12. Lluvia #2
Los soldados abrieron paso a un Vinadarian que caminaba angustiado y derrotado, pero que cumpliría con cada palabra enunciada.
—Eres tú. Coincides con la descripción —dijo el hombre, dando de nuevo la espalda a Jinner.
—Me lo dicen mucho —contestó Vinadarian. Avanzaba desarmado entre un pasillo de soldados apuntándolo. Contuvo su miedo y se acercó mostrándose indiferente ante la grotesca situación. Sobrepasó al desconocido y posó la mano sobre el hombro de Jinner.
—Tienes un plan. —Lo dejó escapar de su boca de forma tan natural como una tos o un parpadeo, dándose cuenta él mismo de cuán poderosa era la posibilidad de aferrarse a una mínima esperanza.
El silencio fue una respuesta ambigua pero precisa.
—¿Sería tan amable de darme su nombre o debo referirme a usted como general o capitán?
—Las cortesías carecen de importancia en el infierno, y tú, chico, estás sobre él. Aunque no pareces darte cuenta.
—Si crees que esto es el infierno, aún te queda mucho que aprender, capitán.
—Ghrun.
—Ghrun. Iré al grano. El ataque de mi compañero ha sido un error. Si no me equivoco, todos tenemos el mismo objetivo.
Jinner no podía creer lo que oía. Los inocentes ante los cañones regurgitaban insultos y desprecios en una impotencia absoluta.
—Ah, ¿sí? ¿Y de cuál se trata? —preguntó Ghrun alzando la barbilla y manteniendo el contacto visual muy por encima del hombro.
El hedor del humo y la presión de la atenta mirada generó un tremendo malestar en Vinadarian.
Se esforzaba en mantenerse recto y aparentar indiferencia y fuerza, pero su fachada era tan frágil como un velo de cristal.
Tardó un par de segundos en contestar, lo suficiente como para que uno de los soldados se acercara a Ghrun y le susurrara algo.
Acto seguido, Vinadarian hizo lo que creía imposible: lo apostó todo por sí mismo, alzó la voz todo lo que pudo sin llegar a gritar, engraveciéndola para hacerse sonar más imponente y preparado para lo peor en caso de equivocarse.
—Nosotros también anhelamos la completa erradicación de la organización creada por esa mujer. Praesidium debe ser destruido.
Ghrun abrió los ojos por completo al escucharlo, tal como comenzaron los tartamudeos y los susurros en sus filas.
—Nos confundió vuestro asalto. Pensamos que erais parte de las tropas que trataban de recuperar a mi compañero, utilizando como rehenes a sus conocidos para hacerlo salir de su escondite.
Por ende, se preparó para entregarse, no sin antes desquitarse a sabiendas de que no lo matarían.
Dicho esto, nos prestamos voluntarios contra Praesidium con la única condición de la salvación de los rehenes y habitantes de estas tierras, así como la de nuestro propio grupo.
—Uno de mis hombres ha muerto por vuestro error; por consiguiente, debéis pagarlo de igual forma.
Vuestro voluntariado es irrelevante, chico.
No salvaréis a nadie, nuestra operación no cambia en absoluto y, según me han informado, parte de vuestro grupo está causando problemas en el bosque.
Iré personalmente a acabar con todos y discutiremos qué haréis cuando vuelva, si bien me complace saber que también deseáis la destrucción de esa infecta organización.
Ghrun alzó la mano en silencio, dejando la palma extendida, y la dejó caer de golpe, sus soldados bajaron las armas y volvieron a su posición en el doble anillo.
Se plantó frente a los dos amigos con suma calma, manteniendo los brazos rectos al avanzar.
Jinner se puso en guardia y se adelantó, mientras que Vinadarian mantuvo el choque de miradas tratando de mantener la respiración lo más calmada posible.
—Cuán necio puedes ser, joven, para tratar de explicarle qué es el infierno al mismo demonio.
—Dioses, demonios… Nunca he sido creyente y tú ni siquiera eres el primer asesino con delirios de grandeza que conozco —respondió Vinadarian. Ghrun no reaccionó ante sus palabras, ni siquiera parecía escucharlo, tan solo se acercó en línea recta.
Llegó entonces un limpio y contundente golpe seco bajo la lluvia; mareado y sin llegar a ver qué había ocurrido, los ojos de Vinadarian se adormecían mientras sentía una asfixiante presión en la garganta.
Su cuerpo se alzaba en el aire bajo el yugo de su enemigo.
La avasalladora fuerza de aquel hombre superaba con creces lo que hubiera podido imaginar sobre el límite humano.
Sus ojos se agitaron tratando de aferrarse a la consciencia, presenciando el cuerpo inconsciente de Jinner en el suelo y un resplandor blanco acercándose a Ghrun; uno idéntico a la inmensa onda expansiva que vio el día que comenzó toda esta locura, aunque, en lugar de ser etérea o lumínica, era un sólido clípeo, atado con amarres de cuero y un remiendo para encajar el antebrazo.
El arma de aquel hombre no era ninguna pistola o fusil, sino un escudo.
Portaba en sus manos un objeto hermanado con su maldición, el legado maldito de esa mujer.
Una carcajada silenciosa escapó de entre los labios del joven antes de apagarse por completo.
«Qué irónico», pensó. «Finalmente, conseguiste esta macabra guerra entre tus creaciones.
