Rinaryan: La huella de un fantasma 11. Cosecha #10
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11. Cosecha #10

—Vosotros dos. —Otra voz femenina, esta vez desconocida, igualmente estupefacta al ver a Minaryan sortear los sacos de dormir y molestar a los señores, que vigilaban la silueta de la niña, pendientes de por dónde iba a salir—.

Ter me ha contado todo esta mañana. Pasad, tenemos que hablar. —Era una voz firme y agresiva.

Serquam salió de uno de los sacos y quedó en pie en medio de todos ellos, presenciando cómo se acercaban en manada los adultos. En sus manos llevaba cuanto pudo agarrar de sal amarilla.

—¡Devuelve eso a su sitio, es muy valioso y no pueden tocarlo niños! — dijo uno de los señores, rodeándola.

Minaryan se acercó a ella de puntillas.

—¡Hola! ¿Eres Serquam? Soy el hermano pequeño de Vinadarian. ¡Mira, está allí! —dijo zarandeando la mano hacia él.

—¡Sí! Jolín, me pillas en un aprieto. ¡Hola, Vinadarian! ¡Hola, Ter! —gritó ella al girarse.

—¿Cómo puedo ayudarte? —preguntó el pequeño.

—¿Vas a ayudarme? ¡Muchas gracias! Solo necesito salir de aquí. Ese señor de ahí es amigo de mi papá y no es muy listo. Yo creo que, si vas delante, no va a saber qué hacer y así me escapo. Si te pilla a ti… Lo siento mucho, pero es que necesito la sal para un amigo.

—¿Es para el geevar? —preguntó Minaryan, boquiabierto. Serquam asintió con la cabeza—. ¿Y la necesitas toda?

—Creo que no… Pero ¡cuanta más, mejor!

—Trae, déjame —dijo, deslizando la mano sobre el montoncito de sal.

Despacio, se acercó hacia el hombre que señaló Serquam, quien, habiendo escuchado su comentario, estaba molesto e irritado.

Con delicadeza, le ofreció la sal que obtuvo del puñado de Serquam mientras ella se escurría al otro lado.

No funcionó, pues el hombre ignoró al crío y fue a por ella.

El momento exacto en el que no hubo vuelta atrás.

Minaryan le lanzó la sal a la cara, incomodándolo lo suficiente como para cerrar los ojos uno o dos segundos y decir palabras que ninguno de los dos niños entendía en un tono que les hizo estallar de la risa.

A toda prisa, se alejaron enseguida con Kargu, Bram, Yayika y algunos de los que trataron de capturar a la pequeña tras ellos.

—¡Kargu, procura que no se metan en líos! —gritó Vinadarian mientras la mujer lo arrastraba a él y a Jinner a la cueva.

Minaryan miró de reojo hacia atrás, vislumbrando una sonrisa orgullosa de Kargu, y supo que había hecho lo correcto.

Ninguno de los dos era especialmente rápido, pero Serquam se escondió deslizándose en un pequeño recoveco junto a un cerro a pocas decenas de metros; lo tenía todo planeado, excepto por su nuevo compañero de fechorías, que no cabía del todo.

—Jopé, ¡tira un poco más! —gritó la pequeña.

Minaryan hizo toda la fuerza que pudo, pero era algo más corpulento que su compañera y no cabía.

Siguió esforzándose hasta el punto de ponerse rojo y dejar de respirar cuando, de pronto, en ese mísero agujero surgió una cantidad de musgo inusitada que cubrió el suelo, elevando a Serquam varios decímetros, lo suficiente como para que pudiera alcanzar la pierna del pequeño y ayudarlo a empujar con la mano libre, aunque a costa de la mitad inferior de la camiseta del niño, que le dejó el ombligo al aire.

—¿Lo has hecho tú? —preguntó ella, refiriéndose al musgo.

—¡Sí! —respondió él, refiriéndose a haber entrado.

—¡Vale, pues genial! Me llamo Serquam, aunque creo que ya lo sabes —dijo ella sonriendo de oreja a oreja.

—Y tú que yo soy… ¡Minaryan! —respondió él poniendo los dos puños en alto, creando una extraña pose que dejó asombrada a la muchacha—. ¿Cómo salimos de aquí?

—No sé. Mi plan era llegar hasta aquí.

—Bien. Misión cumplida. Ahora hay que pensar en cómo salimos de aquí —dijo Minaryan fingiendo cara de concentración.

—¿Qué haces?

—Pensar. Creo.

—¿Y se te ocurre algo?

—Pues muchas cosas… Sí —Se acercó al hueco, donde se escuchaban los pasos y la vociferación de los adultos que llegaban.

—¿Kargu? ¿Me oyes? —gritó convencido, pasando la mano por el agujero y retorciendo el dedo, haciendo señas de que se acercara.

—Te escucho —respondió él desde el otro lado.

Minaryan alzó y recogió el dedo en repetidas ocasiones al hablar.

—Creo que está claro que nos estáis buscando y estamos en un agujero. Pero no podéis entrar, ¿a qué no?

—Correcto —respondió Kargu sin atisbo de expresión en el rostro.

Yayika se acercó y agarró el dedo del pequeño de sopetón.

—O sales ya o… —amenazó con cara de ogro y voz nasal. Kargu la apartó de inmediato y sin miramientos.

—¿O qué, exactamente? —le preguntó en un intenso y breve cruce de miradas, no más de tres segundos, pues sus gestos, voz y acciones le trajeron recuerdos recientes y dolorosos.

