11. Cosecha #8
El corro formado por no más de quince personas dejó paso al hombre, que volvía con cierta prisa pero con mucho cuidado.
Traía entre las manos un destartalado y mínimo pastel blanco decorado con yogur y dos figuras de madera talladas encima.
Una de ellas era una mujer y la otra era muy parecida a su hijo.
Vinadarian, que volvió a la realidad en ese momento, dijo con osadía y sinceridad.
—Pero… si no se parecen en nada a nosotros.
Todos, incluso Jinner, estallaron en una desorbitada y estruendosa risa. El señor, quien fue el único que se mantuvo serio, respondió acercándose a él:
—Sin instrumentos de cocina ha sido un trabajo duro hacer un pastel. Acordamos utilizar lo que nos quedaba de huevos, harina, azúcar y aceite en esto para celebrar su unión. Creemos que, a pesar de todo lo malo, aún queda bien en el mundo, y de no celebrarlo, lo estaríamos despreciando. ¿No crees?
—No te hagas el bueno conmigo, viejo. ¿Crees que no sé el apodo que me he ganado? ¿Vienes a hablar de bondades con el que llamáis villano? ¿Del que os burláis por su apariencia?
El hombre sonrió.
—Sí. ¿Con quién si no?
Vinadarian miró a Jinner e imitó la sonrisa del desconocido.
—Quedaos con esa mugrienta tarta y llevaos a estos dos a casa. Tenemos cosas mejores que hacer —replicó de inmediato.
—Una lástima —dijo el extraño—. Me habría gustado enseñarte la zona. Como bien dices, eres famoso por aquí. No estaría mal presumir un poco.
—No nos queda nada con qué comerciar —respondió Vinadarian.
—Ni falta que hace, chico. Vamos, acompáñame. Si tienes prisa, puedes volver mañana y encantado te mostraré el resto —dijo el hombre. Con calma, dejó el pastel en manos de su hijo y comenzó a caminar solo. Jinner supo hacia dónde iba, rumbo suroeste desde la perspectiva que tenían en la montaña.
—Voy contigo, papá —dijo su hijo, sospechando de los dos jóvenes.
—No digas tonterías, tienes trabajo que hacer. Tú y todos, ¿a qué esperáis? No hay nada que ver por aquí —respondió el padre.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Vinadarian, intrigado por su actitud. Él contestó manteniendo el contacto visual.
—Me llamo Tehro, pero también se refieren a mí como Ter o papá. ¿Y tú, joven?
Tragó saliva antes de contestar y tartamudeó con inseguridad, temblándole el labio izquierdo por lo que pudiera pasar al revelar su nombre.
—Vinadarian —contestó. Jinner exhaló aire desde la nariz, incrédulo y molesto.
—Te va que ni pintado. ¿Y tu apuesto amigo?
—Jinner —contestó él con cierta amabilidad.
—Es un honor. Venid, pues, Vinadarian y Jinner, os presentaré a nuestros vecinos que, a su vez, son los cuidadores de vuestros dos huéspedes.
—Ter, me han prometido que jugarían conmigo. ¿Crees que les va a dar tiempo?
Tehro rio con dulzura.
—¿Es una forma de decirme que me dé prisa? No te preocupes, Serquam, si te lo han prometido, solo te queda confiar en ellos. ¿Verdad que sí? —replicó dirigiéndose a ellos.
Los murmullos continuaban a sus espaldas. Era costumbre, un grano de arena más en el inmenso desierto… No. Era distinto. La atmósfera no era completamente radical. Tenían, quizá por primera vez en sus vidas, el beneficio de la duda.
Llegaron a otro campamento aún más desvalijado si es que era posible.
Bajo las ramas de algunos árboles haciendo sombra, junto a un peñasco lleno de musgo había un minúsculo intento de huerto muy reciente, cuatro sacos de dormir en el suelo alrededor de una hoguera apagada y erráticamente construida, con madera aún húmeda y algunos palos afilados plantados en el suelo o rotos.
—¿Por qué estáis solos? —preguntó Jinner, intrigado.
—No estamos solos —contestó Bram—. Cada uno tiene su rol, y nosotros llevamos las algas desde la posición de Ter hasta la posición de Húnila.
Allí tomamos los víveres y cualquier cosa que quieran repartir y las traemos de vuelta.
Hay otros cinco grupos que están igual que nosotros, forma parte de un sistema de trabajo rotatorio en el que todos estuvimos de acuerdo.
Así aprovechamos nuestras circunstancias.
Algas, verduras, legumbres y lo que nos queda de antiguas provisiones.
Poco a poco vamos consiguiendo huertos, muros…
Y más gente. Algún día todo quedará unificado y cobrará sentido.
Mientras tanto, solo nos queda mantener la ilusión y la esperanza.
—Sumamente ineficiente y peligroso sin necesidad.
—Puede ser —respondió el anciano—. Pero tampoco estamos matándonos entre nosotros.
Nos vamos a dormir sin miedo, aunque quizá con algo de hambre, la suficiente como para sobrevivir juntos.
No somos más que un montón de ramitas apiladas, pero por ahora hemos sido lo suficientemente duros como para que no nos partan en dos.
—Me alegro de ello —respondió Vinadarian—. Sois afortunados. Tenéis un sistema extraño para un mundo aún más extraño. No sé si funcionará, pero os deseo lo mejor.
Una chica joven apareció a toda prisa tras el peñasco. A grito pelado, corrió hacia ellos. Serquam se escondió tras de la pierna derecha de Vinadarian.
