13. Noche #2
Vinadarian solo podía respirar por la boca. El aire era tan espeso y lleno de olor a sangre y pólvora que le provocaba náuseas.
Los guardias trajeron a la siguiente pareja.
Ter y Húnila. El anciano que les dio la oportunidad y la líder y responsable de la cuenca y todos los pequeños campamentos.
Apartaron de una patada los cadáveres para hacerles hueco, pero en las rodillas sentían el calor de su sangre, lanzando chillidos de horror antes siquiera de poder contemplar lo que tenían delante.
Les quitaron la venda de sus ojos y el lobo formuló la pregunta.
—¿Conoces, refiriéndome a ti como representante de tu gente, alguna forma de sortear las defensas sus bases?
—Sí —respondió Vinadarian. Las dudas comenzaron a asaltarlo con una intensidad que jamás hubiera imaginado.
¿Sería esa respuesta suficiente? ¿Los asesinaría a ambos de no serlo?
¿Le pediría algo más? ¿A quién de los dos debía elegir de no ser así?
—. Es un sistema magnético de ondas basadas en el reconocimiento visual.
Tienen cientos de microcámaras que determinan armas, balas, bombas y todo tipo de objetos externos no registrados y generan un campo en el que se mantienen en un estado que llaman aespacial.
Aunque no haga daño, siempre ha sido efectivo porque es imposible asaltar una fortaleza así sin armas.
La única forma es desactivarlo o destruirlo desde dentro en un ataque coordinado.
Ghrun, solo tras la última palabra, asintió muy levemente con la cabeza, y la pregunta del guardia se formuló de inmediato.
—¿Quién vive?
Vinadarian sintió la espada del desamparo atravesando cada vena de su cuerpo.
El palpitar de su corazón se llenaba de un odio que estaba a punto de tomar el control, pero Ter le facilitó la decisión.
Mientras Húnila peleaba con sus ojos para ser la elegida, el anciano enterró el semblante junto a su hijo y su nuera.
No pudo aguantar más. El joven rompió a llorar y con la voz temblorosa dio la orden cuanto antes.
—Ella —ordenó. De nuevo, el disparo fue inmediato; estaba calculado para hacerle sentir la culpabilidad que le remordía la conciencia, pretendían romperlo y lo habían logrado. Su mente se quedó en blanco, el sufrimiento se adueñó de él.
Ghrun le dio una palmada en el pecho.
—No llores, lo estás haciendo bien.
Él lo sintió como la mayor humillación de su vida. Cerró los puños a punto de caer en la tentación. Al sentir la atenta mirada de Jinner y Kargu pudo contenerse.
—¿Algo más?
—Sí —contestó Ghrun—. Solo una más. Esta es pura cortesía profesional, nada personal.
Vinadarian tragó saliva y respiró hondo. Contempló cómo desataban a Kargu y Jinner, los lanzaban contra el suelo y arrastraban a Húnila tras ellos. Uno de los guardias salió para dejar espacio, pues la celda estaba ya abarrotada.
Desataron a Húnila, que trató de expresar su agradecimiento con la voz quebrada, pero nada salió de sus temblorosos labios antes de intentar salir por la puerta muy muy despacio y con las manos en alto. Se quedó conmocionada al ver quienes iban a entrar.
—¿Entiendes lo que pasará si fallas?
Bram, Serquam y Yayika entraron juntos. De igual forma que con el resto, les quitaron la venda de sus ojos dejando que contemplaran el horror. Conmocionados, desviaron la vista a un Vinadarian con el alma desgarrada y la mirada perdida.
El proclamado villano asintió con la cabeza y contestó un quebradizo «Sí».
—¿Quién muere? —preguntó el guardia. La conclusión de su tortura, lo que verificaba lo que hasta entonces era una mera teoría, era una orden de ejecución.
—Yo —respondió Vinadarian de inmediato.
—Inaceptable. Has probado tu valor, recibe tu recompensa —respondió Ghrun caminando de espaldas al chico, indiferente a lo que fuera a suceder.
Kargu y Jinner no eran una opción, tan solo estaban ahí como mensaje para la pregunta de Ghrun.
Serquam era tan solo una niña. Matarla tenía sentido práctico a la hora de pensar en una posible futura revuelta o un escape conjunto, pero, además de que esto no se podría dar debido al odio generado en su padre si tomaba esta decisión, sentía una enorme cercanía con ella a pesar del poco tiempo compartido.
Optar por Yayika parecía la opción más segura. Padre e hija quedarían vivos y ambos le estarían agradecidos. A efectos prácticos y emocionales, todo apuntaba a una única solución.
—Bram —sentenció Vinadarian. Acto seguido, les quitaron las mordazas.
Yayika sollozó en una horrenda mezcla entre alivio y tristeza.
Con los ojos entrecerrados, volvió rostro hacia su camarada, su compañero, su amigo, esperando oír unas últimas palabras.
Pero Bram, manteniendo un breve silencio, miró primero a Vinadarian con una sonrisa que terminaría dedicando a su hija.
Como siempre, el disparo fue tan rápido que no pudo articular palabra, aunque lo peor fue contemplar a la pequeña, que aún no comprendía nada.
