Rinaryan: La huella de un fantasma 12. Lluvia
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12. Lluvia

Embriagados de emociones que rogaron nunca volver a sentir, no se atrevieron a dirigirse la palabra el uno al otro. Unos eternos segundos de ilusa incredulidad, redactando un mismo pensamiento. ¿Por qué?

La garganta del proclamado villano temblaba tanto como su esperanza.

Sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas y Jinner salió ladera abajo sin esperar un instante.

Minaryan estaba en otra dirección. La experiencia le dictaba que Jinner estaría bien y que debía preocuparse de los niños.

Miró en la lejanía cómo todo el pequeño bosque estaba inundado de gente.

No tardarían en interrogar a los civiles, y si lo buscaban a él, podrían torturarlos.

«¿Por qué todos van a morir? ¿Por qué voy a perderlo todo otra vez? ».

Él. Siempre era él. Heredero de la desgracia, señor de la miseria y embajador de la parca.

El villano cerró el puño y saltó tras su compañero. Hoy se demostraría que había cambiado. Apretando las muelas tanto como pudo, arrugando la nariz, disgustado consigo mismo y lleno de emoción.

—¡Jinner! —gritó, haciéndole saber que iba tras él. No cabía duda de que lo había escuchado. Durante un instante rebajó su veloz marcha.

—¡Márchate, busca a tu hermano! —respondió su amigo con la voz engravecida y temblorosa.

—¡Déjate de estupideces y dime qué es lo que pretendes! ¡Voy a ayudarte!

Jinner se detuvo en seco y se volteó a verlo. Vinadarian reconoció el mismo rostro sombrío que vio el día que se separaron. Fruncía el ceño con la mirada baja y una expresión estoica, de una paz amortiguada, pero sus ojos brillaban con ira homicida.

—No puedes —dijo Vinadarian. Se acercó despacio, tratando de mantener la calma por los dos.

—Estoy harto.

—¿Así que planeas tirarlo todo por la borda?

—¡Deberías entenderlo! ¿Cuándo crees que parará esto? ¡Es nuestra culpa! ¿Es que no lo ves? —contestó, conteniendo las lágrimas en sus ojos.

—¿Y tú no puedes ver más allá de tus narices? Sí, lo más probable es que hayan llegado aquí buscándonos. Por muy fuerte que seas, están preparados para contenerte, a ambos. Son un ejército; si todo lo que hemos vivido hasta ahora ha significado algo para ti, sabes cuál es la única opción.

Jinner abrió los ojos, retrocedió un par de pasos antes de contestar y las palabras le formaron un nudo en la garganta.

—No puedo. Sabes que tengo algo que saldar antes de morir.

—¿Por qué tendría que significar tu muerte?

Solo… volveremos al principio. A estar solos.

A ser propiedad de ellos, pero ahora por elección.

Podremos estar orgullosos de haber hecho lo correcto —En un fulgurante intercambio de miradas, los dos se sintieron más lejos del otro que nunca.

Tenían miedo de enunciar la siguiente palabra, pero el tiempo se les echaba encima, y Jinner terminó alzando una quebradiza voz.

—¿Desde cuándo te importa hacer lo correcto?

No quiero perderlos. Ni a ti tampoco. No lo merecemos, y hay que luchar hasta la última gota de sangre si es necesario.

Tratas de convencerme con estas patrañas y puede que esté muriendo cualquiera de las maravillosas personas que hemos conocido aquí.

Puede que ya hayan matado a Mina y Kargu, ¿y nos entregamos porque es lo correcto?

¡No me jodas! Ellos siempre han pretendido ser los pacifistas, en contra de las armas, en contra de la violencia…

Míralos ahora. Siempre hemos sido los malos, es hora de darles la razón —respondió Jinner alzando el puño hacia su amigo.

Vinadarian relajó los brazos y caminó hacia él. Sus cejas arqueadas y los temblores de sus hombros denotaban su estado anímico, pero trató de anteponerse y contestar lo más seco posible. Se detuvo en seco justo delante, aunque desviando la mirada.

—Cuando te conocí me pareciste alguien calmado y frío, obediente.

Quizá incluso demasiado. Jinner, he decidido seguirte porque quiero confiar en lo que hemos logrado, así que te diré algo que no quiero que olvides nunca.

En el frío de la derrota o en la amargura de la rendición, la primera mano que llegará a tu hombro será la mía.

He confiado en ellos y también voy a hacerlo en ti.

Hoy decides por los dos, tal como lo hice yo en aquel entonces —contestó enderezando la vista con las últimas palabras.

La respuesta fue inmediata y tan afilada que sintió una punzada en el pecho.

—Pues ponte en marcha, nos superan en número.

Respirar nunca se había hecho tan difícil, ni siquiera cuando murió. La maraña de emociones y ansiedad nublaban cada línea de pensamiento. Jinner mantenía una concentración asesina, pero su voz interior se desvanecía por momentos.

Desde allí podían ver el humo de una enorme hoguera en la cocina, escuchaban esporádicos disparos y cómo las ruidosas voces, los gritos y el caos se acallaban.

