16. Nieve
El frío le erizaba la piel, sus pestañeos se hacían lentos y pesados, sus bocanadas dolían. No tenía cuerpo para escuchar a nadie más hablarle, ni mucho menos acerca de cómo debía comportarse.
La mujer entró, hizo un ademán con la mano, rechistó y suspiró varias veces, dejó una carpeta encima de la mesa y pasó las páginas a toda velocidad hasta llegar a la suya. Ya casi podía reconocer el sonido que hacía el plástico al hacerlo.
Señaló a los pequeños y dijo algo, pero Jyon no escuchó nada, tan solo esperó a que su boca dejara de moverse para contestar.
—Me iré con Smil y os dejaré en paz —dijo observando a los mocosos—. Deja que ellos se queden, no darán problemas —pidió dirigiendo la mirada hacia la señora. Era lo más parecido a una súplica que podría obtener.
—No —sentenció ella—. Su ingreso fue precipitado y, en teoría, solo residirían aquí unos días. Quedarán a cargo de Smil durante este proceso.
—¿No es peligroso? Jyon dice que no le extrañaría que un día apareciera toda la caseta hecha trizas. Que por la noche se escuchan los pasos de los geevars caminando a su alrededor —señaló Herbia, lanzando a su hermana una mirada de soslayo.
—No importa —contestó Minaryan—. Los geevars no nos dan miedo.
Serquam se agitó y se puso en pie al escucharlo.
—¿Es allí donde habéis llevado a Za-Jir?
La mujer asintió con la cabeza.
—Jyon, llévalos tú. Herbia puede quedarse aquí.
Herbia negó con la cabeza.
—No, yo quiero el mismo trato que mis compañeros. Si ellos son expulsados, yo también voy.
—Tú misma —contestó indiferente, cerrando la carpeta sin apuntar nada.
Quería protestar, decirle algo, gritarle o abrirle la carpeta y cerrarla con su cara dentro, pero al verlos entendió que quizá era lo mejor.
—Esperadme aquí un momento, ¿vale? Voy a pedirles disculpas a los del comedor.
—Jyon, no hace falta, marchaos ya —respondió la mujer.
Jyon la miró a los ojos centelleando la rabia contenida que tan hundida en su pecho palpitaba, lo que le hizo cerrar la boca tan rápido como sus documentos.
Salió de la habitación abriendo la puerta con calma.
—Ahora vengo y os llevo donde haga falta, chicos.
Recorrió el pasillo y bajó las escaleras. La gente hablaba a su alrededor con la discreción necesaria como para emanar un terror latente en todos ellos. Ella sentía satisfacción al escucharlos, pero su objetivo era otro.
Aún estaban hablando frente a la puerta sobre lo sucedido cuando llegó. Las miradas de jóvenes y mayores se clavaron en ella.
—Solo quería disculparme con todos por lo que he hecho.
Escuché a mi hermana y sentí la necesidad de ayudarla.
No quise molestar a nadie. —Una voz robótica y fácilmente identificable como falsa, con la barbilla altiva, sin parpadear ni respirar.
Esperó la respuesta del chico que se había atrevido a golpear a su hermana.
—No te preocupes. Yo también soy de los que cuidan a los suyos, te entiendo. No hay nada que disculpar —respondió él.
Una sonrisa siniestra se formó en el rostro de la joven con un escalofrío que percibió como un empujón debido a su intensidad.
—Gracias. ¿Podemos quedar mi hermana y yo con vosotros para hablar de lo sucedido con tranquilidad?
—No hace falta.
El tono de Jyon cambió, haciéndose más nasal y acelerado.
—Yo creo que sí.
—¿Por qué no la traes ahora? —preguntó uno de sus amigos entre carcajadas.
—Está muy afectada todavía y es muy orgullosa. Pero la puedo convencer hoy mismo. ¿Qué os parece si quedamos sobre las nueve y media de la noche en el parque con los columpios y el tobogán? Así, de paso, puedo dejar a los críos jugando un rato. Venid los tres.
—¿Tú irás también con los otros críos?
—No, iré sola. —Aún seguía sin parpadear cuando se corrigió—. Iremos solas. Lo siento, aún estoy algo nerviosa.
Los chicos rieron y afirmaron con la cabeza. A su alrededor, pocos había que no hubieran entendido el propósito de la joven, pero aún menos había que se atrevieran a hablar o que no quisieran verla pisoteada contra el suelo.
El cabecilla quizá fuera el único que no hubiera entendido la intención de la joven, pero poco importaba. Jyon se despidió y regresó con su hermana, a la que tomó de la mano; Minaryan y Serquam las siguieron de cerca.
Al abrir la puerta, la fuerte corriente de viento impuso su yugo sobre los cuatro, que se cubrían subiéndose el cuello de las camisas a la altura de la nariz y metiendo los brazos en los camisones.
El camino estaba algo embarrado por la reciente lluvia, el cielo aún cubierto de nubes grisáceas y las briznas de hierba se zarandeaban suplicando misericordia bajo los pies de los jóvenes.
Jyon se puso enfrente e indicó que formaran una fila tras ella, avanzando en contra de la fuerte corriente. Herbia alzó la voz cuanto pudo.
—Tenemos que volver, es peligroso ir con este temporal.
