Rinaryan: La huella de un fantasma 11. Cosecha #7
36%

11. Cosecha #7

—¿Jinner? —gritó ajeno a todo posible peligro.

Adentrándose entre los árboles buscaba a un lado y a otro, y encontró vestigios de su lucha.

Ramas rotas, rocas partidas… Su oponente podría haber estado a su altura después de todo.

Nervioso, gritó con más fuerza—: ¡¡Jinner!

! —No podía creerlo. Se apresuró siguiendo como pudo las huellas tras una pequeña colina, denotando un grueso hilo plateado, rastros de sangre y una de las criaturas del subsuelo cojeando hacia él—.

Es imposible. No nos habría dicho que huyéramos si algo así le hubiera atacado —dijo cerrando el puño y avanzando con rabia hacia ella—.

Apártate de mi camino —farfulló a punto de propinarle un puñetazo, cuando detrás de la criatura surgió el auténtico adversario de su amigo.

Más grande, ancho y fiero, herido de gravedad…

No le quedó ninguna duda, la idea se reformuló en su cabeza.

«Si Jinner ha sido derrotado, yo no tengo ninguna oportunidad…

». Con la situación revertida, la bestia atacó en sincronía con su semejante, pero Jinner apareció de entre los árboles para detener ambos ataques.

—Ya basta —susurró mirando a los ojos a la enorme criatura, que envolvió con sus brazos a su semejante y lo desplazó fuera del alcance de Vinadarian.

—¿No me escuchas? —dijo este, molesto, abstrayéndose completamente de la situación y girando a Jinner hacia sí con brusquedad.

—No estaba seguro de si me llamabas o tratabas de advertirme sobre algo. Quería comprobarlo primero —respondió, estoico, con una media sonrisa burlona.

—Mierda. Encima tienes una buena disculpa.

Estaba preocupado, no sabía con qué demonios te estabas enfrentando.

Al ver que solo era un bicho de setenta metros de ancho y de largo con garras más largas que mi cabeza y su abogado, claramente me he tranquilizado —dijo Vinadarian empujándolo hacia atrás.

—Perdona, tío. La próxima vez me aseguraré de escribirte una carta mientras.

—Sé que estás siendo sarcástico, pero no sería mala idea, no —contestó exhalando aire y preocupación a partes iguales.

La enorme criatura de repente se tomó de la muñeca derecha y mantuvo el brazo quieto. Acto seguido, con el índice izquierdo se cortó parte de la uña del meñique derecho, recogiéndolo de inmediato en el aire y ofreciéndolo con ambas manos alzadas.

—¡Cógelo, corre! —gritó Serquam desde atrás. Su padre la mandó callar como pudo, poniéndole la mano en la boca y escondiéndola tras el árbol, pero ella le mordió y se zafó de inmediato—. Es su forma de demostrarte respeto. Si no lo coges, se sentirá muy humillado.

Jinner la escuchó y miró a Vinadarian, quien asintió levemente con la cabeza.

—Ha sido un digno adversario —respondió Jinner, cogiéndolo con delicadeza.

La criatura hizo una reverencia y tomó a su semejante en brazos. Caminó tranquilamente hasta desaparecer en la frondosidad del bosque bajo la mirada de los humanos.

—¿Cómo es posible que alguien tan enclenque y pequeñajo como tú haya podido ganar a Grandote? —dijo Serquam acercándose a Jinner por la espalda y barriéndolo de arriba abajo con los ojos.

—La hija. De tal palo tal astilla, igual de maleducada que su padre —respondió este de inmediato.

—He visto a Grandote romper rocas con la mano y arrancar árboles y replantarlos enteros. Todos los demás lo tienen como si fuera su papá y obedecen lo que dice. Él los protege de tontitos. Nunca lo había visto perder —dijo la pequeña con los ojos entrecerrados.

—¿Se puede saber por qué habla como si llevara meses conviviendo con esas criaturas? —preguntó Jinner, intrigado y confuso.

—Dice eso, pero ella no le hace ni puñetero caso a su padre. Y tiene como cinco años —dijo Vinadarian entre carcajadas.

—¿Hay más como él? —le preguntó Jinner a la pequeña.

Serquam negó con la cabeza.

—Que yo sepa no, pero tampoco lo sé todo.

—Va siendo hora de volver, ¿no crees? —preguntó Vinadarian.

Bram asintió con la cabeza y se contuvo las lágrimas.

—Serquam, cariño, ¿sabes el camino a casa desde aquí? —preguntó su padre.

Ella lució una gigantesca sonrisa y respondió con honestidad y rotundidad:

—No. Pero siempre termino llegando.

Jinner suspiró, irritado.

—¿Podéis al menos decirnos donde está situada? Creo que puedo orientarme desde aquí, pero necesito algún dato.

—Estamos cerca de la aldea que timasteis. La del caldero de esta mañana —respondió Bram sin una pizca de delicadeza.

Acostumbrados ya a las groserías involuntarias del hombre, ninguno reaccionó.

—Bien, pues ya tenemos un destino —dijo Jinner. Miró a Vinadarian de arriba abajo—. ¿Y el zumo? —preguntó extrañado.

Vinadarian se sobresaltó y contestó gritando:

—¡Mierda, es verdad! ¡Debe habérseme caído al agua!

—¿Qué hacemos ahora? ¿Dejamos a estos dos y volvemos? —preguntó Jinner.

—Qué remedio… —respondió Vinadarian.

Serquam tiró de su mano.

—No, no, de eso nada. Me has prometido que te quedarías a jugar.

Jinner arqueó la ceja con los ojos entrecerrados en una mirada acusadora.