—¡Serca! ¿Dónde te metiste esta vez? —gritó la joven.
Llamó la atención de ambos amigos. Tenía el pelo corto y descuidado, ojos alicaídos y mirada penetrante.
Era un par de centímetros más alta que Vinadarian y vestía una camiseta de tela sintética marrón y pantalones vaqueros negros llenos de barro y tierra, y lo que le quedaba del calzado eran unas zapatillas con tantos agujeros que dar un número sería inexacto.
—¡No me llames así! —respondió la pequeña.
—¿Y quién son estos dos? Hola, Ter, ¿la encontraste tú? ¿Se fue con vosotros de nuevo?
Ter negó con la cabeza.
—La encontramos nosotros —respondió Vinadarian—. Y a su padre también.
—Esta vez se metió hasta dentro del bosque… No quieras saberlo. Ha sido toda una aventura —recalcó Bram antes de desplomarse contra el suelo boca arriba.
—¿Qué ejemplo le das a tu niña haciendo eso, pedazo de idiota? —replicó la joven—. ¿Sois vosotros los famosos villanos de los que tanto se habla? Sois todavía más feos de lo que imaginaba.
—Genial, otra más en las filas del poco digno equipo mala educación —respondió Vinadarian con un ademán alicaído.
—¿Desde cuándo ser honesta es ser maleducada, capullo? —contestó ella al instante cerrando el puño y confrontando a Vinadarian cara a cara, quien no mantuvo el contacto visual y lo llevó hacia la pequeña Serquam.
— Y ahora suelta un taco delante de la niña —replicó él con saña.
—Y cuidado no te suelte una buena hostia. —De nuevo una respuesta instantánea de la joven, con la rotundez y fuerza suficiente como para que Jinner la tomara en serio.
—Me gustaría verte intentarlo —contestó este último, desafiante, poniéndose entre ambos.
—No tendrás que esperar mucho —sentenció la chica.
El anciano tomó a Jinner del brazo izquierdo con objeto de llamar su atención, pero este mantuvo los ojos sobre la mujer. Ninguno parpadeó, respiró ni mucho menos desvió la mirada.
—¿Pero por qué nos quieres pegar? ¿Por llamarte maleducada? Es que además de maleducada eres insufrible. Pégame si quieres, no te la vamos a devolver. No mereces la pena —respondió Vinadarian apartando a Jinner.
Ella se mantuvo callada, pero Serquam no.
—¡Oye! Yo solo quería jugar un rato. ¿Por qué siempre te peleas con todo el mundo?
Vinadarian formuló su ya acostumbrada sonrisa burlona.
—Qué raro, ¿no somos los primeros? Quién lo diría… Contesta a su pregunta, ¿no?
Relajando el cuerpo y relamiéndose las muelas superiores con la boca abierta, el ceño fruncido y la nariz arrugada en un gesto muy desagradable, resopló y terminó mascullando una contestación.
—Han sido días largos. Creo que sí estoy siendo un poco exagerada, quizá también algo maleducada. No retiro nada, pero me disculpo.
—Gracias a Dios —soltó Tehro, camuflando el suspiro aliviado de Bram, que fingía no escuchar nada desde el suelo.
—¿Y a qué viene esto? ¿Quieren algún tipo de pacto para unirse a nosotros después de lo del caldero? —preguntó omitiendo su presencia, dirigiéndose al anciano en exclusiva.
—Todavía no —contestó este sonriendo a Vinadarian—. Le prometieron a Serquam que jugarían con ella.
—Pues no hace falta, ya me quedo yo con la cría. Podéis ir marchando a casa —dijo ella devolviendo la vista a los dos amigos.
—¡Eh! ¡No hables por mí! —gritó Serquam.
—Ya la has oído —contestó Vinadarian con el único propósito de molestarla.
—Yayika, deja de comportarte así. Deberías ser un poco más agradecida. —sentenció el anciano.
—¿Ahora tú también te pones de su parte, viejo? —replicó ella—. Haced lo que queráis. Me voy, que, al contrario que vosotros, tengo trabajo que hacer.
—Antes de nada… —dijo el anciano—, quería pedir un último favor, ahora que vuestro cometido ha llegado a buen puerto.
—Serquam hizo una pedorreta, lo que generó la carcajada de Yayika y su posterior expectación—.
Al núcleo de nuestro hogar lo llamamos despensa, o algunos lo llaman cocina.
Ahí guardamos las sobras que trajimos de la gran ciudad cuando aún era segura, y nuestra líder o, bueno, ella prefiere el término representante, Húnila, querría proponérselo.
Estoy seguro de que sabéis a que me refiero.
—Quizá en otro momento —contestó Vinadarian antes del no rotundo de Jinner a punto de aterrizar—. También ha sido un día largo para nosotros. Creo que jugaré un rato a lo que quiera esta renacuaja y nos marcharemos a casa tal como nos ha indicado la yayi.
—¿Qué? —preguntó esta con cara de asco—. ¿La qué? En fin… Me marcho —dijo volteándose indignada ante la mofa del chico.
—Es fácil enfadarla, ¿eh? —dijo a Serquam con una pícara sonrisa—. Ahí tienes un regalo de despedida, cuando te llame Serca, llámala yayi. Verás qué risa.
Serquam se dejó llevar por la situación y se rio, rebajando la tensión y dejando una sonrisa en la cara de la joven Yayika antes de marchar.