Rinaryan: La huella de un fantasma 13. Noche
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13. Noche

La crueldad del destino solo es comparable a la de aquellos que imparten sus designios.

El dolor de presenciar sucesos tenebrosos, malignos o perjudiciales ante la impotencia absoluta de quienes no son suficiente habilidosos, fuertes o inteligentes para cambiarlos es uno de los mayores motores de cambio en dichas personas.

Es por eso por lo que caen los grandes regímenes y las grandes eras, e incluso la eternidad misma cede ante la monotonía absurda de la vida, dejando un ciclo de irreverente mentira que dibuja su estandarte con el dedo en el vacío.

Es el fulgor de los ojos de quien está dispuesto a dar su brazo a torcer y determinar que es el final y cuál es el principio que guía a los caminantes del espacio inexplorado.

La brújula eterna del ser humano, comparable a las estrellas en el cielo nocturno; puede que las nubes puedan taparlas, pero no significa que se hayan apagado.

¿Quién tendría la osadía de apagar el cielo estrellado?

La noche llegó para todos, amigos o enemigos, así como la metódica matanza de las criaturas en el subterráneo y el saqueo de sus tesoros. El paradero de Minaryan era desconocido, y todos los demás cupieron perfectamente en las gigantescas fauces del lobo.

Vinadarian caminaba entre las ruinas flotantes. Era ese sueño otra vez, pero ahora tenía prisa por despertar.

Corría en línea recta esperando el disparo, pero no avanzaba en absoluto.

Pasaban los minutos y la insignificancia de sus acciones pesaba en su conciencia hasta el punto en el que solo pudo gritar al cielo y agitar los brazos, tirarse al suelo y golpearlo con todas sus fuerzas.

Lloró, lloró y lloró hasta caer rendido de rodillas sin energía alguna, y se alzó una voz en su pequeño mundo.

No estaba acostumbrado a escucharla en un tono tan dulce, incluso melancólico.

Pero fue satisfactorio. Le hizo sonreír como un oasis en el desierto.

—Levántate.

«¿Jyon?», pensó él, identificando su voz y despertando de inmediato. La luz del fuego iluminaba los cuerpos de sus amigos, muchos cadáveres yacían en el suelo a su alrededor, Jinner, Kargu, un niño desconocido y él estaban amarrados contra la pared.

No lograba discernir si seguían o no conscientes, pues la única fuente de luz era un fuego casi extinto en dos de las antorchas a sus lados.

Las paredes dejaban escapar rastros de polvo con la brisa que atravesaba la habitación.

La llama bailaba ante el joven, que sentía cómo su corazón latía tan rápido que podía escucharlo.

Con la boca a medio abrir, sus respiraciones entrecortadas resonaban en una burda advertencia hacia quienes trataran de escuchar.

Quería emplear cada órgano de su cuerpo en gritar, llamar a sus amigos, preguntar qué había pasado, pero siquiera plantearlo le emborronaba la vista con la imagen de aquel hombre.

—No luchaste —le reprochó Jinner en voz alta.

Vinadarian rechinó los dientes y frunció el ceño, moviendo las cadenas hacia la dirección de la que provenía la voz de su amigo.

—Quería hacerlo. Quería dejarme llevar y mandarlo todo a la mierda, siguiéndote a pie hasta lo más profundo del inframundo.

—¿Y dejar que Minaryan y yo sufriéramos el mismo destino? —dijo Kargu—. Puede, que después de todo, te juzgara mal.

—Puede que yo también.

—¡Pues enhorabuena a los dos! ¡Yo también me juzgué mal, llevo haciéndolo toda mi vida! No sé qué es lo que pretendéis que diga… Pero no me arrepiento de mi decisión.

—¿Tu decisión fue intentar pactar algo con esta escoria?

—¿Esta escoria? ¿No ves que todos son así?

Incluso hay quienes me han llamado así, pero te voy a decir algo, Jinner.

¡Llegará un momento en el que no nos dividamos entre buenas personas y escoria, sino entre vivos y muertos!

¿Sabes qué bando será el ganador? ¡¡Los cabrones que llevan armas y matan todo lo que se mueve!

! ¿Preferirías que os dejara morir a todos?

Claro, ya seguiría yo con mi vida, ¿verdad?

¿Qué más da? Solo son un par de horas todas las noches llorando en soledad, y vosotros enterraditos en vuestro ataúd de luz y de color, disfrutando la muerte porque no concibes una vida más allá de esta mierda.

—¿La hay?

—¡Es irrelevante! Si no la hay… Nosotros… Yo la construiré.

La brisa alimentó la llama hasta hacerla centellear un breve instante antes de apagarse. Kargu, enderezado, abría los ojos con fuerza y esbozaba una sonrisa orgullosa y Jinner se contenía las lágrimas al escucharlo.

El fuego se reflejaba en los ojos de Vinadarian, quien, por puro instinto, llevó la mirada hacia el desconocido durante el destello. No era más que un crío, pero su rostro —cejas arqueadas, lágrimas derramándose y boca a medio abrir— exclamaba algo que no tenía necesidad de decir. Auxilio.

—¿Dónde está Minaryan? —preguntó con el corazón encogido.

La grave voz de Ghrun invadió la sala a oscuras al instante.

—¿Minaryan? Curioso nombre. No lo había escuchado nunca.

