Rinaryan: La huella de un fantasma 11. Cosecha #4
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11. Cosecha #4

—¿Es eso algún tipo de seña para tu amigo? —preguntó al aire.

Vinadarian mantenía la lengua fuera, concentrado en su tacto y volcando el peso de su cuerpo hacia un costado. Rasgó la superficie un par de veces hasta dar con lo que buscaba.

—No puede ser —dijo en voz alta, dejando a Bram hiperventilando y estático, con la boca abierta y los ojos secos, temeroso hasta de parpadear.

El joven apretó los dientes y tiró hacia arriba con fuerza, desvelando que bajo esa misma huella se escondía un bloque de tierra rectangular.

Su centro, marcado por el punto más hondo, servía como un eje denso y estable sobre el que rotó.

El giro le hizo perder el suelo y caer a lo que parecía un agujero, un paraje subterráneo que se abría frente a Bram, petrificado al contemplarlo.

Con premura, el joven se levantó desorientado observando sus alrededores: un inmenso pasillo iluminado con lo que parecían unas ampollas o escamas salientes de la tierra misma, bulbos negros que emitían luz azulada tenue, colocados uno enfrente del otro a ambos lados por todo el recorrido.

Esa infraestructura era, sin duda, humanoide, lo que aceleró la respiración de Vinadarian.

Pensamientos atribulados oscurecieron su mente. Dolor, pesar, soledad… De nuevo volvieron como si nada hubiera pasado, como si no hubiese cambiado en absoluto.

—Vinadarian… ¿Me escuchas? —gritó Bram temiendo también por su propio pellejo.

—Te escucho —respondió. «Jinner podría escucharlos desde aquí», pensó, despejando sus dudas en un alarde de ingenio—. Bram, necesito que me orientes hasta el final de las huellas. Jinner debería estar por allí a estas alturas. Si hablas en voz alta, te escucho. Búscalo y sigue berreando —contestó.

—¡De acuerdo! —afirmó Bram. Muy consciente de la primera advertencia sobre sus gritos cerca de esas criaturas, se dejó llevar por la seguridad y fuerza en la voz de Vinadarian.

—¡Serquam! ¡Soy papá! ¡Estoy muy preocupado! —dijo acelerando el paso hasta esprintar, bajando la vista de vez en cuando para comprobar que seguía la ruta correcta.

—¡¡Jinner!! ¿Puedes oírme? —gritó Vinadarian acompasando a su compañero de estruendos, indicándole así dónde se encontraba él también.

El pasillo parecía interminable, tanto que, de no ser por el ruido exterior y las huellas marcadas cabría la duda de si habían avanzado en absoluto.

Más allá del horizonte había un fondo negro y la estructura era tan pulida y tan regular que no había ninguna diferencia entre el lugar del que cayó y en el que se encontraba ahora, incluso las huellas de las criaturas eran regulares y simétricas.

Tras veinte o treinta minutos de recorrido gritando con sus voces a punto de colapsar, llegaron al punto en el que obtuvieron respuesta, aunque no fue la esperada. Jinner, nervioso e irritado, con trazos de miedo en su voz les contestó como pudo.

—¡¡Salid de aquí!! ¡¡No es seguro!!

—¡Bram! ¿Aquí terminan las huellas? —gritó Vinadarian, apresurado, contemplando bajo sus pies la única huella no simétrica que no había dejado él. Una huella con calzado de un niño o una niña. No coincidía con las anteriores, pero era lo único a lo que se aferraba.

Bram, aterrado, confrontó sus miedos para responder, pero no le quedaba voz para gritar, y Vinadarian no lo escuchaba.

—¿Bram? ¡Contesta, por favor!

—¡Golpea una vez para sí o dos para no, pedazo de imbécil! —gritó Jinner, enmascarado con sonidos de golpes y gruñidos. Aún no podía verlo, pero fue una contestación perfecta para resolver su problema de inmediato.

Decidido, Bram no solo golpeó, sino que embistió la huella con todas sus fuerzas tratando de tirar el bloque. Apenas cayó un poco de polvo debajo, justo detrás de Vinadarian, que hundió los dedos y dio otro tirón para rotar el bloque. Bram cayó a su lado.

—Con suerte, estarás más seguro aquí. Si Jinner no puede con lo que sea que esté luchando, tú no vas a ser más que un estorbo ahí arriba. —Bram asintió con nerviosismo y se tiró a abrazarlo. Vinadarian sintió la necesidad de apartarlo, pero se reprimió como disculpa por su comentario anterior.

—¡¡Jinner!! ¿Puedes morir? —gritó Vinadarian una última vez. Una pregunta que revelaba confianza total en su juicio y sus capacidades.

—¡No aquí! ¡No ahora! ¡Haz lo que tengas que hacer!

—respondió de inmediato Jinner. La respuesta perfecta con la rapidez requerida para tomarla en serio y reformular la fe en su amigo.

Frente a la enorme criatura, a pesar de su apariencia, esa pequeña conversación le sacó una sonrisa desde lo más profundo.

El geevar medía más de siete metros de alto y tres de ancho.

