Rinaryan: La huella de un fantasma 16. Nieve #3
54%

16. Nieve #3

Asintió con la cabeza y apretó el puño. Solo tenía una oportunidad.

En un gruñido contenido y con la espalda a punto de reventar, lanzó la cuerda hacia arriba hasta hacerla rozar con la que sostenía en su otra mano.

El magnetismo hizo el resto: ambas se entrelazaron y, acto seguido, se tensaron como los cables de un puente, conectando las tiras a las del tractor y el cobertizo.

Smil los subió hasta la cima y Jyon continuó su caminata por la ladera vertical como si no hubiese pasado nada, conteniendo sus agotados jadeos al desatar a los pequeños una vez llegaron a la cima.

Desactivó el magnetismo y los sacó con cuidado. Un copo de nieve se posó en su hombro al desatar al primero. Llevaba toda una vida queriendo ver nevar, y era como estrellas alrededor de sus ahora camufladas lágrimas de alivio.

Entraron en el pequeño cobertizo, que era cálido, al contrario de lo que parecía por su apariencia metálica y a pesar de la entrada de viento helado por la puerta rota. Smil fue a arreglarla.

Jyon se tumbó en el suelo, extenuada, y Serquam, Minaryan y Za-Jir se abrazaron reconfortados al punto del llanto por el alivio de haber llegado vivos.

Smil cuchicheaba mientras tomaba sus herramientas.

—Más te vale haber matado a cuatro de esos desgraciados para que os hayan echado en medio de este temporal —dijo volteándose a ver al resto con desparpajo—.

¡Pero si sois cuatro enanos! —Se volvió de nuevo hacia la entrada—.

Hay que ver… Además, dicen que los lobos andan cerca y por las noches se arriman geevar a este nódulo. Qué despropósito.

De una feroz carcajada Jyon le respondió.

—Si te lo digo, no me crees.

—Pruébame —respondió el hombre.

—Nos han echado porque he entrado al comedor sin permiso mientras pegaban a Herbia.

—¿Pegaban? ¿Me lo dices en serio?

— Ajá. Como lo oyes.

—¿Y cómo estás? — dijo mirando a la pequeña.

—Habría preferido otro par de puñetazos a lo que acaba de ocurrir —respondió con desparpajo, provocando que los dos mayores rompieran a reír.

—Bueno… Podéis quedaros aquí una temporada. Aunque creo que al menos para dos de vosotras no será por mucho tiempo…

—¿Qué? —respondió Jyon dando un brinco. Su forma se deshizo por completo, volviendo a la normalidad.

Smil terminó de atornillar el picaporte y puso una banda magnética para dejar la puerta completamente cerrada antes de secarse la boca con el antebrazo y responder orgulloso.

—Mis fuentes informan de un rumor más al oeste, un hombre acompañado de un adolescente y una niña.

Dicen que es el único que ha sido capaz de plantarle cara al general de los lobos, está dando mucho de qué hablar.

En torno a dos metros de altura, músculos de acero y cara de pan, brillante como el sol, ojos marrones y pelo canoso. ¿Puede ser él?

—¿Con una niña y un adolescente…? —se preguntó Jyon arrugando la nariz.

—Es papá —afirmó Herbia con rotundidad—. Solo él se pondría a cuidar de dos niños que no conoce en mitad de todo esto.

Jyon se carcajeó.

—Es lo correcto, ¿no?

Herbia le sonrió y asintió con la cabeza.

—No se equivoca.

—¿Al oeste? —preguntó la mayor.

—Sí, pero no te lo pierdas. He pedido que manden el mensaje, y parece ser que hay algo más. El chico del que me hablaste se ha estado haciendo también bastante famosete estos días —respondió Smil. Jyon deslizó la mirada a los pequeños, que se quedaron paralizados al escucharlo.

—Este de aquí es su hermano. Todavía no hemos podido hablar de por qué se han separado.

El hombre respondió sorprendido.

—¿Su hermano? Mis condolencias.

Jyon y Herbia se sobresaltaron.

—¿Condolencias?

—Está muerto. ¿No? Eso me han dicho. Murió luchando —respondió el hombre quitándose los guantes y tirándolos a la mesilla de cristal. Uno de ellos se mantuvo encima, el otro cayó.

—¿A quién le importa si está vivo o muerto? —respondió Serquam, afligida—. Era un asesino.

—Eh. Cuida tu boca, mocosa. No sabes de quién hablas —respondió Jyon, molesta.

Minaryan quedó entre dos mundos. Con la mirada perdida, balbuceó algo.

—Él…

—Dio la orden para que mataran a mi papá delante de mí. Lo vi todo. Claro que lo conozco.

—No te creo —respondió Jyon de inmediato—. ¿Y vuestro otro amigo? El que ayudó cuando el enano este vino al campamento. No me lo digas… Mató a tu madre.

—¡¡Jyon!! ¿Qué haces?

—Esta niña es una mentirosa. Solo quiere hacerse notar.

Serquam trató de aplacarla entre llantos, pero Minaryan la detuvo como pudo.

—Dice la verdad.

Pasaron horas explicándoles todo lo que habían visto, todo lo que les habían contado. Cómo Kargu se quedó, cómo Jinner se distanció… Obviando, por supuesto, los secretos del grupo.

Smil, sentado en el suelo se levantó al escucharlos terminar.

Jyon, conmocionada, miró a su hermana, que negaba con la cabeza, incrédula.

—No lo entiendo —dijo Jyon—. Hay algo que no cuadra. No tiene sentido que de la noche a la mañana le entrara el ansia asesina y cambiara por completo. En el comienzo de vuestra historia se parece más a la persona que conozco, pero…

Smil se acercó a Serquam y posó la mano en su espalda con delicadeza. Ella estaba inclinada hacia delante con las piernas cruzadas, aguantándose el llanto.

—Perdona, Serquam. No quería creerlo. Pero, entonces, ¿está vivo? ¿Por qué os separasteis? —dijo Jyon.

—Dijo que estaríamos más seguros aquí sin él hasta que llegara el día. Que después nosotros decidiríamos si volver con él o no, y que no nos culparía en caso de quedarnos —respondió Minaryan

—¿Y dónde está? —preguntó Herbia.

—No lo sabemos —concluyó el pequeño.