Rinaryan: La huella de un fantasma 15 Chispa
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15 Chispa

Es contrario a la naturaleza, o privilegiado a sus ojos, detenerse ante el peligro.

La cercanía al dolor a menudo reduce las posibilidades a dos: luchar o huir.

Quienes pueden mantenerse en el mismo lugar sin temor y no usan la inacción como su última acción cruzan a través del espejismo de la mayoría.

¿Es acaso un desafío a quienes no tienen más opción? ¿Una forma de humillación?

La luz de una vela encendida en una mesilla iluminaba la habitación de las dos hermanas, que dormían en camas separadas por dos o tres palmos de distancia.

Jyon rodaba tratando de encontrar la posición idónea.

Sus pensamientos se embarcaban en un viaje sin rumbo que atraía su interés en una espiral que pretendía cortar, pero le era imposible.

Sin pretenderlo, en uno de sus bruscos giros gruñó, irritada.

—¿Qué te pasa? —preguntó la pequeña Herbia arrimándose a la vela. Hacía tiempo que no podía verla tan de cerca; sus cálidos ojos amarillos, sus densas pestañas, sus adorables pecas… La viva imagen de su madre.

—No lo sé. No puedo dormir.

—Suéltalo —respondió la pequeña, quitándose de encima la manta y sentándose al borde de la cama.

Jyon se volteó exacerbada y golpeó la mesilla con ímpetu.

—¿Por qué todo es tan difícil? Quiero decir… ¿Y si nos hubiéramos despertado y papá estuviera bien? ¿No es eso lo normal, lo natural? Muchos aquí tienen a sus familias al lado. ¿Por qué tenemos que pelear para encontrarlo? ¿Y mamá? Ni siquiera sabemos si siguen vivos.

—No estoy segura de cómo quieres que aborde la respuesta. ¿Te estás compadeciendo de nosotras o es una pregunta de verdad?

—¡No! No me compadezco, pero… tiene que haber alguna razón, ¿no?

—¿El destino?

—Menuda estupidez.

—No te entiendo. ¿Estás preocupada por nuestros padres o irritada porque te parece injusto que no estén con nosotros?

—¡Solo quiero saber la razón! Por más que lo pienso, no lo entiendo.

—Tranquila, Jyon. Creo que tanto trabajo te está saturando. Trata de dormir y mañana ya hablo yo con el señor.

—No quiero que hables con nadie. Yo no he pedido descansos.

—¿Y qué quieres?

—Que me contestes.

—No sé la razón. No tengo ninguna teoría ni pienso nada al respecto… Solo creo que te molesta que no los hayamos encontrado aún.

—¿No me digas? ¿Crees que eso me molesta? ¡Así que era eso, claro!

—Cálmate, no te he dicho nada.

Jyon se levantó y se sentó a su lado.

—Perdón. Es que…

Herbia la abrazó con delicadeza, entrelazando los dedos en su espalda y arrimando la mejilla a su pecho.

—Yo prefiero pensar en lo afortunada que soy de tenerte conmigo. De que me cuides y de que me quieras, aunque te cueste decírmelo. Te quiero mucho, Jyon, aun con tus rabietas a las tantas.

—Lo sé… Perdón. No sé cómo decirlo, pero pienso en mil cosas y todo se me revuelve enseguida. Todo sería mejor si estuviéramos con ellos.

Herbia negó con la cabeza.

—Creo que acabo de entenderte. Perdóname por ser tan tonta, pero igual ahora puedo responderte.

—Se deslizó por el torso de su hermana hasta dejarse caer encima de su regazo, boca arriba—.

Si hubiésemos estado con papá, no habrías salido herida, no habrías tenido que protegerme.

No sabría que tienes madera de heroína. No hubieses ayudado a ese chico y yo no hubiese sabido que tienes el corazón de oro.

No te habrías peleado con el soldado y no sabría que tienes el espíritu de un guerrero.

No te dejes engañar por embusteros de tres al cuarto, ni siquiera los que se forman en tu cabeza.

Aún más que papá y mamá, tú eres mi hogar. Lo sabes, ¿no?

Los ojos de la hermana mayor se inundaron de lágrimas que cayeron en las mejillas de su hermana.

Entre contenidos sollozos, Jyon, temblorosa, la abrazó con fuerza.

—¿Por qué no hablas como una niña de tu edad por una vez? Te quiero.

La pequeña se dejó llevar y la imitó con todas sus fuerzas.

—Y pensar que es la primera vez que me lo dices.

—Idiota —respondió Jyon. Antes de darse cuenta, las dos quedaron dormidas en la misma cama, con una prudente sonrisa y muchas lágrimas.

Su habitación se encontraba dentro de un recinto antaño utilizado como residencia de ancianos.

La luz del sol llegaba a través de los agujeros de la persiana en una reminiscencia del antiguo mundo.

Jyon se despertó primero, o eso pensó, porque miró a un costado de su cama y se percató de que la pequeña había madrugado.

Se levantó y arrastró el brazo bajo su cama. Sacó una bola con sus mejores galas: una camiseta negra enorme y pantalones vaqueros que ceñía a la cintura usando el jersey abandonado de algún crío como cinturón.

Del manillar de la puerta colgaban sus zapatos, uno metido dentro de otro. Al verlos ahí dejó escapar una carcajada. Tras desenredarlos, los dejó caer y se los puso sin agacharse. Crujió los nudillos y abrió la puerta.

