11. Cosecha #5
—No hay vuelta atrás. Subir es mucho más difícil que bajar. O salimos con ella o no salimos de aquí. Es irónico, pero la única que puede salvarnos una vez la encontremos es tu hija. ¿Cómo habías dicho que se llamaba? —respondió Vinadarian recuperando algo de aliento.
—Serquam. Proviene del latín, se lo puso mi esposa. Significa «de cualquier forma» —contestó Bram, aliviando un poco la tensión.
—Es bonito, aunque puede tener muchos significados según se mire. Puede ser algo como resiliente o también bruta. ¿No? — respondió Vinadarian.
—No sé qué significa resiliente, ¡pero sigue cavando! —sentenció Bram, enervado al ver su actitud.
—Significa que es capaz de superar adversidades. Mis padres eran profesores de literatura —dijo hundiendo el brazo en el bloque de tierra.
—Tengo mucho miedo, villano. No sé ni en que estoy pensando. Solo quiero gritar y tengo la garganta deshecha —contestó Bram con rapidez.
—Otra vez villano… En fin. ¿Qué es lo quieres gritar? —respondió exhalando aire caliente por la nariz.
—Solo quiero que mi hija sepa que su papá viene a salvarla —dijo en un leve balbuceo.
—Vale… —Vinadarian se escupió en las manos y se lavó como pudo, quitándose la mayoría de tierra acumulada—. Si podemos oírlos, ellos también a nosotros. Escúchame bien, quédate aquí a un lado hasta que sepamos que tu hija puede sacarnos sanos y salvos.
—Pero… podrías morir —respondió preocupado.
Vinadarian se carcajeó con cara de loco.
—No sería la primera vez. Y mientras no me dé diarrea, me da igual —concluyó empujando a Bram a un costado, inhalando con fuerza y armándose de valor—. ¡¡SERQUAM!! ¡TU PADRE HA VENIDO A BUSCARTE!
—¡Escóndete, corre! —Se escuchó en un grito contenido desde debajo.
Con la mano hundida en el suelo, la volteó poco a poco para mantenerse en equilibrio al bajar y vislumbrar qué demonios había ahí abajo.
—¡No lo hagas, chico! —mascullo con las fuerzas que le quedaban Bram al lanzarse al bloque en el que se encontraba su compañero, deslizándolo y cayendo con él.
La vista fue embriagadora, tanto que a Vinadarian se le olvidó el instinto asesino que sintió al chocarse con el afligido pero igualmente inoportuno padre.
Decenas, quizá cientos de metros de altura, en un lugar el que había enormes construcciones de arriba abajo.
Luz, frondosidad, frescura e incluso agua recorriendo la inmensidad del territorio tomado por la misma especie, esas criaturas que deambulaban de un lado para otro en sincronía y paz, llevando consigo desde fósiles, cadáveres de sus congéneres y baratijas hasta semillas, armas o redes.
Puentes entre alturas interconectaban edificios y túneles, y se construían y remodelaban a medida que vislumbraban cada rincón de tales maravillas, hincando las patas y adhiriéndolas para llevarlas donde consideraran, reformulando estructuras complejas en minutos.
Pero lo que más llamó la atención de Vinadarian fue el huerto. Un enorme y frondoso huerto lleno de bayas, árboles, cereales y hongos. Las criaturas se arremolinaban y los tomaban con discreción y cuidado, reverenciándose mientras se iban unos metros hacia atrás con ello entre las manos.
Y, aún ensimismados, en la propia caída escucharon la voz prometida, reconocible tanto para un padre como para un loco.
—¿PAPÁ? —Era la voz de una niña, chillona, dulce y algo irritante.
Provenía desde su retaguardia. Bram agarró del cuello a Vinadarian y tiró de él para girarse para verla.
Este último cerró el puño a punto de ceder ante las ganas de golpearlo cuando, de pronto, la contempló.
Una niña delgada, de pelo negro y liso, aunque algo rizado.
Su camiseta estaba llena de barro y babas, la quedaba enorme y no tenía pantalones, pero sí unos zapatos de cordones desatados que, aun estando hasta arriba de mugre y tierra, podían percibirse como azules por las pequeñas zonas no cubiertas del todo.
Vinadarian exhaló aire tratando de calmarse y pensar algo para que pudieran sobrevivir a la caída cuando, antes siquiera de poder mirar al suelo, la propia niña se lanzó hacia ellos, agarrándose a su brazo.
—¿Y tú quién eres? —preguntó con una preciosa sonrisa a pesar de los múltiples dientes que le faltaban.
Sin saber qué hacer, subió a la niña y la abrazó con fuerza, preparándose para mitigar su caída como pudiera. Cayó de golpe en uno de los bloques, rotándolo por completo justo antes del impacto de Bram, y aterrizando un piso más abajo en una especie de lago conectado con toda la sala superior.
—¡A mí también me encanta hacer eso! —gritó la niña, repleta de felicidad—. Jolín, ¿cómo me has encontrado, papá? —preguntó justo antes de que su padre aterrizara de espaldas contra el agua, salpicando el bloque que seguía.
Los castaños ojos de la pequeña irradiaban alegría, aunque su rostro inquieto desviaba la mirada muy de vez en cuando, denotando que quería esconder algo.
