14. Desvío
El hermoso jardín alrededor de la torre pasaba inadvertido para el escuadrón; los dos prisioneros compartían un tenebroso semblante. La atención se centraba en la entrada del recinto. Las respiraciones se agitaban incluso entre las filas de los lobos.
No escondían sus armas, no hacía falta. Las hazañas de Jinner cruzaban fronteras tan rápido como estas pudieran ser contadas por los pocos testigos que las sobrevivían.
En cierta forma, sería aún más sospechoso tener una escuadra desarmada llevándolo prisionero.
Tardó unos segundos, algo muy raro en él, pero más pronto que tarde Ghrun dio la orden con un chasquido de dedos y sonó un disparo a modo de timbre para la fortaleza.
Decenas de cámaras surgieron de entre las plantas, algunos tallos incluso derivaban en tecnología no reconocible de punta plana y blanquecina. Los lobos mandaron el mensaje a su modo, apuntando las armas en una división de objetivos: Jinner y la puerta del recinto.
La voz de un hombre resonó en sus mentes sin llegar a sus oídos.
—No disponemos de los medios necesarios para la contención de Jinner. Aceptamos al otro prisionero. Pueden escoger la recompensa que deseen salvo armas, de las que no disponemos. Incluyendo munición, pólvora o derivados letales.
—Preparad entonces comida para trescientos soldados, semillas, fertilizante y ropa limpia. Debería ser un trato justo, una vida no tiene precio. ¿No es esa vuestra idiosincrasia? —contestó Ghrun manteniendo la formalidad sin enseñar los colmillos.
—Es justo —respondió la voz—. Sin embargo, dada vuestra recién adquirida fama y la fuerza de vuestro prisionero, me veo obligado a retenerlos a todos ustedes durante el intercambio. Siento las molestias, no debería ser doloroso.
Ghrun entonces trató de desviar la mirada a Vinadarian a modo de mensaje.
Si ellos morían, también lo harían los rehenes.
Este último caminó con calma hacia delante.
El comandante lobo movió el brazo para detenerlo.
Dentro, no tendrían el control de sus conversaciones.
Debía hacerlo fuera. Para su sorpresa, no pudo moverse más que lo que pudiera hincharse su cuerpo al respirar.
No sentía ningún choque, objeto o detención, simplemente era como si sus extremidades no dieran más de sí.
Fue la primera vez que experimentó el aespacio.
Vinadarian paró a los pocos metros.
—Conozco el procedimiento. No sé a qué esperáis —dijo en voz alta con tono arrogante.
—Mis disculpas, caballero. Estamos faltos de personal —contestó la voz de su cabeza, pudiendo escucharlo tan solo él.
—Mis captores pretenden saber qué tipo de negocio o trato podríais hacer conmigo. No pretendo moverme de aquí hasta que no sepan exactamente qué pretendéis.
—Bien, entendido. Gracias por el informe —respondió la voz—.
No deben preocuparse. El sujeto no tiene posibilidad alguna de negociación.
Una vez dispongamos de su presencia en el recinto, se procederá a su evaluación inmediata y se lo mantendrá en cautividad controlada.
No se preocupen tampoco por su bienestar, pues procuraremos que se encuentre lo más cómodo posible.
Su recompensa está en camino, por favor, tengan paciencia y traten de respirar hondo. Los liberaremos en breves instantes.
El chico se giró de medio lado y miró de reojo al comandante lobo, quien asintió con la cabeza. Si hubieran querido matarlos ya lo habrían hecho; los rehenes sí eran efectivos.
Entró solo y se topó de frente con una chica joven con los ojos verdes resplandecientes como los de su hermano. Llevaba un carrito flotante que empujaba con gracilidad, lleno de lo que suponía era la recompensa de esos demonios.
Pudo vislumbrar también un hermoso rosal; algunos insectos estaban posados en las hojas y aún había gotas de agua por haberse regado hacía poco. Exactamente igual a lo que recordaba. Esa ilusión de control le daba ganas de vomitar.
Cada flor, brizna de hierba, baldosa, insecto, el olor del aire, su espesor, la temperatura…
Era inconfundible. El delirio de una mujer que pretendía superar cualquier concepto; ni siquiera la perfección era suficiente.
Tampoco la eternidad. Sentía que una migraña crecía, la ansiedad le carcomía el corazón, pero su alma ya estaba muerta.
Caminó, cada paso una derrota, cada bocada de aire, plomo en el corazón. Cada educado saludo, reverencia, grito, celebración…, una quemadura en su espíritu.
«¿Qué más da?», repetía en su cabeza. El blanquecino pasaje se estrechaba. Veía las habitaciones, el laboratorio, la sala de tratamiento, el comedor… Subió las escaleras. Era indiferente; de hecho, ni siquiera trataban de reducirlo.
