Rinaryan: La huella de un fantasma 14. Desvío #3
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14. Desvío #3

Disparaban desde las alturas, manteniendo ángulos ventajosos en su contra; Ghrun alzó su escudo y Jinner se mantuvo agachado tras él.

Ambos se lanzaron al unísono contra la puerta, derruyendo tanto esta como gran parte de las paredes a su alrededor.

La resistencia tecnológica fallaba tras la embestida del villano, lo que allanó el camino de una demolición que, de otra forma, habría sido imposible.

Llantos, gritos, disparos… Jinner estaba ahora del otro lado. Y no le importaba. Solo quería sacar a su amigo.

Entraron juntos, en silencio, haciéndoles entender a quienes los vieron una verdad absoluta: no había forma de detenerlos.

La desesperación humana y el miedo nunca han alimentado la lógica, la supervivencia puede ser ambigua a veces y la ruptura de un orgullo fraguado durante toda una vida es el detonante de la estupidez. Por eso, todo aquel con un arma en el recinto disparó.

En un abrir y cerrar de ojos, la mano del famoso hijo de la naturaleza se topó con los brazos de uno de los hombres armados.

Acto seguido, la planta de su zapato aplastó su pecho contra el suelo y, como mera advertencia al resto, le arrancó el brazo de cuajo y lo lanzó como basura, cubriendo de rojo el blanco y perfecto recinto.

Ghrun no tuvo tanta misericordia. Avanzó en línea recta con el escudo alzado, dejándose golpear por quienes estuvieran a sus costados.

Le atravesaron el hombro y lo hirieron en las costillas antes de llegar al primero de ellos.

Le propinó un codazo en el estómago que lo hizo levitar por unas décimas de segundo y, decapitándolo en un movimiento ascendente con su escudo, tomó el arma y disparó contra cada enemigo, controlando también el piso de arriba.

No tardarían en formularse llantos y disculpas, rendiciones parciales, tratos y demás palabrería que ninguno quería escuchar. No volvieron a dirigirse la palabra. Jinner y él intercambiaron posiciones. El chico subía escalones al son de la parca recogiendo sus ofrendas.

En los pisos superiores no hubo resistencia; estaban paralizados o trataban de escapar por las ventanas para no toparse con el lobo feroz. Jinner los ignoró y subió a Vinadarian a sus hombros, se dio la vuelta en silencio y se marchó.

Fue una despedida muda. Tan solo un leve asentimiento con la cabeza por parte del comandante al ver el supuesto cadáver del chico sirvió para darle a entender que no matarían a sus amigos, al menos por el momento.

El sol se alzaba rojo, las nubes a su alrededor huían de sus rayos, dejando entrever tonalidades grises entre la perfección de su blancura.

Horas más tarde llegaron al campamento. Vinadarian recobró la consciencia al escuchar la voz de Minaryan al hablar con Jinner, aunque seguía siendo incapaz de moverse.

—Una semana.

Escuchó. Kargu habló de una semana de plazo. De plazo ¿para qué? Ya no les quedaba nada, pensó. Aún peor fue escuchar la respuesta.

—Despídete de Vina por mí —dijo Jinner.

—¿Qué vas a hacer?

—No puedo sumar otra vida a sus espaldas, Mina. Espero que volvamos a vernos. No tengo el valor para decírselo en persona.

La pequeña sollozaba mientras hablaban, la habían liberado.

Quiso sonreír, pero ¿para qué?

Vinadarian cedió al dolor, a la frustración, a la impotencia. El negro de sus ojos se oscurecía aún más, formándose capas de inconsciencia en sus sentidos.

Quiso plantearse cuál era el siguiente paso, pero… ¿para qué?

¿Qué le quedaba ya?

El sol en alto terminaría despertándolo pasada una hora. No hubo palabras mediadoras. La pequeña se escondió tras su amigo al ver levantarse al villano con genuino pavor.

—¿Es cierto? —preguntó Minaryan con las manos temblando, alzando una frente a su pecho recogido.

Vinadarian exhaló una carcajada silenciosa.

—¿Acaso importa? —dijo limpiándose la tierra de los pantalones al levantarse. Aún no había tenido el coraje de alzar la vista para verlos, aunque podía imaginarlo.

Frunció el ceño antes de decirles nada. Quería sonar intimidante, lo bastante violento como para hacerse respetar fuera como fuera, pero se derrumbó al verlos, y habló con una voz patética y tartamuda. Sus rostros… Eran su último bastión, y se había derrumbado.

Tensos y de ceño fruncido, temblorosos y aguantándose las lágrimas, contemplaban cada movimiento que hacía como si fuera una amenaza. Desprecio y miedo, algo que percibía de forma natural. Un ladrillo más. Uno más en la inmensidad de la muralla que rodea todo un mundo, ¿qué más da?

—Necesitáis un lugar seguro. Y a mí aún me quedan promesas que cumplir —sentenció Vinadarian. Ya no había un nosotros.

«Ellos y yo. Él y yo. Supongo que, después de todo, la escoria no merece compañía».

Su primer instinto fue llevar la mano hacia Minaryan, quien lo rechazó de inmediato retrocediendo junto a su amiga.

Cuán grata fue su sorpresa al ver que Za-Jir aquel crío que lo presenció todo, se adelantó y la tomó.

Temblaba tanto como los otros dos y también se aguantaba las lágrimas.

Aferraba junto al pecho el fragmento de la garra del geevar que se enfrentó a Jinner.

Lo tomaba con cariño y orgullo, pero el villano no pudo devolverle una sonrisa.

¿Se lo habría dado como recuerdo de su padre o como forma de desvincularse completamente del resto del grupo?, se preguntó.

Vista al frente, dio otro paso hacia delante. Quizá hacia atrás. «¿Qué más da?».