14. Desvío #2
El enorme chorro de sangre le envolvió el brazo en un fiero y palpitante torrente escarlata que orbitaba a su alrededor.
La fluctuación del líquido generaba rápidos roces entre tejidos, pero no era caótico como un torbellino o un huracán; había cierta belleza en sus movimientos, un pincel que danzaba sobre el lienzo de su piel.
Con cada trazo, nuevas y mayores fibras musculares, tendones, cartílagos, nervios y arterias.
La vorágine se calmó con un último trazo, y el velo rojo sobre su brazo se unió al ritmo que marcaba el compás de su corazón.
Latía, se hinchó durante un instante y volvió a la normalidad.
Golpeó con más fuerza de la que él mismo podía controlar contra la pared.
Abrió así un enorme hueco hacia la sala de prototipos.
Aún quedaba un paso más hasta la planta baja. El villano jadeaba de rodillas mirando hacia el suelo. Si las escaleras ya no eran una opción, la única vía era destrozarlo todo.
La sangre latió otra vez, la forma alrededor del puño se hizo más grande, filtraba la mayoría de luz blanca procedente del techo de la habitación. El perfecto y blanquecino suelo frente al villano lucía ahora rojo y lleno de polvo, astillas y maquinaria rota.
Vinadarian lanzó su golpe más desesperado. El impacto fue aterrador, agrietó casi la totalidad del pavimento, aunque eso no fue más que una secuela de la verdadera consecuencia; un enorme boquete que lo hundió entre escombros hasta la sala de control del segundo piso.
Se encontró de frente con el mismo hombre que hacía apenas unos minutos se carcajeaba confiado. Ahora abría los ojos de par en par. Se había quedado paralizado y lo miraba como un animal acorralado con las facciones descompuestas.
Sintió un profundo e inmenso asco al presenciarlo, uno que maduró como combustible prendiendo en furia, rabia. Su regla, su pretensión de no asesinar a nadie, se desvanecía con la poca claridad mental que le quedaba.
La habitación se hundió en la oscuridad, la red se sobrecargó.
Los sistemas auxiliares se encenderían pronto, y tan solo los cortocircuitos y chispazos iluminaban la sala.
La consola de comandos había quedado prácticamente inutilizable, pero Vinadarian sabía que no era suficiente, así que se abalanzó sobre ella.
Bajó cada palanca, apagó la fuente de energía y arrancó todo lo que pudo antes de ser reducido con decenas de balas.
Para su sorpresa, no fue como la primera vez. Su cuerpo se había adaptado a las armas de fuego, y tras la primera ráfaga, ninguna conseguía ya atravesar la barrera de su sangre, sintiendo solo golpes.
El dolor real se originaba en su cabeza. La migraña había crecido hasta dimensiones nunca experimentadas, haciéndole agitarse en el suelo y sufrir alucinaciones. Vio ante sí la figura de un preadolescente con cabello negro y ojos de distinto color, uno verde y otro marrón, lo miraba preocupado.
—Vina, ¿estás bien? Podemos irnos ya, tenemos lo que buscábamos…
Incapaz de distinguir realidad de ficción, Vinadarian contestó con la sinceridad de un moribundo.
—No. No puedo irme. No estoy bien. He llegado a mi límite.
El chico sonrió y le ofreció la mano.
—Tranquilo. Si algo nos has demostrado todo este tiempo, es que no es tan fácil derrumbarte.
—¿Qué dices? ¿Por qué te pones sentimental? ¡En marcha, que nos vamos! —contestó una voz.
Vinadarian alargó el brazo hasta tomar la mano del chico, pero no lo logró. Sintió un segundo de paz. El recorrido de su propia sangre volviendo a su origen, en el pecho.
Todo se oscurecía, y él no quería pelear más. Solo quería que todo acabara de una vez. Cerró los ojos y se dejó llevar hasta caer inconsciente.
El aespacio se desactivó alrededor del escuadrón lobo poco tiempo después de entregarles su recompensa. Ghrun se cubrió con su escudo, mientras que Jinner y los demás recibieron de lleno el impacto, pues el regalo era, en realidad, bombas de detonación remota.
Praesidium conocía de antemano las intenciones de los lobos y se había preparado a conciencia para aniquilarlos si tenían ocasión.
Solo sobrevivieron Ghrun y Jinner, el primero en perfecto estado por la protección de su escudo y el segundo herido levemente debido a la dureza sobrehumana de su cuerpo.
Los residentes de la torre celebraron su victoria.
Vinadarian seguía preso y tenían armas suficientes como para acabar con todo un ejército y una defensa impenetrable.
Por eso, reían quienes no entendían la situación, gritaban quienes tenían alguna noción y se rendían a su cruel destino quienes sabían lo que estaba por venir.
Jinner y Ghrun caminaban juntos con ansia de venganza.
Una alianza tácita entre ambos que acabaría en una lluvia de sangre.