Rinaryan: La huella de un fantasma 11. Cosecha #6
35%

11. Cosecha #6

Serquam asintió e hincó el brazo entero en el bloque sobre sus cabezas.

No se había fijado hasta ahora, pero era el último en esa dirección, el resto de la tierra estaba compactada.

Con la rapidez de la experiencia y la eficacia de la maña, lo volteó hasta dejarlo en un ángulo perfecto para que pudieran subir, quedando ella en el punto más alto.

Al hacerlo, parte se mojó y humedeció la tierra adyacente.

Vinadarian subió primero, y tras él fue Bram.

Sin mediar más palabra, Serquam trazó la ruta en un abrir y cerrar de ojos.

Frente a ellos estaba la huerta de las criaturas, fresca y bien cuidada y llena de vida.

Desde bichos hasta hongos nacían y morían allí, aunque, curiosamente, y al contrario que el resto de las estructuras, edificaciones o construcciones de la madriguera, no había parcelas y existía un desorden palpable, probablemente voluntario.

No podía evitar fijarse con el rabillo del ojo pese a su preocupación.

Las criaturas se acercaban pacíficamente con sus largas patas bípedas y su morro felino cabizbajo en una disculpa solemne mientras recogían algo con ambas manos juntas, sumo cuidado y torpeza, y se alejaban hasta la parcela más cercana caminando hacia atrás con la vista en el suelo y los brazos alzados.

Una vez llegaban, levantaban la vista con calma, buscando algo antes de devolver su atención a la comida.

Después, bajaban las manos hasta la cintura y la sostenían con las garras, la abrían con una precisión quirúrgica y, en caso de tener semillas, las tomaban y las lanzaban con fuerza al aire en dirección a la enorme huerta.

Concluían su pequeño ritual alzando el alimento una última vez justo antes de dejarlo caer sobre sus bocas abiertas.

—Ahora hay que subir aquí —dijo la pequeña señalando un cilindro estrecho y alargado que llegaba hasta uno de los edificios más altos. Sin perder el tiempo, lo escaló con relativa dificultad.

—Te gusta más venir aquí que irte, ¿eh? —dijo Vinadarian jugueteando con ella, consiguiendo una inocente risilla de su parte.

—Ahora hasta allí —dijo señalando hacia delante y echando a correr.

—Me va a dar algo —contestó Bram—. ¿No hay alguna forma más segura?

—¡Venga, papá! ¡Que es urgente, jopé! —respondió ella.

—No me gusta nada este lugar. Esas criaturas me dan muy mala espina, te prohíbo terminantemente volver aquí —continuaba farfullando como podía mientras la seguían.

Era muy rápida, mantenía un equilibrio casi perfecto, aunque se tambaleaba de vez en cuando.

—Ahora aquí. —Otra estructura similar se entrelazaba, aunque en una pendiente mucho mayor, y les permitía llegar hasta el techo.

—¡No, no y no! Yo no puedo seguir, sube tú y protege a tu amigo, hasta aquí he llegado —sentenció Bram.

—¡¡Papá!! ¡Deja de hacer el idiota! ¡Él te ha acompañado a buscarme, así que tú lo ayudas con su amigo! —gritó Serquam, retumbando por todo el subsuelo.

—¿No ves que me voy a matar, hija? —gritó Bram, aterrado, incapaz siquiera de mirar hacia abajo.

—¡Pues quédate ahí! Ya volveremos después a rescatarte entonces —respondió ella, sulfurada.

—Un último esfuerzo, esto no es nada, Bram. ¡Si yo puedo, tú también! —contestó Vinadarian tratando de darle una oportunidad de no decepcionar a su hija.

—Está bien, está bien —dijo levantándose por completo—.

Una, dos y… ¡Treeeegua! —gritó antes de salir disparado hacia delante con los ojos cerrados, asustando a Vinadarian y provocando que él también tuviera que correr.

Serquam llego al poco y reaccionó como pudo, volteando el bloque de arriba y preparando la entrada para ellos en un ángulo más que sencillo de escalar.

Vinadarian llegó, chocó la mano con la de la pequeña a modo de celebración y, acto seguido, fue arrollado por su padre, quien casi los tira al vacío.

Con incredulidad, el joven abrió los ojos de par en par cuando presenció a Serquam sosteniendo a ambos por un instante.

De pronto, el bloque se volteó, creando una polea entre ellos y la niña.

Al tratar de apoyarse, la tierra se deslizó, y pronto notó un tirón muy fuerte en el brazo. La niña, definitivamente, pesaba mucho más de lo que pudiera haber imaginado; de hecho, más de lo que debería ser posible dada su apariencia.

—¡Espera, espera, súbeme un poco, porfa! —dijo ella.

Vinadarian asintió extrañado y tiró del lado contrario con extrema cautela, ignorando los intermitentes e incómodos gritos asustadizos de su padre al mirar el vacío bajo sus pies.

—Un poquito más…, un poquitito más… Así, ¡así está! —dijo ella al llegar a tocar el bloque de nuevo.

Como un balancín, el bloque subió haciendo que ellos cayeran y la pequeña subiera encima. De inmediato, volvió a voltearse, provocando el movimiento contrario y alzando a ambos, pero no lo suficiente para que llegaran.

—¡Otra vez! —gritó ella.

