Rinaryan: La huella de un fantasma 11. Cosecha #3
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11. Cosecha #3

—Puedo ayudar —afirmó Jinner—. Necesito que me lleve a donde se la vio por última vez.

—¿No será alguna treta para que os lleve a mi campamento y nos hagáis alguna maldad? —preguntó el hombre entrecerrando los ojos.

—¿No confías en nosotros después de llevar escuchando tus penurias treinta puñeteras horas? —contestó Vinadarian inclinándose hacia delante con el puño apretado a la altura del pecho.

—Barba desarreglada, gordo, pelo debilitado, piel ennegrecida y sucia, olor antihigiénico…

—dijo el hombre, señalando con el dedo cada rasgo—.

No había caído, pero tú eres el que vende esas frutas que provocan diarrea, ¿no?

Nos han advertido sobre ti. Intercambias algo insignificante por las frutas y luego pides algo desorbitado por el antídoto, ¿o me equivoco?

—Te equivocas, de desorbitado nada. Y no obligo a nadie tampoco. Sea como fuere, no me ha gustado nada cómo me has descrito, así que olvídalo. Suerte encontrando a tu niña —contestó Vinadarian extinto de paciencia y de generosidad.

—Espera, espera… Era una broma, hombre. Tú me has llamado señor, ¿no? Estamos en paz. Os llevaré allí, pero os advierto que os tenemos calados; de hecho, se refieren a ti como el villano —respondió el hombre formulando una sonrisa que quizá otros ojos hubieran calificado de encantadora.

—Je… tú puedes llamarme Vi para acortar —dijo—. Está bien, te ayudaremos —continuó observando la reacción de Jinner, quien se había tomado mucho peor las palabras del hombre.

—A mí tampoco me ha gustado esa descripción.

Y, por lo que veo, podemos saltarnos el viaje a una de esas bases después de escuchar semejante estupidez.

No tenéis ni idea de lo que cuesta encontrar comida.

¿Un precio desorbitado? No me hagas reír.

Lo más que nos hemos llevado ha sido un colchón y un caldero.

—¿Por un zumo? ¿Te parece normal? —contestó Bram.

Vinadarian negó con la cabeza, advirtiéndole que parara.

—Bueno… Dejemos el tema. La niña no tiene culpa de nada, nosotros nos ahorramos un mal trago pasando por ahí y salvamos a tu cría de forma completamente desinteresada, lo que debería traducirse en que hables bien de nosotros al resto de tus amigos, vecinos y conocidos…

¿A que sí? —respondió dirigiéndose a su compañero, que mantenía una fría y penetrante mirada hacia el hombre.

—¡Tienes toda la razón! Lamento si os he molestado, no era mi intención. Os llevaré allí y no rechistaré ni piaré más de ahora en adelante. Considerad que soy una mera brisa que os indica el camino —sentenció.

Ninguno se lo tomó en serio. El hombre agitaba manos y piernas, nervioso, y su voz temblaba más que los granos de tierra bajo sus pies.

Vinadarian asintió con la cabeza, dándole a entender que les sería de utilidad hacer esto.

Jinner farfulló algo ininteligible y resopló como una forma de aceptar a regañadientes.

El hombre cumplió su palabra, dio media vuelta y dispuso su conocimiento en manos de los dos amigos, aunque el tiempo fue breve, pues antes de cumplir el minuto de travesía en el que ni siquiera llegó hasta el primer árbol del bosque, comenzó un griterío que enervó aún más los nervios de unos ya hastiados Jinner y Vinadarian.

—¡Serquam! ¡Soy papá! ¿Dónde estás!? ¡Me tienes muy preocupado! —dijo Bram, nervioso. Giraba la cabeza como si estuviera poseído al caminar.

Jinner aprovechó el estruendo para lanzar un rápido susurro a su amigo.

—¿Cómo demonios han sobrevivido hasta ahora? —le preguntó.

—Qué maleducado —respondió el hombre—. ¿Creéis que no os oigo? Pues que sepas que he sobrevivido porque soy muy bueno en lo mío.

Avergonzado, Jinner calló, pero Vinadarian utilizó la situación en su favor.

—¿En lo tuyo? ¿Gritar como un cencerro y abrazar desconocidos?

¿Depender de gente a la que supuestamente detestas para encontrar a tu hija?

No, no… De hecho, ¿es perder a tu hija? La habrás perdido tantas veces que no os han encontrado ni los militares ni los geevars —respondió con saña, con el objetivo concreto de que le hablara sobre su especialidad y entender alguna dinámica interna o información relevante acerca de sobrevivir sin pelear o sufrir.

Bram se carcajeó con fuerza, la suficiente como para denotar con facilidad que lo había forzado.

—Soy un desastre. En realidad, ni siquiera sé qué responderte. Tienes razón.

Vinadarian tragó saliva, no esperaba haber sido tan certero ni tan hiriente.

—Perdona. Era una broma, es mi forma de romper el hielo.

—Debes haberte equivocado, porque me has roto la cara… —dijo forzando otra carcajada.

—No, no… De verdad, te entiendo. Sé que puede doler cuando piensas eso de verdad, pero…

—¿Pero? —respondió el hombre.

En una lamentable imitación de la carcajada de Bram, Vinadarian respondió clavando la vista en el suelo antes de emitir palabra alguna.