Era de mandíbula férrea y dientes gruesos, patas alargadas y cilíndricas, negra como el azabache con rayas rojas a modo de tatuajes de guerra.

Colgaba de la rama de un árbol en un hilo segregado desde el orificio en su lomo.

Tenía ojos felinos, hocico grande y oscuro, orejas peludas y puntiagudas, torso erguido y musculado y dos finos brazos acabados en un par de larguiruchos dedos con astillas de madera incrustadas a modo de garras, tan afiladas que parecían brotar de su misma carne.

La criatura se balanceó hasta abalanzarse sobre Jinner desde arriba, quien se movía a su punto ciego durante la caída y preparaba el brazo izquierdo como guardia y el derecho como ataque, con total confianza en que un solo impacto acabaría con la bestia.

Esta última apenas emitía uno o dos gruñidos simples y leves antes de golpear.

Desgraciadamente y para su sorpresa, se adecuó a su estrategia antes de siquiera ejecutarla, recogiéndose en su hilo hacia arriba de nuevo antes de aterrizar en un ángulo distinto, pudiendo golpearlo en el brazo y el pecho sin recibir un contrataque.

De no ser por los extraordinarios reflejos del joven, su férrea piel y músculos, ese habría sido su fin.

Reservada, la bestia se recondujo a la copa del árbol hasta desaparecer en la frondosidad.

El silencio se hizo patente en el bosque.

El viento que agitaba las hojas permanecía a la espera de un movimiento, una pausa pactada entre la bestia y su entorno.

La concentración de Jinner era total, sus ojos vislumbraban las ligeras y fugaces sombras entre las largas patas de la criatura y las ramas que la resguardaban.

Saltaba de un árbol a otro con sigilo y frenesí, desconcertando al chico centésimas de segundo hasta recuperar el foco.

Nunca había experimentado algo así, una criatura tan veloz como para burlar todos sus sentidos.

Presentaba, además, claros rasgos de inteligencia, como el uso de las sombras como distractor y ser capaz de distinguir que, en una batalla directa, Jinner podría derrotarlo pese a la inmensa diferencia en tamaño, peso y ferocidad aparente.

Vuelta tras vuelta, Jinner miraba al cielo sin detenerse a pensar, su instinto tomó control de él.

Fue una sensación cálida y placentera, una vuelta al hogar, similar a entrar en casa y sentarse a la lumbre en un frío día de invierno.

Nunca había podido probar los límites de su cuerpo, salvo su desmesurada resistencia.

La bestia lanzó una enorme y pesada rama como distracción que cayó encima del chico, y en un instante atacó desde un ángulo imposible.

Fundiéndose entre troncos y sombras, pivotó en el aire para golpear con su mejor baza.

Mas lo que contempló en él no fue horror, sino el rostro de algo más, algo distinto.

Sus ojos estaban tan abiertos como era posible, grandes y amenazantes irradiaban una tenue luz; sonreía de oreja a oreja mostrando todos sus dientes y las venas de frente y cuello estaban tan marcadas que parecían estar a punto de reventar.

Algo se movía desde el suelo con cada salto.

Su primer instinto fue pensar que era un engaño de la criatura para hacerle creer que Vinadarian estaba tratando de ayudarlo, provocando una situación de indefensión ante un ataque subterráneo, pero era demasiado complejo.

Su estructura corporal, el grosor de sus patas, su altura…

No era como el resto de las huellas, era mucho mayor.

«Puede que se trate de una especie parecida a las hormigas, donde hay guerreras o trabajadoras.

O que sea algún tipo de líder de la manada, como en los lobos…

En ambos casos, lo más probable es que haya alguien mucho más torpe tratando de ayudarlo.

Si esquivo, tiene que ser saltando o me tomará desprevenido».

De un salto, rotó el torso agarrando la rama en el aire.

Se defendió de la criatura, que rompió la rama de un mordisco con sus letales fauces, y, tal como predijo, del suelo, volteando el bloque de tierra, surgió otra tratando de arrancarle las piernas de un mordisco.

Era mucho más pequeña y de color marrón claro, un tamaño acorde a las huellas que habían estado siguiendo.

Inmisericorde ante el peligro, Jinner tomó la parte de la rama rota en su mano derecha y se la clavó en la garra al pequeño antes de tocar tierra, con la fuerza suficiente como para que, por mucho que se zarandease y se esforzara en zafarse, no pudiera quitársela.

Vinadarian y Bram, mientras tanto, tomaban los enormes bloques de tierra y los volteaban una y otra vez, cayendo en pasillos cada vez más anchos y menos iluminados, todos vacíos.

Sin descanso, el descenso era tan rápido como intimidante, pues tras bajar diez o doce bloques, comenzaban a oírse los múltiples pasos de decenas o cientos de criaturas en el subterráneo.

—Espero equivocarme y que tu hija no haya bajado al mismo infierno por diversión. Pero, cuanto más nos adentramos, más reconocibles son las huellas de un niño. Y te garantizo que yo no soy ningún experto —masculló Vinadarian.

—¿Y qué hacemos si está? ¿Si se la han comido? —contestó Bram, mordisqueándose la punta de los dedos y llenándose la boca de roña y tierra.