12. Lluvia #3
Los tres niños subieron trepando por el lado contiguo al cadáver del soldado; Kargu lo volteó antes de que llegaran para que no pudieran ver la grotesca escena. Con su cuchillo cortó parte del uniforme y taponó la herida.
—Tienes que aguantarlo con fuerza, ¿vale? Aguanta lo que puedas, y si necesitas descansar, que no sea más de veinte o treinta segundos. ¿Puedes hacerlo? —preguntó todo lo calmado que pudo.
Serquam asintió con decisión y se centró en su labor. Kargu no tardó en darse cuenta de que tras Minaryan había un tercer niño desconocido y asustado.
—¿Qué ha sido el ruido de antes? —preguntó, focalizándose en el pequeño.
—Za-Jir estaba llorando. Casi me explotan los oídos, pero después de un rato, cuando paró, ya podía escuchar algo.
—¿Eso era su llanto? Es irrelevante. ¿Qué hace aquí?
—Está preocupado. Los geevars cuidaban de él y quiere ayudarlos.
—No puedes. Vuelve al subterráneo, allí tienes más probabilidades de sobrevivir.
—No te entiende… Creo que antes de todo esto hablaba en otro idioma o algo así. O se olvida rápido de las cosas, no sé.
Kargu asintió con su seriedad habitual y se giró para mirar hacia arriba. El fragor de la batalla aún inundaba el terreno tal como lo hacía el agua que caía del cielo.
—Solo queda el grande. Yayika y yo hemos estado observándolos desde aquí.
Desde que salió de la madriguera han empezado a tener ventaja.
Estas criaturas no son rivales fáciles, atacan desde varios ángulos y cooperan con cierto sentido.
Creo que podemos mantener esa sinergia con él para librarnos de esta.
No te lo he dicho, pero están buscando a Jinner.
—¿A Jinner?
Un rápido movimiento de ojos por parte de Kargu, bastó para hacerle entender a Minaryan que no debía nombrar a su hermano por muy extrañado que estuviera de que él no fuera el objetivo esta vez.
—No son quienes crees. Son una nueva organización que se hace llamar Los Lobos.
—Vale, vale… ¿Y por qué quieren matarnos a nosotros?
—Saben que somos del mismo grupo, y que somos ajenos a los que residen aquí. Es todo cuanto he podido averiguar escuchándolos.
—¿A mí ta-también quieren matarme…? —preguntó la pequeña.
—No deberían. En principio, buscan a un niño, un joven, al villano y al propio Jinner. Vosotras deberíais estar bien si no os ven con nosotros o, al menos, vivas —respondió Kargu mirándola de reojo.
—Bien… ¿Qué quieres que haga?
—Te voy a dar una pistola. No es un juguete, debes tener cuidado con donde apuntas.
Recorre los pasillos y dispara desde posiciones extrañas para asustarlos.
No saben que los túneles recorren casi todo el bosque.
Tras tu disparo, disparo yo. En principio, desde el subterráneo, para asustarlos, pero si la situación se tuerce, intentaré ayudar de forma más directa en la superficie.
—Pero ¿y si descubren el túnel?
—Corred hacia abajo lo más rápido que podáis, los geevars allí os protegerán si se adentran armados o tratan de asesinar a alguno de ellos.
Minaryan asintió con la cabeza y tomó al chico salvaje de la mano.
—¡Vamos!
Kargu le cedió el arma.
—Tú no podrás comunicarte conmigo, pero si yo disparo tres veces seguidas en un intervalo muy corto, significa que quiero que salgas pitando. Minaryan, por favor, si lo hago, quiero que obedezcas.
—No —respondió de inmediato el pequeño—. De huir solo, nada. Si haces eso, nos reunimos en algún sitio.
Kargu frunció el ceño y asintió. Ambos acordaron el mismo al unísono, formándose en ellos una lenta pero satisfactoria sonrisa.
—Los frúzules.
Uno hacia un lado y el otro al contrario, borraron enseguida la dicha de sus rostros, pues la sangrienta sonata del exterior no les permitía más que concentración y determinación en pago de la más mínima posibilidad.
La lluvia caía inmisericorde, dificultando conocer la posición exacta de los pasos de la superficie.
Aunque los disparos orientaban algo más al pequeño, Kargu no tuvo esa suerte.
La batalla se desenvolvía cada vez más cerca, la tierra sobre él vibraba y se desgranaba hasta el punto de dejar caer algunos bloques tanto por detrás como por delante del muchacho, destapándolo parcialmente y dejándolo vulnerable.