En el largo pasillo que conectaba todas las habitaciones del piso de arriba, veía a los chicos cuchichear mientras caminaban hacia las escaleras para ir a desayunar. Era reconfortante ver tantos jóvenes, pero quizá eran demasiados para ella.

Consiguió sortearlos sin entablar conversación hasta llegar abajo.

La comida olía especialmente bien. Un pequeño pasillo hasta el comedor, el guardia de seguridad plantado, como siempre, frente a la enorme puerta de nogal.

Por desgracia para ella, no podía evitar presentarse si quería pasar, ya lo había intentado antes.

—¿Nombre?

—Jyon.

—¿Edad?

—Dieciocho.

—¿Ocupación?

—Peón…

—Permiso inhabilitado.

—¿Qué? Déjate de bobadas y déjame desayunar tranquila.

—Lo siento, señorita, órdenes de arriba.

—Mira, ¿sabes qué? Que me da igual. ¿Puedes por lo menos decirme qué hay de comer? Huele genial, mucho mejor que la basura que nos estáis dando últimamente.

—Según tengo entendido, el jefe de cocina hoy ha delegado su puesto por una ocasión especial. No conozco más detalles.

—Y yo no puedo pasar por causa indeterminada. Me está empezando a tocar las narices.

—Lo lamento, pero no puedo dejarla pasar.

—No te preocupes. Me voy a la habitación a redactar una queja formal para el jefe y me marcho a trabajar, dicen que hacer ejercicio en ayunas es bueno.

El hombre asintió con la cabeza y continuó el registro.

Jyon fingió irse hasta encontrar un ángulo en el que el vigilante no la viera.

Dos chicos daban sus nombres a destiempo, parecían nerviosos y no los había visto antes.

Los últimos días estaba entrando mucha gente nueva.

Existía la posibilidad de que ellos tampoco tuvieran permiso para entrar, pues parecía haber una fiesta privada de algún pez gordo.

Cuando abrió la puerta, se acercó en cuclillas con rapidez aprovechando el barullo a su alrededor.

No dudó en empujar a uno al sobrepasar la entrada, masculló una sutil disculpa, pero se perdió entre el ruido de fondo y la alterada voz del vigilante.

Al pasar vio las caras asombradas de sus compañeros, gente de todas las edades y etnias.

Solía haber platos sencillos, como una ensalada o la carne o pescado que hubieran podido conseguir, pero aquel día había patatas, tomates, cebolla, salsas e incluso infusiones y un pedazo de pastel.

Antes de que la pillaran, se acercó a robar un trozo o dos de la mesa más cercana, pero los comensales se levantaron.

Uno de ellos se plantó frente a ella muy serio.

—No tienes permiso para desayunar —dijo con la voz temblorosa.

—¿Pero qué mosca os ha picado? Si no he hecho nada —respondió Jyon con una sonrisa de medio lado y aguantándose la risa.

—Es la forma que hemos encontrado de haceros pagar por los destrozos —respondió el hombre bajando la mirada al terminar la sentencia.

—Fue un accidente, y lo sabes. ¡De hecho, ni siquiera fui yo, fue Smil! Y ya os lo pagó. Os dejó su cosechadora hoy, y yo me tengo que ir a currar, así que suéltame.

—Bien, vete.

El comedor entero se había quedado en silencio ante el espectáculo, y ella lo oyó, podría reconocerlo en cualquier parte: el llanto de su hermana en la cocina.

Su rostro cambió, pasando de su ya habitual sonrisa burlona y ceja arqueada a una cara sombría, con el ceño fruncido y los labios apretados.

—¿De qué va esto? —preguntó ante un nuevo silencio. Las dos personas que la agarraban la arrastraron rápidamente hacia fuera pretendiendo no escuchar nada. Jyon mantuvo la mirada sobre el hombre, quien terminaría rompiendo el contacto girándose y continuando con su comida.

De nuevo, Herbia sollozó con dolor. El cuerpo del hombre comenzó a temblar al escucharlo, mirando de reojo a la problemática chica.

Jyon se revolvió como un pez fuera del agua, mordió el brazo de uno de sus captores y le arreó un golpe en la cara al otro, haciéndolo retroceder. Rauda, emprendió una carrera a través de las mesas apartando a quien se pusiera en su camino, pues sabía que tratarían de detenerla de nuevo.

Sorteaba los obstáculos y la sorpresa facilitaba su avance, pero algunos de los comensales trataron de ayudar al responsable agarrándola de los tobillos y haciéndola caer cerca de la entrada a la cocina.

—¡¡Herbia!! —gritó ella—. ¡Estoy aquí! ¿Qué está pasando!?

Una mano le tapó la boca, pero ya era tarde. La pequeña escuchó su grito.

—¡Jyon! ¡No entres, es una sorpresa! —respondió ella.

Jyon plantó las suelas de sus zapatos contra el suelo con todas sus fuerzas, arrastrando levemente a los hombres que la sujetaban.

Gritó con rabia en un ruido apagado por la mano que le hacía de mordaza, manteniendo la mirada fija en la puerta.

Lágrimas de angustia decoraban su rostro, imágenes terribles surcaban su cabeza, sacando fuerzas de donde no las había para no lograr nada.