11. Cosecha #9
Un Jinner estoico y vigilante observaba y analizaba los alrededores mientras Vinadarian jugaba a toda clase de tonterías con la pequeña y su padre. Cuando llegó el atardecer, juntos volvieron a casa sin más premio que la satisfacción de haber conocido a buenas y extrañas personas.
Minaryan y Kargu habían quemado el caldero por debajo tratando de cocinar, desperdiciando montones de comida que, por suerte, aún les sobraba. Estaban recogiendo a toda prisa frutos, bayas y hortalizas de los alrededores bajo el mandato del pequeño, que no dejaba de gritar ansioso.
Tras unas buenas e intensas risas, Vinadarian les contó todo lo que habían vivido.
—Lo contáis como si no supierais perfectamente que detrás de esa fachada puede haber cualquier cosa. ¿Os ha ablandado una niña? —preguntó Kargu con los brazos cruzados y la mirada firme frente a la minúscula hoguera.
—Puede que sí, pero entiéndeme. Normalmente, en cuanto saben quién soy o me conocen, una de dos, ya me están echando a los leones —dijo Vinadarian.
—Cambiar la estrategia no necesariamente cambia su propósito —contestó Kargu.
—Kargu tiene razón, es pronto para fiarse de ellos —afirmó Jinner.
—Pues a mí me han caído genial. Nadie se suele llevar bien con Vi nada más conocerlo. Serquam, ¿no? —contrapuso Minaryan arrimándose a su hermano y posando la cabeza sobre su brazo.
—Miedo me da que os juntéis. Pero, bueno, se lo he prometido. Ella ya se porta mal por los dos, así que intenta ser tú el responsable y no os metáis en líos —dijo Vinadarian.
—Claro que sí. ¿A qué niño en su sano licio se le ocurre meterse en una mardiguera hasta las trampas de comida y geevars? —respondió Minaryan, luciendo su encantadora e inocente sonrisa y con la luz de la lumbre reflejándose en sus mejillas.
Vinadarian soltó una leve carcajada y dejó escapar el aire en un resoplo ansioso y cansado.
—Ni se te ocurra —dijo con contundencia apretándole la palma de la mano contra la cabeza.
La conversación se alargó hasta bien entrada la noche, cuando, sin más que añadir y con una sensación embriagadora, pudieron acostarse. Las palabras del anciano llegaron a perturbar el sueño de Vinadarian. «Al menos podemos dormir sin preocupaciones».
Desvelado, se levantó en silencio bajo la mirada de Jinner, que se mantenía vigilante como la mayoría de las noches, y un Kargu que, aun con los ojos cerrados, permanecía despierto reflexionando.
Sin mediar palabra, Vinadarian caminó hasta la montaña que los separaba de sus vecinos. La luz de la luna lucía más intensa de lo que recordaba, bañando cada rama del bosque. Poco a poco, terminó volviendo la vista hacia el cielo y sentándose en el barranco.
—¿Estás bien? —preguntó Minaryan desde detrás.
Preocupado, Vinadarian se estremeció de que pudiera haber salido solo, pero al girarse los vio a todos con él.
Su marcha les despertó. Estaban a la espera de las palabras del chico que, sin embargo, permaneció en absoluto silencio, mirando el bosque y el cielo.
A los minutos, terminarían tumbados en fila compartiendo pensamientos.
—Quiero creerlo. Que puede haber gente así. Loca, buena. O, al menos…, no tan mala. Con sus errores y que me saquen de quicio continuamente, pero sin compartir odio. Ni en una dirección ni en la otra. ¿Me he vuelto loco?
—Ya lo tienes —respondió Jinner—. Estamos nosotros. ¿No es suficiente?
—Claro, pero… No sé. Son delirios. En cierta forma, los envidio —dijo Vinadarian con una sonora carcajada sarcástica.
—¿En serio? —preguntó Jinner.
—¿En qué sentido? —añadió Kargu.
—La tranquilidad —contestó Minaryan—. ¿A que sí? —continuó, dejando a todos sorprendidos.
—En cierta forma sí, pero no es todo… Es… algo más que la supervivencia. Incluso más que la cooperación como tal, una meta. ¿No os sentís así? Como si el mundo nos la hubiera arrebatado en pos de, simplemente, vivir. Aguantar —respondió.
—¿Y cuál es tu meta? —preguntó Jinner.
—Va más allá de la venganza, si te lo estás preguntando.
No creo que ese camino sea para mí. Tampoco es que tuviera nada que hacer en ese sentido.
De hecho, no es ni siquiera nada en concreto, no aún, pero sí sé que es algo.
Dejar marca, dejar huella en el mundo, aunque sea pequeña.
Una forma de demostrar que estuve aquí, que estuvimos aquí.
—Un nombre —replicó Kargu—. Gales decía que, sin nombre, solo somos ceniza en manos del viento.
Hasta que no logremos aposentarnos en tierra, las cenizas no cambian nada, solo molestan.
Pero una vez tocan tierra, ya sea por causalidad o casualidad, se vuelven notorias.
Cambian el color de algo, puedes verlas, reconocerlas como tal.
—Cuando era pequeño, mi madre… —Jinner no pudo continuar. Vinadarian le dio un leve toque en el hombro y se levantó con cuidado.
—Quiero darles una oportunidad. Sé que es estúpido y que no debería volver a caer en la misma piedra, pero creo que, si no lo hago, no habrá vuelta atrás nunca más. No puedo hablar en vuestro nombre, así que os lo pido a todos como amigo. Confiemos una vez más —sentenció.