—Sé que te lo dije, pero… se nos ha complicado —replicó Vinadarian, evitando el contacto visual con su compañero.

—¿El zumo era para estafarlos de nuevo? —preguntó Bram.

—Sí. Es mano de santo para la diarrea que dejan los frúzules —contestó Vinadarian con naturalidad ante una Serquam boquiabierta por el motivo equivocado.

—¿Frúzules? ¡Qué nombre tan guay! ¿Qué es eso? —preguntó la pequeña.

Vinadarian resopló hastiado antes de contestar.

—Una fruta. O verdura. ¿Hortaliza? Comida, en definitiva.

—En marcha. Ya nos hemos distraído suficiente, Vina. —Él asintió con la cabeza y se frotó los ojos con los puños apretados—. Con algo de suerte, nos recompensarán por haber ayudado a estos dos.

—No te quepa duda —respondió Bram—. O eso me gustaría decir, si no fuera porque os odian a ambos. Lo más inteligente que podéis hacer es dejarnos lejos de la aldea. Ya los estafaréis mañana.

Vinadarian rio nervioso, asustando a Bram y contagiando la risa a la pequeña.

—No, no, de eso nada, Bram. Tenemos estafas de todo tipo… ¿o no te habías dado cuenta? Puede que no traigamos el zumo, pero sí tenemos mercancía.

Jinner acompasó la afirmación de su amigo con una malévola sonrisa.

Más pronto que tarde, sus siluetas fueron vislumbradas por el guardia de la aldea a la que se dirigían.

Ellos la llamaban la aldea pesquera. Suponían que se dedicaban a ello para sobrevivir al observar la falta de cultivo y el abundante ruido acuático.

Dada la proximidad con el lago y la abundancia de geevars, les pareció obvio en una primera visita; sin embargo, al acercarse por segunda vez lo contemplaron con otros ojos.

Había grandes palos apilados uno frente a otro en un intento de muro a medio construir; no eran demasiado gruesos pero sí lo suficiente como para aparentar una defensa.

Las tiendas de campaña hacían uso de dichos palos en un sistema en el que ponían paja y tiras de ropa seca como techo, atados con algas y una capa de gravilla, arena o alguna sustancia térrea y granulosa espolvoreada como polvos de talco sobre la piel.

Apenas los protegía de la lluvia y el sol, lo suficiente como para mantenerse refugiados siempre y cuando no hubiera un temporal de viento o una tormenta.

Un dúo compuesto por un hombre mayor, de pelo lacio y canoso, en buena forma y con una sonrisa natural y sincera vistiendo su rostro, y un hombre más joven, sin pelo e igualmente en buena forma, con hermosos ojos azules, sudoroso y cansado transportaban uno de esos no tan enormes troncos.

—No seas llorica, yo a tu edad ya tenía seis hijos.

—¿Y eso que tiene que ver con que tengo el estómago dando volteretas, papá?

—Que más sabe el diablo por viejo que por diablo —respondió guiñándole el ojo derecho.

—¿Estás diciendo que me encuentro mal porque Inama está encinta?

—Siempre has sido un niño muy avispado chico, qué pena que perdieras esa aptitud al crecer.

—¡¡Papá!! —gruñó el hijo, percatándose de la estupefacción de su padre, que dejó caer el tronco, boquiabierto, al ver las siluetas surgir del bosque.

Acompañando su mirada, lo entendió al instante. Un chico gordo con barba incipiente y desarreglado, pelo corto y ojos marrones, y su compañero, musculado y de ojos verdes y tenebrosos, rubio e imponente. Venían con Serquam de la mano y Bram en brazos.

—¡Saludos, compatriotas! ¡He vuelto sano y salvo! —trató de gritar Bram con la garganta desgarrada, escuchándose tan solo un hueco y sufrido gruñido seco.

—¿Esos cabrones tenían secuestrada a la pequeña? —dijo el hijo, avanzando un par de pasos con la valentía prendida por su sentido de la justicia. Su padre lo miró de reojo, orgulloso, y posó la mano en su espalda implorando calma.

—¿Qué se les ofrece? —preguntó el anciano—. Creíamos que con el caldero de esta mañana era más que suficiente.

Como era costumbre ante estas situaciones, Vinadarian se carcajeó nervioso y negó con la cabeza.

—¿No se os ha perdido nada? —preguntó adelantando a Serquam con cierta brusquedad.

—¡Eh! —masculló ella arrugando la nariz y frunciendo el ceño.

—¡Déjala tranquila! —gritó el joven.

Enseguida se formó un corro de personas acercándose curiosas y alteradas a partes iguales.

—¿Queréis a estos dos de vuelta? Lo tenéis fácil, solo necesitamos…

—Vinadarian zarandeaba la cabeza de un lado a otro al caminar, forzando una sonrisa de medio lado para que no fuera tan obvio que observaba si había algo que pudiera serles útil, pero el caldero era todo lo que tenían—. ¿Jinner? ¿Comida?

—Solo huelo algas. Ni rastro de carne o pescado —respondió con rotundez.

—¿Solo comen algas? —preguntó Vinadarian, extrañado.

—Tenemos comida —respondió el anciano, adentrándose entonces entre la multitud.

—Serquam, de dónde vienes tú, ¿tenéis algo interesante?

—¿Por qué? ¿Nos lo quieres robar? —preguntó con inocencia.

Vinadarian chasqueó molesto y dejó de preguntar, quedó a la espera de lo que tuviera que traer el señor, con los brazos cruzados y la mirada perdida, absorto en sus pensamientos.