Sin visión ni más información que los golpes y disparos sobre su cabeza, estiró cuanto pudo sus brazos al tiempo que saltaba hasta el bloque posterior.
Agarrándose por los pelos, se esforzó por subir hasta el último piso, partiendo en trozos el bloque; apretó los dientes y hundió manos y piernas en la húmeda tierra del costado, impidiendo su caída.
El chapotear de las botas contra el agua de la superficie resonaba tanto en sus orejas como en su corazón, que latía sincronizado con la carrera de esos soldados.
En el último piso apenas quedaban ya bloques, la mayoría de la tierra había quedado desgranada y dispersada y al subir no cabría duda de que sería blanco fácil de todo enemigo.
Era la peor situación posible. El enemigo estaba sitiando a la criatura y la salida estaba dentro del territorio controlado por las armas de fuego.
Sin factor sorpresa, era una muerte asegurada, y si la criatura moría, los demás no tardarían.
Las sirenas de la policía sonaban en su cabeza, el agua filtrándose entre los granos de tierra, goteando, las pisadas nerviosas por encima mientras él mantenía silencio.
Ni Gales, ni Trye, ni Vinadarian estaban con él esta vez.
El vívido recuerdo de aquella situación desbordaba su mente hasta el punto de abstraerlo de la realidad unas décimas de segundo.
«Esa es nuestra ventaja, chico. No tenemos nada que perder, a sus ojos somos poco menos que cucarachas hambrientas. Cualquier indicio o insinuación es una potencial amenaza. Siempre movemos ficha primero».
Kargu lanzó un puñado de tierra hacia la superficie, simulando la huida de uno más de los geevar, un cebo para los soldados atentos. Se escondió adentrándose en el pasillo lo justo para detectar el movimiento enemigo.
Una orden se enunció de inmediato. Varios soldados fueron a mirar, sondearon la zona y observaron los dos pisos visibles, pero no lograron ver de qué se trataba.
Tomó aire y se preparó. Había aprendido a detectar bien los puntos de riesgo en una vigilancia desde niño. Había tan solo una o dos zancadas en las que quedaría expuesto, sin un techo térreo bajo el que refugiarse.
Sintió como si exprimiera sus venas del esfuerzo al correr, tanto que apenas pudo detenerse antes de alcanzar el siguiente punto visible. Dejó de detectar pasos, tampoco oyó una sola palabra, pero no le preocupaba; tenía experiencia en situaciones muy similares.
Un porcentaje de tropas vigilaría ahora las zonas de peligro, dándole algo más de espacio al geevar gigantesco, aunque insuficiente para darle la vuelta a la batalla. Pudo escuchar una nueva orden.
Su tono, la intensidad, el timbre de la voz… No hay humano, por inhumano que sea, que no lo sienta. Tenían miedo; podía ser una orden de retirada. Los pasos volvían a repetirse, caminaban más lento y de forma irregular, nada comparable a la marcha del principio.
Kargu se permitió entonces sonreír de oreja a oreja, y con los ojos bien abiertos se asomó con cautela y técnica dignas de la banda de Oricalco, comprobando que el hombre que vigilaba había levantado la vista.
Las pisadas del inmenso geevar parecían truenos en el subterráneo y la tormenta se acercaba hacia el punto más frágil del círculo que trataba de someterla. La inteligencia de la criatura era tan de temer como su fuerza o agilidad.
Era ahora o nunca. Kargu salió disparado hacia arriba, escalando hasta alcanzar la bota de uno de los vigilantes, arrastrándolo hacia abajo y golpeándolo contra el suelo.
Tomó el cuchillo de su uniforme y cortó la tela que unía el arma de fuego con su ropaje.
Disparó hacia arriba y provocó un inmenso e instantáneo caos entre las filas, multiplicado tras el disparo de Minaryan al otro lado.
—No me mates —sollozó el soldado—. Yo no…, no quiero morir.
El joven le apuntó con el arma.
—Mantente de rodillas y con las manos en alto. Grita socorro y, en cuanto dispare, deja de gritar. Si no lo haces, el siguiente tiro no lo fallaré.
El soldado asintió con temor y aspiró aire.
—¡Retnhuva! ¡Retnhuva! —gritó acobardado.
Pero, para sorpresa de Kargu, nadie trató de salvarlo.
—Mierda —respondió a la par que disparaba en falso.