Desprovista de su padre, viendo como su frío cadáver caía en el rastro de sangre de conocidos y amigos, solo articulo una pregunta.
—¿Por qué? —dijo dirigiéndose a Vinadarian.
—No hace falta que respondas —contestó Ghrun por él—. Vuestra misión comenzará esta misma noche. Entregaos y desactivad la defensa de la que hablas. Es eso lo que proponías desde el principio, ¿verdad, villano?
No pudo articular ninguna palabra más. Estaba extenuado hasta el nivel de no diferenciar de si se trataba de un sueño o la realidad.
Su mente se emborronó con el llanto de la pequeña, observó cómo se arrastraba hasta su padre y escuchó cómo Yayika, Jinner y Kargu le suplicaban que se detuviera.
Gritó hasta romperse, enunciando su eterno odio hacia él, pero no la oyó, tampoco la vio.
Simplemente, estaba ahí, de pie, fuera de sí.
Despersonalizado de quien creía haberse convertido o de quien había sido alguna vez.
Ghrun apagó la linterna y echó a andar. Vinadarian lo siguió en la penumbra, apartando cada emoción, cada pequeño atisbo de sí mismo.
La percepción del tiempo se aceleró y sus dotes de observación quedaron obsoletas ante la nueva perspectiva. Se escuchaba a sí mismo hablar entre decenas de personas, visiones borrosas que en nada se distinguían de una pesadilla.
—Una patrulla debe escoltarnos. No es creíble que una sola persona haya podido reducir a Jinner, tampoco que se entregue. Os pedirán que soltéis las armas, y debéis hacerlo. Cuando nos reduzcan, os obligarán a marcharos tras daros algún tipo de recompensa.
—¿Cuál será vuestra señal para hacernos entrar? —preguntó Ghrun.
—O bien una que vosotros indiquéis o, simplemente, utilizar algún tipo de arma desde el interior de la base hacia el exterior.
Cualquier proyectil sirve como aviso. El engaño debería ser imposible dadas las circunstancias.
La retención aespacial requiere de más de treinta minutos para su reactivación una vez desactivada.
—Y si les adviertes sobre nosotros, ¿cómo podríamos saberlo?
—Solo podéis confiar en que me importa lo suficiente el resto de mi gente. Quizá también en que podría odiarlos más a ellos que a vosotros.
—Te has portado bien. No creo que pretendas engañarnos a estas alturas. Has aprendido tu verdad, has madurado.
Una escuadra de alrededor de veinte soldados escoltó a Jinner y Vinadarian durante horas, sin dirigirse una sola palabra. Iban esposados y atados a ellos como perros falderos, caminando tan rápido como podían.
Kargu, Serquam, Yayika y Za-Jir se quedaron en el calabozo. Rehenes con el único valor de garantizar la seguridad de la misión.
Sin embargo, la noche transcurría para todos, también para el pequeño Minaryan.
Durante horas recogió decenas de frúzules con esfuerzo y tedio; como en el viejo cuento, los dejó a modo de reguero de migas para indicar el camino.
Adentrándose más allá de la colina, tomó el arma de fuego y respiró muy hondo.
—Creo que, si lo pienso más, no me voy a atrever —dijo en voz alta.
Dejó que la horripilante calma nocturna lo envolviera, la incertidumbre típica de las noches en vela. Dejó que surgieran los ruidos que tanto los habían torturado durante decenas de lunas.
Los despertaban agitados o, simplemente, no les dejaban dormir. Rugidos, pasos, chillidos, graznidos… Suplicaban que no estuvieran cerca.
Había contemplado hacia dónde se llevaban a sus amigos, y tan solo tenía cierta idea de dónde podrían estar, pero, tal y como le dijo a Serquam, no podía no intentarlo.
No podía rendirse ni huir; las locuras de sus compañeros no habían sido buena influencia, motivándole a creer que este plan podía funcionar.
El pequeño no sabía cuántas balas quedaban en su arma robada, tampoco si los frúzules servirían para el cometido que tenía en mente, ni si podía correr tan rápido como creía.
De no haber estado solo, cualquiera lo hubiera detenido, incluso su amiga.
Minaryan disparó al aire y gritó con todas sus fuerzas.
—¡Socorro!
La causalidad y la casualidad son a menudo confundidas, pues, aunque no fue un pensamiento elaborado, su instinto lo llevaba a la casi total certeza de estar rodeado de ellos.
Un escalofrío le recorrió la espalda al no escuchar nada inicialmente, pero es marca del depredador experto hacer sentir a su presa segura antes de acabar con ella.
En su lugar, un avezado conocedor sabría que son los disparos, los gritos y la guerra lo que hubiera atraído a las más peligrosas criaturas posibles, aquellas que ansían la sangre y disfrutan de sus cacerías. Con suerte, los lobos serían un escalón más en la cadena alimenticia y no el superior.
Miradas de ojos grandes y rasgados que refulgían a la luz de la luna aparecían alrededor del pequeño: una manada de geevars de patas largas y garras afiladas, hocico fino y rojizo se relamían rodeándole.
Sus cuerpos eran lánguidos y estirados: más de diez metros de largo el más grande y poco menos de seis el más pequeño, mientras que su altura rondaba los tres.