubrirse que no era más que una fachada elitista para crear un grupo supremacista con los más fuertes que recaudara todos los recursos posibles.

Tienen una metodología muy clara. —Se escuchaba un incesante chisporroteo bajo la vitrocerámica y las burbujas de la masa estallando contra los bordes del vaso, manchando a su alrededor mientras hablaba—.

Una vez tienen un objetivo, mandan una escuadra de investigación que permanece oculta hasta tener todo el conocimiento que requieren.

»Suele ser la fertilidad del suelo, la población de geevars, la habitabilidad del lugar, posicionamiento estratégico…

Pero también investigan quiénes son los líderes, a sus allegados y sus relaciones.

Dado el aviso, se hace una valoración de su rentabilidad y se estima cuántas tropas podrían ser necesarias para su toma.

Se crea una estrategia y, una vez derrotados, se toma a los cabecillas y se los lleva a una habitación a solas.

Usualmente. Nunca había escuchado un caso como el vuestro, pero puedo creerlo —ex­plicó Smil.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Serquam

—Es la estrategia para quebrar sus voluntades.

Los despojan de sus mentes para manipular al grupo.

Imagino que, como en esta ocasión el grupo no les era de utilidad, se centraron solo en destruirlo a él.

Chicos…, vuestro amigo no asesinó a nadie.

Fue víctima de ellos, le obligaron a decidir quién vivía y quién moría.

Niña, te hicieron entrar en un momento tan tenso precisamente para destruir vuestra relación y hacerle más daño; a sus ojos, la vida de tu padre no fue sino una bala en el corazón del chaval.

Serquam alzó la cabeza y se quedó mirando al hombre a los ojos. No quería creerlo, pero las palabras de Vinadarian resonaron en su cabeza.

«Mátame a mí».

La mano le temblaba tanto que no podía moverla.

Sus labios se llenaron de babas y sus ojos se inundaron en lágrimas; paralizada, sintió cómo su pecho se encogía hasta casi desaparecer.

Dejó de sentir las piernas y la cabeza comenzó a darle vueltas.

Escuchaba el llanto de Minaryan de fondo, Herbia trataba de consolarlo. «No podías saberlo».

—Pude haber creído en él —sentenció con los ojos huecos.

—No es tan fácil —contestó Jyon. Serquam sintió algo de alivio.

Las palabras de la joven siempre habían sido afiladas y dolorosas, por eso su consuelo se percibía con una vara de medir distinta—.

Lo sé mejor que nadie. No es fácil creer en alguien como nosotros.

Pero él tenía especial fe en vosotros… Me sentiría desgarrada si Herbia me abandonara así.

Si decidiera que ya no le merezco la pena.

No siento lástima de vosotros, ni siquiera aunque seáis críos.

Todos hemos hecho estupideces de críos, pero eso no justifica nada.

Ambos sintieron un gran dolor al escuchar palabras tan crueles. La siguiente frase les caló muy hondo antes de que Herbia pudiera detenerla.

—Por eso mismo sé la suerte que tenéis. Aunque me apuñalara en el corazón, sé que muy dentro de mí siempre quedará espacio para su perdón. Aseguraos de disculparos más allá de las palabras. Creed en él como él cree en vosotros.

Los ecos de sus murmullos se escuchaban mientras amainaba el viento en la noche. La hora se acercaba. Herbia le enseñaba a Minaryan cómo había hecho la tarta, y Za-Jir trataba de jugar con una Serquam aún afectada cuando se abrió la puerta del recinto.

—¿A dónde vas? —preguntó Smil.

—Me he dejado una cosa en ese estúpido refugio. No te preocupes, no tardaré —dijo Jyon.

—No tardes mucho, tengo sueño y quiero darte las buenas noches antes de dormir —respondió Herbia.

—Tranquila, es ir y venir. Aún no es tan tarde como para que se nos acerque ningún geevar entrometido. Y siempre puedo hacer como Za-Jir e irme a vivir con ellos una temporada si se lía demasiado —dijo con una sonrisa antes de salir.

Era la hora. La nieve comenzaba a amontonarse, el tiempo había pasado muy rápido ahí dentro.

El blanco impoluto era precioso, decoraba con elegancia la colina llena de barro hasta el recinto.

Apretó el puño, los tres chicos estaban puntuales, a la hora acordada. Portaban barras de metal frente al columpio cuya cadena se había roto por el temporal.

«Ojalá pudiera decir que lo hago por ti», pensó la hermana mayor.

Estiró la espalda y se rascó el ojo. Este era su auténtico regalo de cumpleaños.

«Soy fuerte. Tanto como papá… Como Juto. Ya lo veréis. Puedo…, puedo protegeros de cualquier cosa».