Rinaryan: La huella de un fantasma 11. Cosecha #11
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11. Cosecha #11

Complacido, los ojos de Ter centelleaban de alegría antes de la respuesta. Vinadarian ofreció su mano como cierre de este primer trato, de esta pequeña prueba, y se sintió cálido a pesar de la fría mano de la mujer.

Serquam y Minaryan jugaban bosque adentro bajo la supervisión de Kargu y Yayika, que exploraban el paraje con cuidado pero sin ningún altercado.

Conversaban y reían al verlos chapotear y lanzarse al agua.

El enorme huerto de las criaturas se expandió mucho durante muy poco tiempo, por lo que podían pasarse el día allí, jugando y observando, respectivamente.

Si bien Serquam y Yayika no se dirigieron la palabra, seguían muy pendientes la una de la otra.

Al llegar, Kargu le dio la sal a la pequeña, quien se lo agradeció con su característica y sincera sonrisa antes de echarla sobre la herida que Jinner había dejado en el supuesto patriarca del clan, o «papá geevar», según las palabras de Minaryan.

Vinadarian y Jinner aprendieron las costumbres de la gente, teniendo algún que otro altercado y trifulca, pero nada fuera de lo normal.

De hecho, los días pasaban rápidamente y volvían a casa con numerosas pequeñas historias que contar, como cuando Serquam fue golpeada por la semilla de un fruto mientras jugaban y el geevar la lamió como disculpa, o cuando se metieron en problemas por tratar de escaquearse de pasar la azada.

Incluso aquella vez en la que Yayika recogió una hortaliza sin que nadie la viera, aterrorizando a los pequeños por lo que pudiera haber pasado bajo las risotadas de Kargu, que conocía su triquiñuela.

Un paso más. Ya no era el primero, podían seguir escalando en pos de algo mejor. Podían confiar.

El sexto día, Serquam y Minaryan seguían jugando a zambullirse desde las alturas hasta el agua. Ella lo esperó tras un salto.

—¿Qué pasa? —preguntó Minaryan, confuso—. ¿He ido demasiado rápido?

Serquam negó con la cabeza.

—¿Me prometes no decírselo a nadie si te cuento una cosa?

—¿Ni siquiera a Vi?

Serquam asintió, nerviosa.

—Igual es mala idea.

—Igual sí… Es que me cuesta mucho eso de guardar secretos —respondió Minaryan, provocándole una carcajada.

—No… Me fio de ti. No hace falta que lo prometas, si crees que tienes que contárselo yo me enfadaré, pero… es que quiere conocerte.

—¿Quién?

—Ya verás… —respondió, incrementando el misterio.

Nadó por delante, buscando uno de los bloques en concreto.

Su técnica había mejorado mucho en pocos días, pudiendo llegar en medio minuto o incluso menos.

Minaryan se dejaba llevar por la corriente, flotando en el agua muy despacio y sin hacer esfuerzo.

—¿Vienes o qué? —preguntó ella, impaciente.

—Paciencia —respondió Minaryan—. La paciencia es un saco —añadió muy seguro, arribando como un barco al puerto.

Serquam lo agarró de la mano y lo ayudó a subir, sabía que le costaba.

Con sigilo, se metieron entre los pilares, rampas y edificios evitando las miradas de Kargu y Yayika, quienes conversaban amigablemente.

Todo lo amigable que podía hacerlo Yayika, no más de treinta segundos sin un insulto o una mala palabra; por suerte, Kargu sabía tratar con ese tipo de personalidades.

La dirección hacia la que iban hacía sospechar a Minaryan. Una de las columnas era especialmente ancha y llegaba hasta el techo, conectando con el inmenso árbol del centro del bosque. Tenían prohibida la entrada o, al menos, eso les había advertido la pequeña.

—¿Papá geevar? —preguntó Minaryan, asustado.

—No te preocupes, solo lo dije para asustaros y que no lo molestarais. No suele atacar a nadie, solo si le dais miedo.

Minaryan recordó la cara de Jinner y su mirada en la oscuridad y afirmó con la cabeza, tragando saliva sin parar de moverse.

—Te escondes muy bien —dijo. Durante todo el trayecto trataba de localizar a Kargu y Yayika con la mirada, pero Serquam utilizaba las perspectivas de las rampas de forma inconsciente para no ser vistos en ningún momento.

—Sí. Es que, si no… Solo puedo hacer lo que me dicen los mayores, y es un rollo. Así a veces me riñen, pero si no hubiera aprendido, tampoco os habría conocido, ¿no? —respondió ella con dulzura.

Minaryan asintió con la cabeza y respondió con rotundidad.

—En eso tienes razón.

Sentía cómo le palpitaba el corazón de la emoción. Miraba la enorme edificación, volteándose lentamente para comprobar cómo todos trabajan unidos y en armonía. Se enorgulleció de poder presenciar algo tan bonito después de todo lo que habían pasado.

Serquam escaló un par de metros y lo ayudó a subir a un peldaño, donde había un bloque de arcilla con la enorme huella del patriarca.

Parecía estar tan duro que no podrían atravesar, pero ella golpeó con suavidad el filo y cayeron a plomo, haciendo un estruendoso ruido, mucho más que de costumbre.

Eso le extrañó al pequeño, que se sacudió de la cabeza la porquería al llegar.

Apenas habían sido un par de metros, pero la niña estaba tan emocionada como él y se le olvidó advertírselo.

—Perdona —dijo al ver que se había hecho un poco de daño.