16. Nieve #2
Entre tropiezos y acelerones, su fuerza de voluntad y la rabia en sus pisadas hincaban la bandera de la victoria por cada metro recorrido hasta llegar a la cima de la colina.
Un recinto muy pequeño resplandecía con luz metálica bajo varios paneles solares.
El tractor aparcado a su lado indicaba que Smil estaba en casa, aún había tiempo.
La voz de Jyon se alzó por encima de la tempestad, la imagen de su padre se formó en su cabeza una última vez. Las llevaba en los brazos, pero ella bajaba y se le adelantaba, cogiendo a Herbia de la mano.
Desapareció. No tiene importancia cuán fuerte seas ni si haces o no lo correcto si no estás ahí.
Esa es la lección que aprendió por las malas. Por fin pudo entenderla por completo. Sollozó y emitió una carcajada de celebración a escasos metros de la puerta.
Llamó dando varios puñetazos, pero el viento era demasiado fuerte, ni siquiera podía escuchar sus gritos, así que tomó carrerilla unos metros, adelantó el hombro derecho y embistió con todas sus fuerzas, reventando cerradura y pestillo de un solo golpe.
Dentro, un hombre adulto se sobresaltó y cayó de pronto encima del extraño proyecto en el que trabajaba, una amalgama de mecanismos en forma de bota, reduciéndolo todo a meros cacharros esparcidos por el suelo.
Junto a él, un chico que se quedó pasmado mirándola, mas no asustado.
—¿Qué diantres es eso? ¿Un cerdo?
Jyon se levantó de sopetón y se acercó de inmediato.
—Tengo a tres chicos a mitad de camino, hace una ventolera muy peligrosa y necesitamos ayuda.
—Hizo una breve pausa para respirar hondo y miró a su alrededor.
Buscaba algo entre el caótico desorden de trastos y bártulos esparcidos por doquier.
El temporal no podía ser la única causa de semejante desastre—.
Están esperando a que amaine. Los han expulsado del refugio por ayudarme.
El hombre pudo reconocerla a pesar de su voz engravecida.
Solo una persona podía contar algo así con semejante contundencia, dejando implícita una orden de ayudarlos.
No hubo un por favor ni probablemente habría un gracias; tan solo existía una situación, su solución y la relevancia que él podría tener en el asunto.
No le cupo duda de que la mujer tras esa piel rosácea y ese hocico era Jyon.
—¿Los han echado en pleno temporal? Cada día que pasa tienen menos vergüenza. ¿Y tú que diantres haces subiendo así? ¡Podrías haberte matado! —respondió en explosiva indignación mientras dejaba algunos de los trastos en un cajón.
—No hay tiempo para esto. ¿Me ayudas a sacarlos de ahí o pretendes esperar tú también?
—No debería durar mucho más. Si están seguros, puede que…
—¿Qué? Venga, mueve el culo y déjate de historias. Podría pasarles cualquier cosa, no voy a arriesgarme. ¿Tienes el traje de escalada?
—S-sí, pero no es para este tipo de situaciones…
—Servirá. Déjamelo.
El hombre se apartó hacia una taquilla y tocó varias veces un botón negro encima de un interruptor de la luz.
Había varias ropas extrañas, una pegajosa, otra metálica, otra que chisporroteaba…
Pero tomó una en concreto. Parecía de goma y era de un color marrón claro parecido al café con leche.
Unas tiras negras comenzaban en los hombros y se bifurcaban en las piernas.
Emulaban las fibras musculares con gruesos hilos plásticos blancos repartidas a lo ancho y largo, lo que indicaba a simple vista que el traje aún no estaba terminado.
Le quedaba grande, pero Jyon se lo puso sin dudar y salió pitando. Los zapatos se quedaban adheridos al suelo, por lo que caminar era algo engorroso, pero proporcionaba mucha estabilidad.
Sus pensamientos se acomodaban enmarañados.
Las imágenes de su padre tornaban en posibilidades de actuación, sobreponiéndose a los estímulos.
Podía verlo, diferenciar cada escenario, percibía la altura a la que estaba el cobertizo, el barranco al costado, la presión atmosférica, la temperatura, la fuerza de sus pasos.
Saltar la colina y engancharse en un tronco para llegar a los niños desde las alturas, atajar entre las copas de los árboles o utilizar las cuerdas magnéticas como liana eran ideas que no solo surgían en centésimas de segundo, sino que también podía ver cómo funcionarían.
Su mente se sobrecargaba hasta el punto de la fatiga, un ligero mareo consecuencia de mantener su extraña forma.
Probó con algo que jamás se hubiera planteado siquiera: todo.
Se dispuso de espaldas, mirando hacia el cobertizo; tras la caída, tan solo un pequeño bosque la separaba de los niños.
No eran más de treinta metros de altura.
Jyon se dejó caer con los ojos cerrados, embistió la copa cónica del árbol más alto y la partió.
Lanzó las cuerdas alrededor del tronco, que se entrelazaron magnéticamente al acercarse, y las usó como riendas para cabalgar sobre el viento.
Ubicó desde las alturas el árbol donde se habían quedado los niños, uno especialmente ancho y algo más alargado que el resto junto a la cuesta en espiral.
