11. Cosecha #12
Boquiabierto, Minaryan no podía creer lo que veían sus propios ojos.
Centenares de semillas, granos, cereales, briznas, frutos y hojas de todo tipo decorando las paredes y el suelo, sin dejar un solo centímetro libre.
Todos frescos, resplandecientes y coloridos; a pesar de tan sorprendente imagen, no recabó su atención por más de un segundo.
Al bajar la vista vio un niño humano entre los brazos del inmenso geevar, que estaba recostado, durmiendo a pierna suelta y le caía algo de baba; tenía una pequeña quemadura en el extremo de la ceja izquierda y varias cicatrices desde la oreja izquierda hasta el labio superior que le daban un aspecto más fiero.
El pelo, sucio y largo pero parcialmente de punta y de color castaño, era algo más oscuro que el de Kargu.
La cara era alargada, la barbilla afilada y la nariz puntiaguda como sus dientes, que se le veían cuando respiraba por la boca.
—Oh, qué pena… Está durmiendo. Deberíamos volver en otro momento —dijo Serquam.
Minaryan, antes de que ella terminara, ya había comenzado a gritar.
—¡¡Hola!! ¡Me llamo Minaryan y soy amigo de Serquam! ¿Tú cómo te llamas?
El grito retumbó en todo el edificio, muchas de las semillas germinaron, las hortalizas crecieron y los frutos dieron paso a pequeños brotes de árboles, estableciendo una nueva ensalada de color a su alrededor.
Geevar y humano despertaron ante su rugido, y ambos quedaron maravillados ante el espectáculo.
Un crío sonriente que no dejaba de gritar.
El patriarca dejó con gentileza al chico en el suelo y ofreció sus manos en alto, tal como lo hacían en el huerto. Minaryan no entendía nada, pero arremetió hacia el pequeño seguido de su amiga. El niño hizo lo mismo, caminando con los codos hacia fuera, como los geevars que estaban con él.
—¿Me has escuchado? ¡Soy Minaryan! ¿Cómo te llamas tú?
—Todavía no sabe hablar muy bien —respondió Serquam acercándose más y señalándose a sí misma—. Ser-quam. —Después, señaló a Minaryan—. Mi-na-ryan. —Lo señaló a él.
—Za-Jir —respondió con ímpetu, acercándose a Minaryan de un brinco y poniendo, como su padre, las manos en alto.
Los otros niños lo imitaron.
—¿Para qué sirve esto? —preguntó Minaryan.
—No lo sé. Creía que tú lo sabías —respondió Serquam—. También lo hacen en el huerto…
—¿Y por qué no debería contar esto? ¿Por qué lo ocultas? —preguntó él desde la absoluta inocencia.
—Me da miedo que puedan enfadarse si se lo llevan con las demás personas.
Con la espalda cansada, Minaryan cayó al suelo manteniendo todavía los brazos en alto, y esta vez fue Za-Jir quien lo imitó entre risas compartidas.
—Sí que sabe reírse —dijo tras respirar hondo.
—¿Cómo no va a saber reírse? —respondió Serquam.
—Za-Jir —dijo el chico, creyendo que esperaban respuesta.
—Yo antes pensaba que Jinner no sabía reírse —respondió Minaryan.
—¿En serio? Yayika se ríe mucho, aunque esté loca y siempre riña a todo el mundo.
—A mí me cae bien. Yo creo que cuida de ti para que no la líes tanto.
Serquam dejó escapar un suspiro extenuado.
—Supongo que deberíamos ir volviendo o van a sospechar. Tampoco es que podamos hacer mucho aquí, y no lo dejan salir…
—¿Y por qué no?
—Pues como pasa con nosotros. Tienen miedo de que le pase algo, supongo… —Vamos —dijo ofreciéndole la mano para ayudarlo a salir.
—Qué pronto… Casi no he podido conocerlo.
—Bueno…, está claro que le has caído bien. —Serquam miró a la otra mano de su compañero, que agarraba el pequeño.
—Me da pena…, quiero quedarme un poco a jugar —respondió Minaryan, sonriendo a su nuevo amigo.
—Bueno… —dijo Serquam—. Podemos volver mañana. Al final habéis decidido uniros, ¿no?
A punto de asentir con la cabeza, un estruendo hizo caer parte de la decoración del pilar. En un inmediato frenesí, el patriarca saltó varias decenas de metros y lanzó su hilo para subir lo antes posible.
—¿Qué pasa? —preguntó Minaryan.
—Nunca lo había visto hacer eso, ¡qué pasada!
Za-Jir hiperventilaba mirando al techo, pegándose a Minaryan y Serquam como un cachorro asustado con la boca y los ojos bien abiertos.
—Igual es grave —dijo ella, preocupada.
—¿Y Kargu? ¿Yayika? ¿Sabrán algo? —preguntó Minaryan.
—¿Vamos a ver?
—Hay que llevarnos a Za-Jir, me da miedo dejarlo solo.
Nerviosa, Serquam asintió y juntos salieron por donde habían entrado. Los geevar corrían a toda prisa en dirección al huerto y formaban barricadas a su alrededor.
—¿Qué está pasando? —preguntó Serquam, atemorizada.
—¿Dónde están los mayores? —susurró Minaryan.
Gruñidos y gritos bañaron una vez más la triste realidad, y el cauce del río volvió a su curso habitual.
Vinadarian y Jinner volvían de tomar provisiones mientras charlaban.
Hoy les tocaba ayudar a la mal llamada aldea pesquera con Ter y los demás.
En la montaña bromeaban sobre lo mal que lo estaban haciendo todo y cómo los sacaban de quicio.
De pronto, Jinner, se adelantó hasta el otro lado de la montaña y se quedó boquiabierto.
Necio, creyó que se trataba de alguna clase de broma.
Esa canción ya la habían escuchado, pero nunca con tanta intensidad.
Frente a ellos, el mágico paraje tras el barranco se esfumó en cuestión de minutos, en un parpadeo se convirtió en el mismísimo infierno. Cientos de personas armadas inundaban cada centímetro. Avanzaban como un ejército unido, los disparos no se hicieron esperar.
Risas, gruñidos, golpes, fuego… Ni siquiera pudieron enfadarse o sentir tristeza. Fue como si el mismo cielo cayera sobre ellos.
Aplastados, ninguneados una vez más por su triste destino, observaron unos segundos en silencio ondear las banderas negras con la cabeza de un lobo blanco aullando, sintiendo como sus corazones se rompían en mil pedazos.
Parecía reírse de ellos, pues el agua caía del cielo a modo de las lágrimas.