— No sé cómo sigue. Quiero creer que hay un pero. No por ti, sino por todos los que nos hemos sentido así.

Los ojos de Bram se llenaron de lágrimas, esas palabras le llegaron muy hondo dichas tal y como las enunció el chico.

Su garganta vibraba; se conocía lo suficiente como para saber que, si abría la boca, ellos percibirían que estaba a punto de romper a llorar, así que prefirió callarse.

Jinner también sintió un punzón en el pecho al escucharlo hablar así, desviando su vigilancia y su atención.

—¿Tu hija llevaba zapatos? —preguntó mirando al suelo, una huella prácticamente invisible del pie de un niño, cercana a un par de árboles mustios y sin apenas hojas, con varias raíces muertas a su alrededor.

Junto a estas había otros tipos de huellas, más pequeñas y circulares, como de pezuñas, tan irregulares y profundas que parecían naturales, sorteando incluso la vista de Jinner.

—Puede que no, no le gustan los suyos y cada vez que tiene oportunidad se los quita. No me extrañaría que fuera descalza. ¿Has encontrado alguna pista?

—Es muy probable. Seguidme —respondió Jinner justo antes de lanzar otra de sus miradas asesinas—.

En completo y absoluto silencio. Puede ser peligroso, quizá también para la cría.

Por la descripción que me has dado, debe tener entre cinco y siete años, pelo negro y ligeramente rizado, ojos pardos y de constitución delgada, ¿correcto?

Bram asintió con nerviosismo con la cabeza temiendo hacer algún ruido que molestara al chico.

—¿Peligroso? —preguntó Vinadarian, extrañado—. Se han cargado todas las plantas y no hemos visto un geevar a pesar de que prácticamente los estamos invitando a cenar tres tristes trimbéciles .

—No los hemos visto, pero eso no significa que no queden. Puede que no sean agresivos, pero dudo mucho que sean inofensivos. Más aún si han sobrevivido a la primera semana. Ya no queda nada vivo que sea inofensivo —contestó Jinner, dejando pasmado al hombre.

—¿Subterráneos? —preguntó Vinadarian adelantándose a la explicación de su compañero.

—Es probable —respondió Jinner.

A duras penas sí podían ver las huellas que Jinner rastreaba con facilidad, incluyendo direccionalidad, profundidad, velocidad y tamaño de zancada.

—¿Y porque se la habrían llevado esos animales raros de los que habláis si es solo una niña? —preguntó el afligido padre, tan bajo como pudo.

Jinner se carcajeó y caminó de una huella hasta la siguiente. Eran circulares, no muy anchas pero sí profundas, provocadas por la pezuña de un geevar muy pesado.

Limpió la tierra a su alrededor, formulando en su cabeza el tamaño de las criaturas, su nivel de peligrosidad y qué habría ocurrido. Sobre esto último no cabía duda.

—Los ha seguido —contestó—. Ella va tras los geevars. Deben haberle llamado la atención.

Vinadarian se contuvo la risa. No podía creer lo que escuchaba. En su mente se formó la imagen vívida de su hermano en el subterráneo.

La situación para Bram era difusa, pues no sabía qué eran esos geevars de los que hablaban o si siquiera existían, por lo que en el fondo pensaba que podía tratarse de alguna broma pesada o de una forma de decirle que iban a encontrar a su hija, difuminando la realidad.

Tragó saliva y se dejó guiar por ellos. Las huellas apuntaban bosque adentro, y lo que desde una vista alta se percibía como un paraje hermoso, dentro se multiplicaba.

Las zarzas y arbustos eran sustituidas por hongos y setas de colores cálidos amontonadas unas sobre otras formando figuras alrededor de las ramas mustias del suelo, rojo, amarillo, naranja, marrón.

Con una frecuencia irregular dispersaban nubes de esporas grises que devolvían parcialmente la luz del sol y parecían estrellas en un cosmos glauco.

Un festival natural digno de la nueva era tapado por las frondosas y frescas hojas de los árboles más sanos.

Árboles cuyos troncos formaban espirales sobre sí mismos, retorciéndose e incluso entremezclándose entre ellos en grupos de dos, tres e incluso hasta seis.

Y, sin embargo, ni un mero atisbo de vida, un solo insecto, geevar o persona.

La situación era tan extraña que no pasó desapercibida para ninguno de ellos. Seguían a Jinner en un frenesí que acrecentaba su ansiedad y preocupación.

En un principio iban a paso ligero, pero el ritmo se acrecentaba cuanto más sospechosos eran sus alrededores.

Pronto ninguno de los dos podía seguir a Jinner, quien estaba tan centrado que no se percató hasta llegar al final de las huellas.

Vinadarian y Bram se quedaron atrás, asfixiados y agotados, pero con la tensión necesaria como para no decir palabra.

Recuperando el aliento, Vinadarian apoyó la mano en el suelo y observó la huella, percatándose así de algo: en el centro había quedado un poco de tierra reseca y también había algunos pedazos sospechosos esparcidos alrededor, como si se hubiese estado manipulando.

«Es imposible. Creo que me he vuelto loco del todo».

Hincó la punta del índice y el corazón en la parte más honda de la huella, escarbando como pudo ante la mirada atónita de Bram.