Jinner resopló irritado.
—Incluso si tuvieras razón, date cuenta de que podrían llegar a conocer nuestro pasado. Tu pasado, tu valor para quienes te quieren encerrado. No me extrañaría que nos vendieran por un puñado de armas y comida para salvarse. No los imagino peleando por tu bien a costa del suyo.
Vinadarian soltó una última carcajada y asintió con la cabeza.
—Tienes razón. Y en el momento en el que lo hagan, volveré a ser preso de mis decisiones y a arrepentirme de cada paso que di. Pero me da miedo que llegue el día en el que me plantee lo mismo con quienes no debo —dijo con una fría mirada como armadura.
—¿Con nosotros? —preguntó Minaryan, afligido.
—Con cualquiera —respondió Vinadarian, volteándose—. Vamos, mañana voy a conocer a la famosa Húnila.
—¿Tomarás una decisión? —preguntó Kargu.
—Tomaremos. Una semana. Vigilaremos cualquier comportamiento sospechoso, amoral o reprochable y lo discutiremos aquí. Dentro de una semana, decidiremos cuál es nuestra siguiente meta.
Durante la vuelta, el silencio se hizo eco en sus mentes, forjando toda clase de pensamientos. Todos ellos se morían de ganas de que llegara el amanecer para dar el siguiente paso.
Al día siguiente, fueron juntos. Escondieron sus pocas pertenencias bajo una capa de tierra superficial y llevaron comida suficiente para pasar allí el día sin depender de ningún recurso ajeno.
Pasaron primero por la mal llamada aldea pesquera, donde Kargu y Minaryan conocieron al viejo Ter, que los trató con hospitalidad y respeto.
Les sorprendió el resto del pequeño asentamiento.
Los saludaban refiriéndose a ellos como «los amigos del villano» o «los villanos» de forma cariñosa y juguetona.
No eran los únicos que habían hablado esa noche.
—Serquam y los demás han ido a llevarles unas algas secas a la cocina. Si queréis, os llevo allí y apagamos dos velas con un solo dedo —afirmó el amable señor.
—¿Cocina? —preguntó Kargu.
—Ayer lo llamaron despensa —respondió Vinadarian.
—Sí, sí, depende el día lo llamo de una u otra forma. No os preocupéis, que no está lejos. Kargu, ¿verdad? Y el adorable pequeñín era… ¿Minaryan? —contestó él con gentileza.
—Jolín, qué buena memoria tienes. A ver, intenta repetir esto. Uno, tres, doce, doce, doce, tres, tres… Eh… Dos. ¿Tegucigalpa? —dijo Minaryan, poniéndolo a prueba a su manera.
Ter soltó una fuerte carcajada y respondió.
—No, tan buena no. Pero acepto tu cumplido, muchas gracias, los nombres siempre se me han dado bien.
Así, llegaron a la cocina, una cueva llena de sacos de dormir y tiendas de campaña donde varias personas transportaban comida y minerales de todo tipo, piedras azules, lisas y opacas, rocas plateadas y granulosas, arena negra y decenas de otros recursos que desconocían.
Molidos, triturados, labrados o afilados, trataban de encontrar utilidad a cada novedad, sin mucho éxito, pero así funciona la ciencia. Prueba y error hasta dar con la clave.
—¿No tenéis armas? —preguntó Kargu arqueando la ceja.
—Algunas. Pero no nos hacen falta más que para cazar si es que algún animal se digna a aparecer por este paraíso…
Hay un par de personas con nociones de herrería y otro par de químicos por aquí haciendo lo que pueden, poco a poco vamos mejorando.
¿Ves esa especie de sal amarillenta? La han creado ellos, ha salvado a un par de una muerte segura.
Heridas tan grandes como mi puño y de lado a lado de la barriga cicatrizándose en minutos.
Supongo que el destino tiene a sus favoritos —respondió Ter acercándose a la puerta de la cueva ante la atención y extrañeza del público.
—No parecen tan amigables por aquí, ¿no, Vinadarian? —preguntó Kargu dándole un suave golpe en la espalda a su amigo.
—Somos sospechosos, supongo. Alguno se creerá que lo llevamos como rehén o algo así.
De pronto, se produjo un pequeño alboroto cerca. Minaryan salió corriendo para ver de qué se trataba antes de pedir permiso para hacerlo y, por consiguiente, sus compañeros lo persiguieron con el afán de que no se metiera en líos.
—¿Dónde te crees que vas? ¡Te he visto! —gritaba un hombre con la mano en alto señalando adelante.
—¿Pero no decías que sin tus gafas no veías nada?
—Era la voz de Serquam, escondida bajo una pila de sacos de dormir.
Reptaba con gran habilidad bajo estos. Caminar encima lastraba mucho a los que trataban de interponerse entre ella y su destino, así que varias personas rodearon toda posible salida.
Minaryan estalló en risas y saltó al ataque; en un sorprendente esprint, corrió en zigzag entre las piernas de algunos, desconcertándolos aún más y recibiendo algún que otro empujón hacia el centro.
—¿Mina? ¿Pero qué demonios haces? —gritó Vinadarian.
—¡Sabía que algo tenías que ver con esto, capullo! —La inconfundible voz, educación y vocabulario de Yayika.
—¿Que yo qué? —respondió boquiabierto, incapaz de pestañear ante semejante espectáculo.