Sin tiempo para razonar qué demonios estaba ocurriendo, Vinadarian supo qué tenía que hacer, y en el siguiente balanceo, en el momento de máxima inercia y altura, con todas sus fuerzas lanzó a Bram encima del bloque junto a su hija, haciendo, ahora sí, el suficiente contrapeso como para poder subir él también a los pocos segundos y con la ayuda de la pequeña.

Jadeando, incrédulo, maravillado y catatónico, miró a la pequeña a los ojos, quien replicaba la misma mirada hacia él.

—¡Eres increíble! —se dijeron al mismo tiempo.

Serquam recuperó la compostura primero. Se acercó a las esferas del costado y comenzó a quitarlas a toda velocidad.

—Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, ocho, neven , dez … Omce . Vale, vale, ¿Cómo era? Siempre se me olvida.

—Te has saltado una. Después del seis va el siete —dijo Vinadarian, quitando otra.

Ella se sonrojó, avergonzada.

—Vale, perdón… Vale, sí, sí. Era eso, sí.

¡Mira! ¡Mira, mira! —cacareó tratando de alardear.

Bram aún tomaba aire y observaba desde lejos.

Con premura, saltó al bloque superior contiguo, hundiendo el brazo como si nada y dejándose caer, volteando el bloque en su dirección y quedando tapada por él.

Frente a ellos se formó una inmensa rampa hasta la superficie, conectando todos los bloques de tierra como uno solo.

—Por aquí podéis salir —dijo ella, agitada.

—¿Y tú? ¿No me digas que pretendes quedarte aquí? —preguntó Vinadarian.

—¡No! ¡Yo os sigo de cerca! —respondió la pequeña en un tono juguetón y nervioso.

Bram negó con la cabeza, pero no tenía energías para levantarse.

Vinadarian refunfuñó y volteó el bloque parcialmente, provocando el efecto en cadena en los superiores y pudiendo así ver a Serquam toqueteando las esferas del pasillo al otro lado.

El joven se agachó y tomó la mano de Bram, arrastrándolo bajo el bloque superior hacia el lado de la pequeña.

—Tenemos prisa, pero no la suficiente como para dejar que nos engañe una renacuaja que se cree más lista de la cuenta —dijo con una sonrisa de medio lado. Ella contestó con una carcajada orgullosa y chillona y otra sonrisa.

—¿Puedo por lo menos pedir una condición? —preguntó ella—. Soy la única niña en la aldea, y no tengo nada que hacer salvo poner ropa a remojo y obedecer a los mayores… Es muy aburrido, no dicen más que palabrotas, nunca hacen nada divertido. Si voy con vosotros…, ¿jugaréis conmigo?

—¿Cómo puedes decir algo así, Serqui? Todos te quieren un montón —respondió Bram, sorprendido.

—No puedo hablar por mis compañeros, pero te prometo…

—Vinadarian se atragantó al utilizar esa palabra.

Estuvo a punto de retractarse cuando vio el brillo en los hermosos ojos de la pequeña—.

Te prometo que intentaré pasarme a jugar contigo siempre que pueda.

Tengo un hermano pequeño que también estaría encantado de conocerte.

—¿Un hermano pequeño? ¿Cuántos años tiene? ¿Está tan loco como tú? —preguntó ella, desvergonzada.

Vinadarian dejó escapar una pequeña risotada antes de contestar poniéndose en cuclillas y mirando frente a frente a la joven.

—Quizá no tanto como yo, pero diría que sí se asemeja a tu locura, renacuaja —respondió acariciándole la cabeza.

Bram dejó escapar un leve «Gracias» que se perdió en el aire, pero caló hondo.

Rebosante de ilusión, con la boca abierta y las manos temblorosas, la voz de la niña temblaba al contestar:

—¡No se hable más! Rumbo arriba, destino: superpifia —dijo con orgullo.

—Superficie —corrigió Vinadarian—. Las pifias son las que tú le preparas a tu pobre padre.

Repitiendo el proceso, recolocó una de las esferas volviendo el bloque a su posición original.

—¿Cómo demonios funciona eso? —preguntó el joven.

—A los peces les gusta el orden —respondió ella con una contundencia avasalladora. Vinadarian lo tomó como una respuesta incoherente de una cría tratando de hacerse la interesante, por lo que apenas contuvo una carcajada y asintió con la cabeza.

No era más pesado, tampoco más ligero. Desplazar un bloque simplemente movía el resto como si se tratara de un complejo y eficaz mecanismo.

No podía entender cómo funcionaba, tampoco disponía de los medios o los conocimientos como para planteárselo, pero lo maravillaba hasta el punto de dejar de parpadear unos segundos al presenciarlo.

Un largo camino hasta la superficie. Podían ver la luz del sol llegando desde arriba. Bram sería quien pusiera palabras a la preocupación.

—¿Qué hacemos si no está? Si se ha ido o…

Serquam tragó saliva y clavó la mirada con atención en Vinadarian, quien, petrificado, exhaló una bocanada de aire caliente.

—Lo peor que le puede haber pasado es aburrirse esperando —sentenció, emprendiendo una calmada marcha. Pronto lo seguirían padre e hija, curiosos y expectantes.

Subieron en silencio, atentos a cualquier sonido y sin pausas. En la superficie no encontraron rastro de Jinner.

Vinadarian se adelantó, preocupado.