Jinner superaba con creces la falta de forma de su atribulado compañero y pronto se topó con un corro enorme de soldados armados con alta tecnología, mucha irreconocible incluso para él, alrededor de toda la cocina, un círculo defensivo planteado en un anillo interior y otro exterior, cada uno apuntando a un objetivo.

Algunos de los civiles marchaban con las manos sobre la cabeza y el helado cañón de los fusiles empujándolos por la espalda.

El factor sorpresa era su única herramienta y Vinadarian podría apañárselas solo.

En imparable frenesí, no se planteó más estrategia que la demostración de sus aptitudes.

Esquivó muchos de los disparos, avanzaba saltando entre rocas y árboles a una velocidad vertiginosa, pero sus enemigos mostraban un entrenamiento y habilidades superiores a otros con los que se había topado, algunos incluso preveían sus irregulares movimientos.

La mayoría mantuvo la posición hasta que dos o tres soldados soltaron palabras inentendibles fácilmente interpretables como códigos militares o estratégicos.

—Inhagunia. Ytreliafhe. —La calma con la que hablaban afectó a la del mismo Jinner. Era como si ya se hubieran enfrentado a algo como él antes.

Se abalanzó sobre uno de los soldados en el centro y lo usó como escudo, pero era algo que también habían previsto. Las balas no cesaron, y esta vez, aun a costa de uno de los suyos, alcanzaron su objetivo. El daño fue más que suficiente para tirarlo al suelo y aturdirlo.

Desde allí, contempló horrorizado una larga fila de prisioneros con la cabeza contra la tierra, las extremidades atadas y separados con una regularidad y precisión espeluznantes. Los rifles de los soldados, con insignias de lobo en sus uniformes y banderas, les apuntaban.

—¿Es él? —preguntó una voz apaciguada y grave.

—Es el otro, señor —contestó uno de los soldados.

—Bien, dejadme pasar —continuó la voz.

En una rauda estratagema, el joven se revolvió en el suelo y lanzó el cadáver contra la fila de soldados donde detectaba el sonido de esta voz.

Su instinto gritaba «¡Peligro!» tan solo con escucharlo, algo que nunca le había pasado tras el fin.

No se contuvo. Su instinto le rogaba huir, su corazón latía tan rápido que inundaba el resto de sus sentidos y pronto dejó de oír con claridad.

El cuerpo golpeó contra otro soldado, recogido a duras penas por otro de sus compañeros; el hueco resultante dejó entrever al hombre que caminaba.

Lo miró con aires de superioridad, los ojos entrecerrados y ambas manos tras la cintura, indiferente.

Se trataba de un hombre de mediana edad, de mandíbula prominente, labios gruesos y ojos pequeños, con el pelo negro como la más tenebrosa noche recogido en un pequeño moño y un cuidado y frondoso bigote.

Ni una sola herida o cicatriz, algo que llamaba especialmente la atención al contemplar al resto de soldados marcados por el fuego, el acero o el plomo.

—Levántate, monstruo —exigió, avanzando hasta el chico—. Iruegaoh —ordenó. Los soldados abrieron espacio, retrocediendo en perfecto orden, arrastrando también a los civiles como sacos de carne.

Aún dominado por sus propios instintos, Jinner miró de un lado a otro aterrorizado, sin comprender por qué ese hombre le suscitaba tal terror. La mirada encontró a Bram, que mascullaba algo.

—¿Quieres que me levante? —Por fin, el joven se enfrentó a sí mismo y se preparó para acabar con su enemigo. Se levantó, dolorido por los disparos; no podía controlar el temblor.

—¿Tiemblas de miedo? Patético. Eres el hijo de la naturaleza, ¿verdad? De ahora en adelante, contesta sí o no. Te daré tres segundos en cada pregunta.

Un disparo acabó con la vida del primer civil en la línea de rehenes, esparciendo sus sesos por el suelo; muchos trataron de zafarse con furia e ímpetu guiados por el miedo, pero en breves instantes conocieron el mismo destino que su compañero, apaciguando al resto de inmediato.

—Sí —contestó Jinner, dando un paso hacia delante a duras penas.

—Un paso más y acabo con todos los demás. Mi última advertencia —sentenció el hombre—. Segunda pregunta: ¿conoces la ubicación de tu madre o de alguno de sus allegados?

A punto de demorarse demasiado, contestó forzosamente.

—No.

Un nuevo disparo asesinó a una mujer.

—Mientes. Tercera pregunta. ¿Conoces la ubicación del proclamado villano? En teoría y según lo que nos han contado, es compañero tuyo, además de un crío y otro joven.

Alzando el tono de voz, se escuchó a los comandantes una de las órdenes encriptadas que usaron con Jinner.

—Ytreliafhe.

—¡No tardarás mucho en encontrarlo! —gritó Vinadarian en la lejanía.

—No disparen —ordenó el hombre, girándose y bajando la guardia.

Jinner se lanzó hacia él ignorando toda posibilidad de supervivencia tras la muerte de su víctima.

A pesar de sus heridas, su velocidad no disminuyó en demasía, aunque sí sus reflejos, pues cuando el hombre se percató de sus pasos, se volteó con tranquilidad irradiando una presencia tan amenazadora que el joven no pudo sino quedar paralizado como un animal indefenso.