—Sus pasos eran tan reconocibles como sus palabras.

El sonido metálico de la puerta rechinó, atrayendo la atención de todos.

La potente luz de su linterna les hizo daño en los ojos.

Con delicadeza, la depositó en el suelo antes de avanzar más, apuntándola hacia Jinner.

Dejó que entraran dos personas más, algo que reconocieron por el ruido.

Sin embargo, solo podían percibir siluetas a contraluz, siendo especialmente reconocible una de un hombre cuya espalda encorvada chocaba con el techo del recinto.

—Te daré otro nombre —dijo Ghrun, acercándose—. Praesidium. Tu amigo dijo que vosotros también queréis destruirlo. ¿Por qué? ¿Un mandato de tu progenitora?

Jinner le sonrió y acto seguido escupió apuntando a su rostro.

Para su sorpresa, en un movimiento parsimonioso y casi rutinario, como el de poner el té en un vaso de agua, Ghrun alzó la mano derecha y dejó de dirigirle la mirada.

Se mantuvo estoico y volvió la vista hasta chocar con los ojos de Vinadarian, alumbrado por un lado.

—¿Y tú? ¿Algo que decir?

—Perderéis —respondió Vinadarian emulando la sonrisa de Jinner.

—Comprendo —concluyó Ghrun para, acto seguido, darse la vuelta.

—Muchos otros lo intentaron. Ninguno lo consiguió, no serás diferente. ¿Quieres acabar con Praesidium? Suéltame.

—Tuviste tu oportunidad. —Ghrun chasqueó los dedos—. Debiste haber cooperado sin condiciones.

Tres soldados trajeron a rastras dos figuras. Un hombre y una mujer.

—Nuestra forma de extraer información es muy eficiente.

Hemos organizado un pequeño juego para prepararos, pero sois demasiados.

Según tengo entendido, sois conocidos de esta gente, os han ayudado y les tenéis cierto aprecio.

Seré breve. Si colaboras, decidirás quién morirá en cada pareja.

Si no, morirán ambos. Si no conoces la respuesta, es incorrecta o una mentira o tienes trazas de duda, mueren ambos.

Silencio durante más de tres segundos y…

—Mueren ambos —respondió Vinadarian con firmeza—. Lo he entendido. —Su voz trataba de emular valentía, pero todos notaron cómo comenzó a temblar.

—Si tus amigos abren la boca de forma no solicitada, pasará lo mismo —concluyó el hombre.

Jinner y Kargu se miraron entre sí y luego, de soslayo, al crío, que todavía parecía estar inconsciente.

La primera pareja era el hombre y la mujer que iban a casarse.

No eran especialmente cercanos, pero sí lo bastante conocidos como para intentar salvarlos.

Los soldados los arrastraron de rodillas frente a él.

Estaban amordazados y con los ojos tapados, atados de pies y manos.

Les quitaron la venda tras lanzarlos como basura para que pudieran ver su agónica mirada.

—¿Qué relación tienes con Praesidium?

—Soy uno de sus experimentos —respondió Vinadarian, nervioso. Una verdad a medias. Su respiración comenzó a entrecortarse al mirarlos a ambos a los ojos.

—¿Quién vive? —preguntó el soldado del rifle detrás de la pareja.

En su mente, Vinadarian contaba hacia atrás. Sabía que Ghrun hacía lo mismo. No sabía a quién escoger, así que actuó por cercanía; el hombre era hijo de quien primero le dio una oportunidad, por lo que era lógico que lo escogiera.

—El hombre —respondió pálido. Sentía cómo el estómago se le revolvía, le punzaba el corazón y los pulmones y las lágrimas no resbalaban, sino que agriaban su mirada.

El disparo fue inmediato. El sentimiento era claro: no era salvar a alguien, sino ejecutar al otro.

La sangre corría por los hombros del hombre, a quien le quitaron la mordaza de la boca.

—¡Hijo de puta! —gritó, chocando su mirada con la del muchacho—. ¡Yo mismo te mataré, a todos vosotros! ¡¡No olvidéis mis palabras, iré a por todos, no quedará ninguno!!

Apretando los dientes, Vinadarian apartó la vista de él y volvió a dirigirse a Ghrun, esperando la siguiente pregunta.

—Basta. Cooperaré —suplicó. Jinner y Kargu contemplaban horrorizados la tortura a la que su amigo se estaba viendo sometido.

Ghrun se acercó a él y le quitó las cadenas muy despacio, aumentando aún más la impotencia del chico.

—Dejad que se vaya. Se ha ganado su libertad —ordenó respecto al hombre, que nada más ser desatado se abalanzó intentando ahogar a Vinadarian con sus propias manos.

Ni siquiera se atrevió a levantar la vista del suelo, no pudo notar el dolor que emanaba de su cuello durante el breve instante de vida comprado con el eterno remordimiento que sentiría por haber elegido.

Elección que resultó irrelevante, pues Ghrun agarró al agresor de la nuca como breve advertencia, extendió la mano hasta su pecho y lo lanzó contra el suelo con una fuerza tal que el sonido del impacto aturdió los sentidos de todos los allí presentes, salvo los del propio ejecutor y los de Jinner.

Las sangres de la antigua pareja se vertían conjuntas en una tenebrosa armonía bajo la luz blanca de la linterna.

—Siguiente pregunta.