Los niños vislumbraban en el cielo la figura de algo parecido a un astronauta montando la copa de un árbol con dos cuerdas. Herbia calmó los ánimos de inmediato.
—Es ella. ¡Jyon! —dijo boquiabierta y con los ojos llorosos.
—Menos mal —respondió Minaryan—. Tengo la sensación de que este árbol se nos podría haber caído encima.
—Sí… —concluyó Serquam—. Ya han salido volando otros dos…
Como cabía esperar, el aterrizaje fue muy brusco, gran parte del tronco se despedazó al chocar con el suelo, pero Jyon había logrado hacerlo en el lugar perfecto, a apenas seis o siete pasos de ellos. Lo dejó amarrado con las cuerdas que sostenía, pegándolas contra él.
—No hay tiempo, vamos a subir ya. Agarraos fuerte, al otro lado de la cuesta hay un precipicio muy alto. Intentad no moveros mucho. No sé qué hacer si se rompen las ramas de los costados y rodáis a un lado —advirtió sin miramientos.
A pesar de su logro, parecía igual de locura que la primera vez, puede que incluso más.
—¿E-estás segura de esto? ¿No podrías llevarnos uno a uno y protegernos del viento tú? —preguntó Serquam, asustada al observar con cautela sus alrededores; cualquiera que fuese la pretensión de aquella mujer, no parecía ser mucho más segura que haberse quedado esperando.
—Es un viento muy fuerte. Con las cuerdas puedo subiros, pero si nos quedamos o vamos andando, saldremos volando o nos caerá algo encima. Esto es lo único que se me ocurre.
Ató a los niños al tronco con premura; aunque ella trató de hacerlo con delicadeza, el dolor les apretujaba el pecho. Jyon arrastró el tronco hasta el talud y adhirió la suela de las botas contra el muro para poder caminar en vertical.
Cuando alcanzó la altura suficiente para levantar el árbol, no dudó ni un segundo que podía hacerlo; bajo aquel traje, la transformación aún continuaba potenciándola.
Tensó la espalda y los hombros y tiró con todas sus fuerzas.
Pudo levantarlo, pero no sabía cuánto duraría su renovado aguante ni si los niños estarían sintiendo mucho dolor.
En unos minutos ya se veía la cima. Habían sobrepasado la quincena de metros cuando asomó el morro del pequeño tractor de Smil, balanceándose de un lado a otro por el viento.
Desde el asiento del conductor, el hombre agarró una banda similar a las que portaba Jyon en su traje y ató una piedra de forma que pudiera resistir el embate del viento; acto seguido, se la lanzó esperando que pudiera recogerla sin dificultad.
No se quedaría a comprobarlo. Subió de nuevo en su tractor y le dio la vuelta.
El resto de la cuerda estaba conectado al vehículo, y de este se tendía tensa hasta el cobertizo.
Za-Jir se había subido con él a pesar de sus advertencias, palabras vacías que el pequeño no entendía, pero que le asustaban lo suficiente como para saber que podrían necesitar su ayuda.
Llevaba preocupado por sus amigos desde que se separaron, y Smil había usado el tono menos indicado para calmarlo.
Seguía gritándole, pero no entendía nada.
El tractor se daba la vuelta, y el pequeño bajó para saciar su curiosidad.
Al hacerlo, contempló la estremecida mirada de Jyon bajo aquel traje, la misma que el patriarca aquel día.
Subía con sus amigos atados a aquel árbol.
Creía, no, sabía que no podía protegerlos. Miraba hacia arriba, a algo, así que él siguió su mirada. La banda que tiró Smil se había quedado flotando, zarandeándose de un lado a otro. Jyon solo veía en su mente los cadáveres de los críos rodando por la ladera durante unos segundos.
El pequeño se preparó para saltar, tomó aire y corrió pisando el suelo como si pretendiera cambiar la dirección de la tierra. Saltó al vacío, agarró la banda y cayó sin control. Dirigió sin pretenderlo la vista hacia ella, demandándole terminar lo que había empezado.
Jyon se quitó el guante derecho frotándolo contra su barbilla; lo había pegado a la última de sus bandas magnéticas.
Lo lanzó contra el crío en plena caída. Za-Jir se defendió escudándose en lo único que portaba, la otra banda, conectándose estas de inmediato y tensándose hasta el tractor de Smil, aún un par de metros por encima de la joven.
No pudo siquiera suspirar de alivio cuando se percató de la cruel realidad: ella era ahora el único puente entre el tirón del tractor y el peso del árbol.
La tensión en sus músculos se hizo patente acto seguido, cada fibra de sus brazos se desgarraba con rapidez, sus hombros estaban a punto de estallar, y su espalda a punto de desmoronarse. Tenía que hacer algo ya.
Desconectó el conector unido a su traje y lo tomó con las manos. Inspiró hondo y frunció el ceño con determinación. Sabía que debía hacerlo, que podía hacerlo.
Apoyó la mayoría del peso en la pierna derecha, tragó saliva y miró a los niños, que le devolvían la mirada aterrorizados. Les sonrió con la mayor seguridad que pudo impostar, la misma con la que trataba de engañarse.