En el tercer piso estaba el jefe de comunicaciones. Uno de tantos; los nombres siempre se le habían dado mal y apenas recordaba a uno o dos. No era el caso.
Era un hombre esbelto, con el pelo lacio y los labios gruesos, la nariz ancha y dedos gordos. Llevaba el uniforme blanco de Praesidium, un blanco nuclear que absorbía el resto de los colores, no se manchaba. Era de una fibra especial creada por esa mujer, a prueba de suciedad y de olor. Perfecta.
—¿Qué te ha hecho cambiar de opinión? —preguntó el hombre.
—Nada —respondió Vinadarian—. Sigo creyendo lo mismo, pero no me ha quedado opción. Será el destino.
El hombre se carcajeó.
— A ella no le gustaría oírte hablar así.
—Aún no os queda claro que me importa una mierda lo que opinara o dejara de opinar.
—Bueno, gracias a ella estás aquí.
Vinadarian rechinó los dientes. Su mente se nubló por completo y la migraña dominó cada pensamiento, salvo una frase que susurraba lo más hondo de su ser y que acallaba como podía. Aún no quería escucharla.
Dos guardias, quizá los únicos que había y fácilmente distinguibles por su envergadura y uniforme plateado, lo tomaron de los brazos y lo llevaron hasta el cuarto piso.
De nuevo, todo era igual, las salas restringidas, el equipo de desarrollo, los prototipos, las esencias…
Recordaba perfectamente el dolor punzante de las agujas, el goteo de los químicos, la única compañía de su sombra.
Se le pasó por la cabeza confesar el plan de los lobos, hablar sobre sus consecuencias, pactar una salida…
Pero sabía que lo único que lograría sería empeorar las cosas para todos.
La única solución posible era liberar el aespacio tal como se esperaba, aunque, sin la ayuda de Jinner, las probabilidades de conseguirlo habían mermado radicalmente.
Había pasado desapercibido debido a su enajenación, pero la pregunta se formuló como un relámpago iluminando la noche en su cabeza: «¿Por qué han dejado a Jinner atrás, por qué no lo quieren siquiera como prisionero?». Y cuán desafortunado es el destino, pues Ghrun se hacía la misma pregunta.
Con un simple vistazo fue más que suficiente.
Esta gente no respetaba los ideales de Praesidium, tan solo usaban su nombre.
Los guardias portaban armas de fuego enfundadas, algo imposible en esa organización, pues su base fundamental siempre había sido el pacifismo.
Sobresaltado, arqueó las cejas tanto como pudo, estupefacto ante la conclusión que se presentó ante él.
Iban a matarlos a todos, incluyendo a Jinner.
—Él gana la contienda, todos morimos a cambio de salvar su propia vida. Patético, aunque digno de su título —dijo Ghrun al grupo que esperaba fuera.
—Ojalá tuvieras razón, pero no es así. Por desgracia, tiene más que ver con ellos que con vosotros. Nunca intentaría algo tan visceral —respondió Jinner.
—Entonces, vamos a morir por el plan de un necio —señaló Ghrun, enfurecido.
—Necio, escoria, villano… Llámalo como quieras. Ahora mismo, tanto para ti como para mí, la única palabra que lo define es… esperanza —contestó Jinner, taimado.
Vinadarian se llevó la mano al pantalón, a los bolsillos traseros y bajo su camiseta, pero no había rastro del arma escondida, lo que le hizo suponer que se la habían confiscado en algún momento durante su trance al llegar; desesperado, placó a uno de los guardias hacia un lado, provocando la rápida reacción del otro.
Acribillado por la espalda, el villano continuó corriendo y dejó fluir las voces en su cabeza mientras la sangre corría por el brazo desde el pecho como un río desembocando en su mano.
—Intento de fuga en el cuadrante A-3.2. Herido en la espalda —comunicó el guardia, tratando de seguir al chico escaleras abajo.
Las puertas del recinto se cerraron de inmediato.
—¿Qué pretende?
—Sellad la puerta principal, no dejéis que escape.
—¡Sellad también el cuadrante A-11-N! ¡Puede que esté intentando ayudar a su gente!
Las puertas estaban controladas por un sistema de imantación muy preciso y potente con el que movían metales de gran densidad con facilidad, aleaciones de elementos alterados.
Había una broma recurrente entre los guardias durante los primeros intentos de fuga del crío.
Y él la recordaba muy bien, tanto que la hizo realidad.
Era más sencillo tumbar la pared que la propia puerta. Por desgracia para ellos, conocía las instalaciones como la palma de su mano, y era el momento de demostrar que el querido experimento por el que tanto habían sacrificado valía la pena.