15 Chispa #2
El grito se agudizaba más y más, los comensales se arrinconaban al otro lado de la habitación, expectantes ante lo que estaba por ocurrir.
El responsable trató de calmar la situación, pero nadie atendía a su discurso.
Pronto incluso él quedaría prendado del inmenso esfuerzo de la mujer contra los tres captores, que comenzaban a utilizar amenazas como amortiguador.
No escuchaba nada, era como si el mundo se detuviera ante ella. Ni siquiera recordaría sus caras o voces. No había rencor en su ser, tan solo un afán de protección y preocupación absolutas; solo había escuchado a Herbia llorar así tres veces en su vida.
De un instante para el otro, sin reducir en absoluto sus esfuerzos, sintió de nuevo la brisa en la cara. A punto de caerse, comprendió que algo o alguien la había ayudado, los amarres de sus costados se habían soltado, y se abalanzó contra el hombre que le tapaba la boca, empujándolo a un lado.
Iban tras ella varias personas, la voz de un crío clamaba su nombre, pero sus cinco sentidos estaban más allá del comedor. Trató de abrir la puerta con el manillar, pero alguien al otro lado se lo impedía.
Pudo caminar un par de pasos hacia atrás y puso el hombro por delante; la piel se volvió rosácea y gruesa sin que ella pudiera percatarse, algo que sí ocurrió con sus perseguidores, quienes, asustados, retrocedieron.
Jyon cargó entonces y atravesó la puerta, llevándose por delante a quien la sostenía. Cayó tumbada sobre ella y levantó la vista.
—Sostenla bien. —Era una voz juvenil, llena de energía.
Parecía divertirse. Al verlo, lo reconoció de inmediato.
No recordaba su nombre, nunca había sido buena para ello, pero sabía bien que era el protegido del pez más gordo del recinto; nunca habían tenido problemas hasta ahora—.
Esa es tu hermana, ¿no? Veamos si puedes darle tu preciada tarta.
Antes de poder levantarse, le llevaron las manos a la espalda para que no pudiera moverse.
Pies menudos corretearon hasta ponerse frente a ella.
—¡Oye! ¡Déjala en paz! —señaló la voz del crío.
—¡¡Ya basta!! —gritó la cría.
Herbia se lavó las lágrimas de la cara y miró a su hermana, sentenciando con convicción:
—Acaba de una vez.
Se formó frente a ella una imagen que no olvidaría. Una niña con el pelo negro agarraba la pierna del agresor intentando detenerlo pese a su enorme tamaño en comparación, y un chico aún más joven que su hermana la había hecho a un lado, preparado para afrontar las consecuencias. Herbia sonrió.
—Gracias, pero todo esto no hacía falta. Yo misma he accedido a este trato —sentenció, apartándolo con delicadeza a un lado.
—Haces unos tratos muy raros. No me gustan, lo siento, pero no puedo dejar que te golpee —respondió el chico. Al escucharlo, Jyon lo reconoció. Era el hermano de Vinadarian, Minaryan.
—Llevo semanas hablando con el cocinero para que hoy pudiera dejarme cocinar la tarta de cumpleaños de mi hermana.
Este chico y sus amigos se colaron en la cocina y se la comieron toda, salvo un trozo, mientras se reían y me sostenían.
Dijo que me dejaría el último si podía aguantar tres de sus puñetazos.
Quiero que Jyon se la coma, nunca me había salido tan bien —respondió ella.
Minaryan se quedó anonadado ante la respuesta, tanto que, sin pretenderlo, dejó que lo adelantara y lo hiciera a un lado. El tercer y último de los puñetazos se efectuó frente a todos, sin piedad ni contención alguna, directamente en la nariz de la pequeña.
El sonido del impacto fue desgarrador para Jyon, quien ya no tenía fuerzas para tratar de liberarse, y su dolor se aderezó con las risas de los amigos del joven.
Herbia cayó contra la nevera, golpeándose la espalda tras retroceder unos pasos.
La sangre goteaba desde su nariz, pero no tardaría en volver a levantar la cabeza.
Mareada, se puso en pie y tomó un poco de papel de cocina, como si no hubiese pasado nada.
Se limpió la sangre y lo tiró a la papelera.
Con gentileza y calidez, le preguntó al chico:
—¿Puedo, entonces, quedarme con el trozo de tarta?
Enajenado y humillado, el crío se abalanzó sobre ella para tratar de golpearla una vez más, pero Minaryan se puso enfrente. La fuerza del joven era superior a la prevista y lo lanzó contra la pared contraria.
La pequeña que iba con él, Serquam, golpeó entonces con fuerza sus tobillos y rodillas, haciéndolo caer al suelo.
Varios hombres pasaron por encima de Jyon y detuvieron a los críos. Antes de que Herbia llegara a por el trozo de pastel, este cayó al suelo, llenándose de porquería. Lo recogió con diligencia mientras el caos se formaba a su alrededor.
—Lleváoslos de aquí —ordenó el responsable. No había distinción. Tan solo un puñado de alborotadores a sus ojos.
«Que injusto», pensó Jyon.
—Qué patético —dijo en voz alta.
El chico tomó su comentario como una burla a su fuerza.
—Si la hubiera golpeado con todas mis fuerzas, la habría matado. Deberías dar las gracias de que tan solo estuviera jugando.
Pero no se refería a él. La joven exhaló el poco aire que le quedaba en los pulmones y cerró los ojos.
«Una vez más, solo puedo resignarme y mirar cómo todos sufren por intentar complacerme. No lucho ni tampoco me defiendo… Solo… sobrevivo para continuar repitiéndolo todo allá donde vaya».
Herbia contenía las lágrimas con el pastel entre las manos, y Minaryan, Serquam y el otro chico eran arrastrados con ellas a algún lugar.
—¿Por qué soy tan diferente de papá? —Los hombros le temblaban sin control, se mordió el labio inferior hasta hacerse sangrar y apretó los puños tanto como pudo mientras miraba fijamente a Minaryan, aún conmocionado por el golpe.
«Quiero luchar. Estar a vuestra altura. Quiero… dejar de ser una perdedora. La fracasada. Quiero ser tan fuerte como vosotros, pero todavía no lo comprendo. Herbia, ¿tú lo sabes? ¿Podrías explicármelo? ¿Qué significa ser fuerte?».
Antes de darse cuenta estaba sentada en aquella sala.
Su hermana sostenía el trozo de pastel con las dos manos mientras esperaban a que los responsables pasaran a hablar con ellos.
No se atrevía a dirigirle la mirada, pero Jyon se acercó y tomó el trozo lleno de porquería.
Lo cortó por la mitad, y una parte la dividió en tres.
—Es mi cumpleaños, así que me quedo con un poco más. Si no lo queréis, podéis dejármelo, pero creo que la comida está mejor cuando la comes en compañía.
Minaryan y Serquam lo cogieron con gusto y se miraron entre ellos como una pequeña celebración.
Con delicadeza, Jyon tomó la cara de su hermana por la barbilla y la levantó hasta mirarla a los ojos.
—Perdóname por no haberme dado cuenta. Pero ninguna tarta merece que alguien te haga daño, ni siquiera la mejor de todas.
Perdón —respondió Herbia, dándole la razón—. Y felicidades, Jyon. Te quiero.