Rinaryan: La huella de un fantasma 13. Noche #3
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13. Noche #3

Tenían dientes largos, superpuestos unos encima de otros; sus extremidades nacían de los extremos superior e inferior de su cuerpo, creciendo a la mitad dos pares más de patas más pequeñas.

Aunque no tenían cola, el reflejo de la luz lunar dejaba intuir algo similar al acero creciendo desde la parte inferior de su cuerpo.

El pequeño salió corriendo con la mala suerte de toparse en poco tiempo con un precipicio. Eso no formaba parte de su plan. Dejando caer los frúzules, se aventó al abismo pensando que podría agarrarse y deslizarse por la colina, pero, por más que corría, seguía habiendo suelo bajo sus pies.

Los frutos al caer crecían sobremanera creando pequeños toboganes que, además de permitir al pequeño continuar su huida, hacían rodar al resto, creándose uno detrás de otro mientras Minaryan corría por su vida con la mirada puesta en la cocina.

Sus perseguidores, tan hábiles como sedientos de sangre, sorteaban el abismo saltando a toda velocidad, incluso llegando a adelantarlo. Él continuaba gritando hasta quedarse sin aliento; rodeado y extenuado, su plan no había llegado muy lejos.

—Ytreliafhe —ordenó uno de los soldados. La luz se hizo ante él. Decenas de linternas lo alumbraban, desatándose el caos a su alrededor al son de la andanada de balas.

Fue un alivio extraño el que sintió. Casualidad y causalidad, su plan había funcionado, aunque nada le aseguraba no ser él mismo un objetivo.

Ahora que había sido un éxito, en su mente no había nada que pudiera pararlo.

Los soldados se advertían sobre el ataque de las criaturas y, extenuados, aunaron sus fuerzas en muy poco tiempo.

Sin Ghrun presente, podrían ser una potencial amenaza para aniquilarlos a todos ellos, incidiendo sus consecuencias directamente en los prisioneros.

—Vosotros tres —les dijo uno de los guardias a Kargu, Za-Jir, Serquam y Yayika.

Estaban ya todos en una cabaña fuera de la prisión, pero mantenían sus amarres de hierro en pies y manos.

Ninguno tenía fuerzas para contestar. Za-Jir estaba tan asustado que no dejaba de temblar y no abrió la boca ni para respirar.

—Si hacéis algo raro, mataremos primero a la cría, después al niño y luego a vosotros dos.

Y si vuelven vuestros amigos, también a ellos.

¿Habéis oído bien? No quiero un solo movimiento.

Llorón, te quedas a cargo —dijo el guardia a su gigantesco compañero, un hombre de tres metros de alto que parecía rondar la sesentena, de larga barba y pelo lacio, músculos definidos e hinchados.

Este último contestó con un gruñido indiferente y la mirada clavada en el suelo.

—No van a moverse. Están muertos en vida —respondió al escuchar cómo su compañero salía del tenderete bajo una tibia llama controlada en el suelo—. Es su especialidad. —Tenía una voz templada y grave, muy vocal y profunda, con una ligera reverberación y cansancio en el tono.

—Quiero irme de aquí —sollozó Serquam.

—No puedes —concluyó el hombre—. Ninguno. Rendíos ya y aceptad vuestro destino. Será mejor para todos, sobre todo para vuestros amigos.

—¿Le vais a hacer escoger entre nosotros cuando vuelva? —preguntó Kargu, enderezándose como pudo al ver que tan solo había un guardia.

—No es asunto mío ni tuyo. Baja esos humos, chico, o te mandaré a dormir yo mismo —respondió.

Kargu mantuvo la mirada firme unos segundos, pero cuando el hombre levantó la vista, su semblante imponente le hizo retroceder.

—¿Por qué eres el último en irte?

—Alguien tiene que cuidar de vosotros. Al menos hasta que ya no haya que hacerlo —respondió él.

—¿Cuidarnos? —gritó la pequeña rompiendo a llorar—.

Sois unos monstruos, no podéis cuidar de nadie.

—Las cadenas de las manos y pies de Serquam se disolvieron como la arena y su piel se volvió metálica.

Se lanzó contra el enorme hombre, que se defendió con eficacia.

Pudo haber esquivado su ataque con facilidad, pero previendo que podría hacerse daño al caer, trató de recogerla.

Se sorprendió al notar que pesaba más de doscientos kilogramos.

Kargu, Za-Jir y Yayika la acompañaron como pudieron tratando de inmovilizarlo para procurar la huida.

Llegados a ese punto, era todo o nada. No permitirían ni una sola muerte más.

Pero, para su sorpresa, un geevar entró en el tenderete en ese mismo instante, hiriendo a Kargu en la espalda y liberando al lobo.

Minaryan entró poco después.

—Hay que darse prisa. ¿Dónde están Jinner y Vi? —preguntó.

El hombre los apartó a todos ellos con facilidad y placó a la bestia, la puso contra el suelo y la agarró del cuello mientras recibía los cortes de sus garras en las costillas.

—Este cabrón ha matado a los rehenes. ¡Pedid ayuda a un soldado y explicadle lo que ha pasado, necesitamos refuerzos!

Kargu lo entendió rápidamente. No es que tratara de ayudarlos, solo quería que los niños pudieran escapar.

—Eran dos, uno se ha comido a los niños y ha escapado, el otro podría matarnos a todos —respondió, saliendo del tenderete.

—¡Date prisa! Es… Es muy fuerte —respondió el hombre forcejeando con la bestia, tratando de contenerla.

Minaryan, confuso, tomó de la mano a Serquam, reticente a aceptar su ayuda e incapaz siquiera de mirarlo a la cara. Za-Jir, por otra parte, se agarró a él tan pronto como llegó.

—¿Kargu? ¿Qué estás diciendo? —preguntó Minaryan, afligido.

—Una semana. Es todo lo que necesitamos. En una semana volveremos a encontrarnos, Mina, tal y como habíamos planeado —dijo Kargu posando la mano sobre su hombro. Minaryan creyó entenderlo, y asintió con la cabeza.

—No te pongas muy cómodo porque vamos a volver, ¿vale? En cuanto podamos, te vamos a sacar de aquí —respondió Minaryan con la voz temblorosa.

—Una semana —reiteró Kargu—. No seáis impacientes. Yo confiaré en vosotros, confiad vosotros en mí.

—¡¡Callaos y moved el culo!! —gritó el hombre.

—Si así puedo salvarla… Está bien. Serquam, ve con ellos. No tienes más remedio, y me da igual si te gusta o no —respondió Yayika, atribulada y con la mirada decaída.

—No —respondió ella—. No quiero volver a verlo.

—Serquam… Él… No tienes más remedio. ¿Prefieres quedarte con esta panda de asesinos? —dijo Yayika.

—N-no-no…—contestó aguantándose las lágrimas.

—Vamos, es tu oportunidad, vete con tu amigo.

La pequeña terminó por asentir con amargura, y Minaryan la tomó de la mano, esbozándose entonces el primer rayo de sol de la madrugada.

Juntos, los tres niños corrieron en la dirección contraria al bullicio de la batalla. La estampida de geevars resultó ser no solo una gran distracción, sino todo un desafío para el ejército, que a duras penas podían contenerlos.

Lejos, pero al mismo tiempo, Vinadarian y Jinner ya vislumbraban la imponente torre plateada de una base de Praesidium; en cierta forma, habían vuelto a casa.