Rinaryan: La huella de un fantasma 12. Lluvia #4
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12. Lluvia #4

—¿Qué pretendes? —preguntó el soldado—. No podéis ganar, somos tan solo el escuadrón número tres, quedan seis más. Huye mientras tengas ocasión.

—¿Cómo? Tenéis la zona abarrotada de soldados.

—No, ya no. Esa criatura ha matado a la mayoría, pero empieza a cansarse. Han pedido refuerzos y no tardarán en llegar.

—No te creo. Intentas tenderme una trampa.

—Llegamos más de ciento treinta. Cuando me tiraste éramos en torno a setenta, y tras la conmoción que has causado y los disparos al otro lado, no quedarán más de veinte a estas alturas. ¿No lo escuchas? Ya casi no hay tiros, tan solo gritos.

Tenía razón, pero Kargu no podía depender de él para salir de allí.

—Si vuestras balas no pueden matarlo, ¿qué lo hará? ¿De verdad crees que voy a tragarme que podéis matar algo así?

—Uno de nuestros comandantes tiene una fuerza sobrehumana y un artilugio único en el mundo.

No tardará en llegar, hace apenas unos segundos nos han comunicado que el villano y Jinner, hijo de la naturaleza, han sido aprisionados junto con el resto de los civiles.

Lo más probable es que tirándome a este agujero me hayas salvado la vida, aunque se la hayas arrebatado a muchos de mis compañeros.

Aprovecha la ocasión y huye o terminarás como tus amigos o, peor aún, como yo.

—No puedo abandonarlos.

—¡No seas imbécil! Tienes potencial para sobrevivir en este mundo de mierda, chico. Me has perdonado la vida y tratas de ayudar a tus amigos. Precisamente es la gente como tú la que debe sobrevivir.

Minaryan disparó de nuevo, resonando con fuerza ante la implacable masacre de las fuerzas enemigas por parte del geevar.

—El hombre que mencionas… Ese comandante del que hablas, ¿está relacionado con alguna de las tres hermanas?

—No lo sé. Creo que no, pero nos limitan la información.

Nos llaman ovejas y se ríen de nosotros.

Nos doblegaron por la fuerza, a los más capaces nos adiestran y nos llevan al campo de batalla a morir por su causa.

Por favor, deja de perder el tiempo y vete cuanto antes.

Ni siquiera te pediré que me devuelvas el arma, puedes quedártela, pero sálvate.

—No te levantes —subrayó Kargu, apuntando al cielo.

Los tres disparos en el silencio de la batalla alertaron a la criatura, quien ya había acabado con todos sus enemigos. Levantando la vista, comprobó que su hijo adoptivo corría embriagado de felicidad a abrazarlo.

El sonido de los pies descalzos del niño chapoteando en la lluvia y sangre del suelo, así como su agudo llanto se detuvieron de pronto, pues tras él caminaba el general. La criatura entendió la amenaza que suponía tan pronto lo vislumbró en la lejanía.

—¡Za-Jir! —gritó Minaryan—. ¿Qué estás haciendo?

—¡¡¡Minaryan!! —gritó también Kargu—. ¡¡No salgas, mantente escondido!!

—Pe…, pero…

En un esprint desesperado, Kargu salió en busca del crío y se lo arrebató de las manos a su padre, cruzando miradas. Este lo dejó partir y se preparó para una última batalla.

Kargu, arma en mano, llevó al pequeño al subterráneo con Serquam y Yayika, quien aún no había recuperado la conciencia. Vio en el horizonte al hombre, que portaba un escudo redondo y blanco que emitía un fulgor propio.

Pudo reconocerlo pese a la distancia, pues jamás olvidaría ese maldito rostro. La lluvia se detuvo. Ningún humano es inmune al miedo. Ni siquiera él.

Ghrun, el hombre que acabó con la banda de Oricalcos. La persona que asesinó a Gales.

—Tenemos que salir de aquí —dijo, aterrorizado de cerrar los párpados un instante.

—¡Has crecido mucho, hijo de Oricalco! —dijo Ghrun sin apenas alzar la voz.

Paralizado, Kargu observó cómo se acercaba en completa calma.

La criatura, ya moribunda, se adelantó sin mirar atrás, era un verdadero guerrero.

En un choque de poder, se lanzó contra él ante la atenta mirada de su hijo.

Ghrun levantó su escudo, desviando las garras de la bestia y partiéndolas en pedazos con facilidad, para, acto seguido, agarrarla de la tráquea antes de hacerla perder el equilibrio.

Su cuello era tan grueso que apenas podía abarcarlo con la mano izquierda, pero apretó y apretó, dejando que la criatura chillara de dolor en un instante agónico y enfermizo.

Mantuvo una expresión estoica con la mirada clavada en Kargu.

—Esperaba no tener que volver a ver a ninguno de sus miserables peones —dijo justo antes de cerrar la mano y hacer estallar el hueso, las venas y los músculos del cuello de la criatura.

Una respiración entrecortada nublaba el sentido al joven Kargu. Lo poco que lograba discernir su vista se diluía en los recuerdos de todas las muertes que presenció en su infancia.

El crío entre sus manos lloró desconsolado. Las palabras de Minaryan apenas se escuchaban bajo el suelo.

—Kargu… Ven, todavía podemos reunirnos con Jinner y…

—Mina, nos reuniremos en el sitio acordado. Yo tardaré un poco más. Por favor, espérame allí, espéranos allí.

El sol se apagaba ante los ojos del joven. La ruidosa lluvia se detuvo con el pasar de las horas y el cielo se oscureció, iluminado tan solo por la luna nueva.