Su hermana fingió no escucharla, girando el rostro en la dirección contraria. Herbia apretó su mano.
—Está bien, confío en ti.
Jyon asintió con el ceño fruncido. Caminó arboleda arriba hasta hacerse a un lado entre los gruesos troncos.
—Escuchadme bien —dijo—. Hay un barranco a este lado, el viento os puede arrastrar y la lluvia puede hacer que os resbaléis, así que tenéis que ir con mucho cuidado, ¿vale? Seguidme el ritmo y llegaremos sin problema.
—¿No podemos esperar aquí a que haga menos viento? Me da miedo salir —dijo Minaryan.
—¡Sí! ¿Por qué tienes tanta prisa? ¿Qué está pasando? —continuó Serquam con la voz temblorosa.
—Smil sale de casa a las cuatro, cierra con llave y no vuelve hasta las dos y media de la mañana. Si no entramos en menos de diez minutos, no vamos a poder encontrarlo siquiera —respondió Jyon sin dirigirles la mirada.
—¡¡Prefiero esperar unas horas que caerme por ahí!! —dijo Minaryan tomando de la mano a Serquam.
—Vale, pues subo yo sola y pillo las llaves. Esperadme aquí, que estaréis seguros, y en cuanto amaine toda esta locura de viento os llevo al cobertizo y estaremos más tranquilos de una vez.
—¿Pero por qué? ¡Estamos bien, aunque tengamos que esperar! No te arriesgues —respondió Serquam soltándose de Minaryan para ponerse enfrente de Jyon.
—Tienen razón, Jyon. No pasa nada por esperar; hace frío, pero algo se nos ocurrirá —continuó Herbia.
—Sí pasa —respondió ella tragando saliva y soltando la mano de su hermana. Apartó a la cría y se deslizó por el barro húmedo hasta el camino enfangado.
—¿Que intentas demostrar? —gritó Herbia tras ella—. ¿Por qué haces esto?
Minaryan la detuvo, los tres quedaron expectantes bajo la sombra del árbol. Una temeridad innecesaria.
La silueta de su padre se formaba en su cabeza al alejarse.
Cuanto más nítida se volvía la imagen, más apretaba los puños, más trataba de levantar la cabeza, de enfrentar lo que fuera que tuviera delante, una brisa, una tormenta o un barranco.
Seguía apretando, seguía avanzando. La pronunciada elevación de la cuesta multiplicaba un peligro innecesario, algo que provocó en ella una burlona sonrisa de medio lado.
Sabía lo que suponían sus acciones, el riesgo que podrían conllevar, la mínima recompensa que esperaba tras la victoria, y también conocía que eso era, precisamente, el combustible que la movía: la necesidad de mostrarse a la altura de su padre.
Puede que solo tuviera que apretar los puños un poquito más, dar ese último paso, avanzar hasta llegar ahí arriba.
El vacío en su espíritu esperaba a ser llenado.
La piel de su cuerpo se tornaba rosácea al caminar, la nariz de su rostro se ensanchaba en un gran hocico, sus orejas se alargaban y afilaban sin darse cuenta al aceptar la triste verdad de sí misma.
Y, contrario a lo que hubiese sospechado, fue satisfactorio. La ancha espalda de su padre parecía ahora más pequeña, y notó en su siguiente paso cómo ambas se hacían una. Además, él siempre había sonreído contra la dificultad. Ambos lucharon contra el viento.
Tan solo había una diferencia: todo.
Incluso en su percepción imaginaria, Juto, su padre, las llevaba bajo sus brazos. En cambio, ella seguía sola.
Al inspirar una bocanada de aire, la fuerza y el frío del viento le cortó su paladar y le dañó la garganta. «¿Qué nos hace tan diferentes, papá?», se preguntó. Dio un paso al frente. Siempre hay un primer paso.
Y detrás, el siguiente.
Juto lo habría logrado. Habría impedido que nadie le hiciera daño. Habría logrado sacarle una sonrisa.
Pero no estaba allí. Estaba sola y no había conseguido nada.
En un instante, pudo imaginarse cómo hubiera sido todo. Él hubiera llegado a la cocina, hablado con esos mocosos. Les hubiera hecho entender que estaban siendo unos irresponsables, enseñándolos, guiándolos. Habría ayudado a Herbia con la tarta y desayunado con ellas para celebrar su cumpleaños.
Pero no estaba allí.
Un último recuerdo cruzó su memoria antes de dar el tercer paso. Aquella conversación.
Volvía de su primera pelea y había recibido una paliza por parte de un alumno mayor.
—Papá, dale su merecido. Enséñale quién es el más fuerte.
—No es tan sencillo, Jyon —respondió él con su voz cálida y grave.
La voz de un padre. —Ella lo miraba con admiración, una veneración exacerbada, esperando una respuesta como si se tratara de un dios—.
A menudo, hacer lo correcto significa otorgar significado al dolor más insignificante.
Y ahora estás haciendo justo lo contrario.
Vengarte y humillarle no llevará a nada ni te hará sentir mejor.
Pero tampoco puedo darte la solución, debes encontrarla tú, cielo.
Apretó los dientes y dejó caer las lágrimas entre los escasos copos de nieve que brillaban en el barro y dio el cuarto paso. El último, pues las pezuñas de sus patas atravesarían sus zapatos al enzarzarse en la carrera contra el viento.