Tenía las pestañas largas y la nariz chata, los labios finos y las mejillas rojizas, algo que contrastaba con las magulladuras y pústulas alrededor de sus hombros, aunque, sorprendentemente, no parecían recientes.
—¿Qué quién soy? —dijo Vinadarian, sulfurado—. Un tipo con mucha prisa, pocas cosas que hacer y nada que perder. Así que, criaja, ya vas desembuchando cómo demonios salimos de aquí.
—¡Ah, vale! Encantada, me llamo Serquam…
Aunque me pareció escucharte llamándome.
¡Salir es muy fácil! Hay que subir a la huerta, pero no toques nada, es que es importante para ellos.
Bueno, subes allí y… ¿Sabes qué? Mejor os llevo yo —dijo entrelazando cortas respiraciones nerviosas, saltando desde la espalda de Vinadarian al agua al terminar de hablar.
—Odio a los críos —dijo Vinadarian, camuflando el sonido de sus palabras en el salpicón de la muchacha.
—¿No es encantadora? ¡Qué avispada, qué lista, qué maravilla de chica!
Si no estuviera hecho una pasa por el frío, el dolor y el miedo que tengo ahora mismo, le haría yo mismo su club de fans —gritaba el padre, que a duras penas podía seguir el ritmo de nado de su pequeña, que ignoraba sus estrafalarios ruidos con suma maestría.
—¿Avispada? —contestó Vinadarian, molesto, desviando la mirada hacia ella.
Nadaba fatal, lanzando un brazo en horizontal y otro en vertical, golpeando el agua con fuerza con los pies para impulsarse hacia delante, pero con tal energía que, de algún modo, la mantenía a flote y avanzando.
Ver tal acontecimiento disolvió su enfado, más cuando observó que seguía sonriendo de oreja a oreja y tratando de respirar entre brazadas—.
Más bien, amorsada —contestó por pura inercia con una carcajada a modo de aplauso a sí mismo, arrepintiéndose al instante.
Lo había olvidado, pero él tampoco sabía nadar.
Quedaban dos opciones en su haber: imitar a la niña o a su padre.
Optó por la tercera y más ridícula, crear su propio estilo de nado improvisado, siendo el último en llegar hasta el lugar donde la niña pararía en seco. El agua era un poco más profunda, pero no parecía haber nada fuera de lo normal, salvo que se escuchaba el ruido de una cascada o algo similar.
— Me gusta tu estilo —le dijo la pequeña al llegar.
Pudo detenerse agarrándose a uno de los bloques, algo que su padre tuvo dificultades para replicar, ya que se necesitaba una fuerza considerable.
Vinadarian estaba tan avergonzado que ni siquiera supo cómo responder—.
¡Pacapám! —gritó de improvisto ella asustando a los dos adultos, tomando a ambos del pecho y hundiéndose en el agua.
Por algún motivo, parecía pesar una tonelada.
En un acto reflejo, ambos cerraron los ojos las primeras décimas de segundo.
Serquam les dio dos toquecitos en la nuca, tratando de indicarles algo y, con esfuerzo, ambos los abrieron, contemplando algo inédito y tan maravilloso como la propia madriguera.
El lago subterráneo estaba repleto de esas esferas luminosas que flotaban y caían en repetida secuencia hasta hundirse más allá del agua y desaparecer, mientras que otras, provenientes de la tierra, surgían y botaban en el agua, iluminando las profundidades.
Geevars pequeños parecidos a sardinas, pero sin ojos y con una trompa ancha y abierta que supuraba aire en burbujas, tomaban las flotantes y las plantaban en el suelo de nuevo, creando una ilusión de luz, color y movimiento perpetuo.
Obnubilado, Vinadarian se perdió en su propia mente.
¿Era esto provocado por las criaturas de arriba?
¿Algún tipo de organización entre distintas especies?
Maravillado, quería mostrar su alegría a sus amigos, ignorando en ese momento que no estaban con él.
Se dejó llevar sonriendo con la boca abierta, encontrándose tan solo con la pequeña, que había quedado pendiente de sus reacciones, y al verlo comenzó a reír, dejando salir un montón de burbujas. «Jinner tiene que ver esto», pensó.
Serquam los agarró de nuevo y subió en un instante.
—¿Qué demonios era eso? —preguntó Bram.
Con pesar, su pequeña respondió.
—¿No te ha gustado?
Bram agitó la cabeza negándolo por completo.
—Era horripilante, como si me tragara el mismo infierno. ¿Qué demonios eran esas criaturas? ¿Son los monstruos de los que me hablaste? Hay que salir de aquí ahora mismo.
Vinadarian asintió, para sorpresa de la chica.
—Jinner puede estar en problemas. Tenemos que llevarnos a la niña ya.
— Me llamo Serquam —respondió ella, ofuscada.
Bram la ignoró.
—¿Y qué hacemos si tu amigo está muerto? —preguntó con inseguridad, pero no hubo respuesta.
— Serquam, por favor, nos hemos metido en un problemón buscándote y tenemos que salir de aquí ahora mismo.
Un amigo nuestro puede estar en muchos problemas, pero tu papá y yo somos unos idiotas y hemos entrado aquí para buscarte sin saber salir.
¿Puedes llevarnos hasta el exterior lo antes posible? —preguntó Vinadarian, preocupado.