—O tendréis que pagar por ello.

—Ha sido vuestra chica la que lo ha robado. Mina solo la ha ayudado.

—Sin su ayuda no habría podido salir y nada hubiera pasado.

—No hace falta que os peleéis, podemos salir de aquí, pero con una condición.

—Minaryan sacó el dedo otra vez, gestualizando para que Kargu se acercara, quien de inmediato obedeció y puso la oreja en el agujero.

Susurrando lo más bajo posible, Minaryan le comunicó la situación—.

No necesitamos todo, pero es importante llevarnos algo.

¿Puedes escondérnoslo y dárnoslo más tarde?

Devolveremos la mitad, prueba a decir que el resto se nos ha caído por el camino.

—¿Es importante?

—Sí —respondió con contundencia, ofreciéndole un puñado de la sal.

Kargu lo escondió bajó la manga y se levantó firme y altivo, mirando a los ojos a los extraños que trataban de escuchar antes de decir nada.

—Se han arrepentido, pero están asustados por la persecución y parte se les ha derramado por el camino.

Preguntan que si devolverla ahora los libraría de problemas.

No soy de por aquí y desconozco vuestras costumbres, por ende, no puedo responder por vuestra pequeña, pero en lo que concierne a mi amigo, no permitiré que se lo castigue fuera de mi grupo.

—Entonces…, ¿quieren devolverlo?

Kargu arqueó la ceja y afirmó con la cabeza.

—Bueno… Dos puñados tampoco eran tantos, aún nos quedan uno o dos kilos. Son cosas de críos, hablaré con su padre. Al final…, es la única niña de por aquí —respondió uno de los hombres en la multitud.

Yayika, con una risotada nerviosa, agarró a Kargu del codo con fuerza.

—¿Y quién eres tú para decirnos lo que podemos o no podemos hacer con un cómplice? Nos afecta a nosotros, no a ti.

—Mide tus palabras. Como bien dices, no sabes quién soy —respondió él sin moverse un ápice.

Serquam salió disparada, con las manos llenas de sal y atribulada. Con dificultades para hablar por no haber tomado suficiente aire, se dirigió a su amiga.

—¿Por qué siempre tienes que estar así? ¿De verdad eres la única a la que le parece mal? ¡Creía que éramos amigas, pero siempre estás molestando! —dijo encerrando la sal en sus puños y acercándose a ella; la dejó deslizarse para, finalmente, salir corriendo en dirección opuesta.

Minaryan, que consiguió salir del hoyo con dificultad poco después, la persiguió al grito de «¡Espera, no sé a dónde vamos!».

Kargu sirvió como una barrera ante los demás, que no se atrevieron a dar un paso tras de ellos, aunque tampoco se iban.

—No la hagas caso. No la conozco, pero yo a su edad he dicho esa misma frase decenas de veces, y ahora, cuando me voy a dormir, en lo último en lo que pienso es en los ratos que pasaba con mi amiga.

En las veces que me protegió sin que yo lo supiera.

—Sin respuesta de una conmocionada Yayika, Kargu se giró hacia los pequeños—.

¿No deberías vigilarla? Esa chica es conocida por meterse en líos.

—No vayas de listo, capullo. Claro que voy a vigilarla —dijo ella deslizando la sal amarilla en las manos de uno de los espectadores—. Y no se va a librar de una buena bronca. ¿Dónde coño se ha metido el idiota de su padre?

Mientras tanto, Vinadarian y Jinner escuchaban las palabras de Húnila en la cocina junto al viejo Ter. Ni mucho menos pasaban desapercibidos, pues su fama había llegado a todo habitante del territorio y muchos ya sabían de la propuesta.

—Hemos estado deliberando durante esta mañana y parte de la noche.

Conozco vuestras estrategias, pero en momentos de necesidad os las habéis apañado como habéis podido.

También sé que disponéis de la fuente de comida y del antídoto a los efectos que esta provoca, por lo que vuestra incorporación sería más que bienvenida.

Si bien los primeros días puede resultar incómoda, me gustaría que aprendierais nuestra forma de trabajo y os decantarais por un puesto, el que sea.

El trato es justo y sencillo. Formaréis parte de nuestra comunidad y nos ayudaréis en lo que dispongamos, y os ayudaremos en lo que requiráis.

Seríais nuestros primeros reclutas del exterior desde que produjo el fin.

—El fin… — masculló Vinadarian.

—¿No es un nombre adecuado? Es con el que se hace referencia al suceso, el fin de una era —dijo Húnila entrelazando los brazos a la altura del pecho—. ¿Y bien? ¿Cuál es vuestra respuesta?

—Ya nos los habíamos planteado. Vuestra gente es muy hospitalaria, pero queremos mantener la precaución y observar antes de afirmar nada.

No tenemos problemas en ayudaros mientras tanto —respondió Vinadarian—.

Siempre y cuando no se generen, claro. No queremos faltas de respeto, ofensas ni peleas de ningún tipo.

—No puedo asegurarlo, pero… me parece razonable.

Bien, hay alguna ligera modificación, pero…

de tres a ocho podéis pasaros por aquí y cada día de la semana os asignaré a un grupo.

Allí aprenderéis a cosechar, os informaremos de nuestros avances en cierta medida, del uso que hacemos de las algas, los minerales…

Y lo que queráis saber. El conocimiento es poder, y más en una época tan caótica.

Quizá no sea suficiente por vuestra comida, pero es lo que tenemos.