¿Te diviertes desde donde sea que nos estés mirando? ».
Y llegó el vacío que inundaría la vista del chico, quedando sin consciencia tirado en el suelo. El incierto destino de su grupo no estaba ya en sus manos.
En el subterráneo del bosque, Minaryan y Serquam correteaban ansiosos por la armoniosa ciudadela, atravesando los largos pasillos de una planta a otra, angustiados y temerosos de alzar demasiado la voz.
Allá donde posaban la vista presenciaban el mismo repentino comportamiento antinatural en los geevars: recogían atropellados las semillas, flores y plantas. Subían por los cilindros en compañía de sus congéneres y arrimándose al pecho sus pequeños tesoros.
Tras recorrer cada pulgada del lugar, tenían que tomar una decisión. El chico salvaje iba con ellos; no dejaba de mirar hacia arriba, tan preocupado como los propios geevars.
—No están —dijo Serquam esperando en Minaryan una respuesta positiva.
—Han subido. Puede que estén en uno de los pasillos de arriba —respondió tratando de calmarla.
—¿Y su papá? —preguntó de nuevo Serquam.
—Hay algo arriba. Algo malo —respondió Minaryan.
—¿Y qué hacemos? ¿Nos escondemos? —preguntó Serquam.
—Es buena idea, pero me da miedo.
—¿Escondernos? ¿Por qué?
—Una vez, cuando era más pequeño, tenía tanto miedo que creía que si hacía algo sería peor.
Que moverme un poco podría hacer que todo empeorara…
Pero cuando pasó, dolía muchísimo, tanto por no haberlo podido evitar como por no haberlo intentado.
Creo que tú deberías esconderte. Además, Za-Jir estará más seguro también, pero yo no.
—¿Y si pasa algo malo? ¿Yo también me sentiré así?
—No lo sé, pero con un poco de suerte, nunca lo sabremos. —La profunda sonrisa de Minaryan dejó a Serquam tan conmocionada como la propia situación. El chico partió hacia arriba todo lo rápido que pudo, y ella, boquiabierta y temblorosa, no tardó mucho en tomar su decisión.
—¡Espera! ¡Vamos juntos, Minaryan! —Para su sorpresa, el niño le soltó la mano y partió tras él también, adelantándolo en un abrir y cerrar de ojos.
Decididos, los tres subieron a toda prisa hasta escuchar el barullo de fuera. Mucho antes de llegar a la superficie ya descubrieron horrorizados algunos cadáveres de las criaturas que poblaban el subterráneo.
El rastro de sangre desveló los secretos de la madriguera. Za-Jir se adelantó unos metros y se asomó con curiosidad por el único hueco que emanaba algo de luz desde la superficie. Al otro lado, alguien le devolvió la mirada, un soldado que portaba un instrumento desconocido para él, un fusil.
—¡Ehscopo! ¿Andelium? —preguntó el soldado apuntando el arma.
—¡¡Dolos!! —contestó otro. La respuesta fue inmediata, un disparo inmisericorde.
Minaryan lo empujó justo antes del impacto.
Za-Jir se golpeó contra la tierra húmeda al caer y rompió a llorar, desencadenando un estridente sonido.
Un ruido sobrenatural que no distinguía amigos de enemigos.
Sus compañeros cayeron al suelo retorciéndose de dolor.
El soldado, por el contrario, se mantuvo estoico, pero necesitaba un nuevo ángulo para disparar.
Se deslizó entre los bloques húmedos por la lluvia, viéndose entonces atrapado entre zarzas que nacían de las semillas junto a los cadáveres geevar.
Las arrancó de un tirón y, enajenado, encañonó a los niños.
Por suerte, la voz de Yayika brilló entre la tempestad sonora como un oasis en el desierto, tranquilizando a los pequeños.
—¡¡Tira ya!!
Kargu y ella se encontraban justo debajo del soldado.
Juntos, voltearon el bloque sobre el que se sostenía.
El soldado aterrizó en pie y les apuntó en el mismo instante, revirtiendo las tornas de inmediato.
Para su sorpresa, ya era tarde. Yayika, a costa de cualquier consecuencia, saltó sobre el cañón de su arma para recibir el disparo a quemarropa.
—¡¿¿Te vas a quedar ahí mirando??! —gritó forcejeando, al borde de la inconsciencia.
Kargu placó al soldado y lo estampó contra el suelo, pateándole acto seguido el estómago y debilitándolo lo suficiente como para que ella tomara su arma.
Poco antes de que el dolor y la pérdida de sangre pudieran con ella, apretó los dientes casi tan fuerte como el gatillo, apoyando el cañón encima de la nariz del hombre.
Disparó sin piedad, creando un enorme agujero en su rostro antes de desmayarse.
Kargu amortiguó su caída y la dejó en un suelo un poco más seco.
—Minaryan, ¿dónde estás? —preguntó mirando hacia abajo.
—¡Aquí! ¡Estamos escondidos! ¿Estáis bien? ¿Habéis vencido a ese señor? —respondió el pequeño.
—Sí. Yayika está malherida, necesito que alguno de vosotros le tape la herida con algo de ropa y haga presión hasta que deje de sangrar. ¿Puede hacerlo tu amiga? Creo que necesito tu ayuda.
—¡Sí! ¡Yo me encargo! —respondió la pequeña.