11. Cosecha #2
Vinadarian se fiaba de los instintos de su amigo más que de los suyos propios, por lo que la responsabilidad de mantener la calma de esta dupla recaía en las reacciones de Jinner, quien, a su vez, al contemplar la tranquilidad en el rostro de su compañero se inundaba de esta, creando un círculo perfecto de armonía durante el camino que solo un peligro real e inminente podría destruir.
Los colores a su alrededor bailaban al son del viento, incluso las más comunes de las briznas de hierba eran distintas, pues su verde frescor se tambaleaba tanto como lo hacían ellas bajo la brisa, resultando en colores amarillos y otoñales hasta llegar al rojo fulgor de la muerte, centelleando como una leve explosión hasta germinar en cientos de semillas que se dispersaban y crecían en un nuevo ciclo.
Era como si el mundo entero respondiera al oasis que habían encontrado, una celebración silenciosa y privada a la que solo ellos podían asistir, obligándolos así a vestir sus mejores galas, dos enormes sonrisas de bobos que caminaban con calma montaña arriba.
Los geevars más pequeños correteaban por el campo sin ser vistos, evitando pasar frente a ellos, y los insectos que los atacaban terminaban por ignorarlos de igual manera, pues no podían traspasar la coraza que Jinner portaba como piel y evitaban a Vinadarian por puro instinto.
—Es bastante molesto tener que llevar la puñetera cáscara así todo el camino —dijo Vinadarian al viento con objeto de que Jinner se compadeciera, provocando tan solo que este contuviera una ligera risotada que escaparía por sus fosas nasales—. ¿De qué te ríes? —preguntó.
Jinner se paró en seco y contestó, su voz temblaba lo suficiente como para que este se percatara.
—Mira, desde aquí ya se puede ver el lago. Nunca habíamos estado tan altos, ¿no?
Con ligera presura y sumo cuidado, Vinadarian dio dos zancadas hacia delante y torció la vista ante el vasto horizonte más allá de la montaña, observando primero el rostro de su amigo, que, tal y como imaginaba, tenía los ojos empañados en lágrimas.
—¿Estás bien? —preguntó preocupado.
—¿Bromeas? —contestó Jinner sin desviar la mirada del lago—. ¿Quién nos hubiera dicho que esta sería nuestra mayor preocupación, Vina? Llevar la cáscara es un auténtico peñazo, en cualquier momento podemos desparramar todo el zumo con cualquier grieta o tropiezo.
Tras un sollozo, Vinadarian acompañó su vista más allá de la montaña.
—Es más molesto de lo que crees —respondió—. Dices que no es para tanto porque no lo llevas tú.
Ambos se carcajearon y esperaron callados unos segundos, dejándose envolver por la brisa a su alrededor.
—¿Lo has decidido ya? —dijo Jinner fundiendo su voz con el viento.
—Aún no. Pero está cobrando forma. ¿Y tú?
—Sigo igual. No creo que pueda cambiar de parecer. Tampoco tengo fuerza para intentarlo.
—Con un poco de suerte, no lo conseguirás nunca.
Jinner sonrió y se secó las lágrimas. La vista era esplendorosa, un hermoso y frondoso bosque rodeando un lago en completa calma, montañas en el horizonte y el cielo azul con la caricia solar como un aderezo de lujo.
Podían ver también algunas bases muy distintas entre sí: tiendas de campaña, acampadas al aire libre, el uso de rocas, cuevas, cabañas, pajares, troncos o incluso agujeros escarbados en el suelo pintaba sus rostros con una sonrisa.
La vida misma; todos tenían sus propias ideas, pero nadie sabía qué hacer.
Ver a las personas colaborar entre sí con tal amabilidad los llenaba de esperanza, aunque ambos sabían que el peso de sus nombres terminaría lapidando la sonrisa que les había deparado la fortuna.
—La suerte nunca ha sido nuestro fuerte —soltó Jinner, rebajando su sonrisa.
—Es un mal momento para decir algo así, ¿no crees? —Vinadarian le dio un suave codazo con cuidado de no tirar nada del recipiente.
—Tienes razón. Pero tú más que nadie conoces la sensación de saber que algo es un error y tener que cometerlo igualmente.
—También sé que tú puedes ser mejor que eso.
—Supongo que solo queda esperar. Esperar que ambos nos decidamos.
—Je… —respondió Vinadarian—. Creía que tu decisión ya estaba tomada. Es un buen primer paso.
—¿Primer paso? Supongo que sí —concluyó Jinner, comenzando a andar.
Apenas estaban a la mitad de la montaña, pero la bajada fue más lenta, la tierra se humedecía bajo sus pies y se resbalaban en cuestas demasiado inclinadas, pero en unas horas llegarían por fin al otro lado, sorteando un bosque desconocido en el que, para su sospecha, apenas se escuchaban sonidos de vida.
Los troncos de los árboles eran más gruesos, y a pesar de que las briznas de hierba eran idénticas a las del otro lado, en este crecían mucho más despacio, pudiendo incluso ver algunas muertas en el suelo.
Los árboles no daban fruto alguno y los arbustos, zarzas y otros tipos de plantas estaban cortados.
—Se ve que esta gente tiene hambre —dijo Vinadarian—. Eso nos beneficia, creo.
Jinner se carcajeó, pero justo antes de contestar escuchó un ruido, un grito a lo lejos. Una persona.
—¿Qué pasa? —preguntó Vinadarian oscureciendo su expresión.
—Están buscando a alguien.
—¿A nosotros?
—No estoy seguro, parecía preocupado —farfulló pensativo Jinner.
—Quizá nos convenga ignorarlo… Veo que esto se me va a caer en cualquier momento.
—Como digas. Nos pilla en dirección contraria al lago, así que es probable que tengas razón.
—Ugh —masculló Vinadarian, molesto—. Sabes que después me sentiría culpable.
Antes de que terminara la frase, Jinner ya había comenzado a andar. Ambos aceleraron. Vinadarian cubría el cuenco con la mano, pringándose la palma a cada paso, escudriñando gruñidos a mansalva como si fuese un geevar hasta que también pudo escucharlo.
—¡Enana! ¡Bichín! ¿Me estás escuchando? ¡¡Serquam!! ¡Te he dicho que adentrarte tanto en el bosque es peligroso! —Una voz grave y masculina, con la garganta algo desgastada y quiebres de extrema preocupación y temor, aunque enérgica y cálida.
—Habla tú —susurró Vinadarian. Jinner se mantuvo callado, una rebelión en toda regla—. ¡No, no se te ocurra dejarme a mí otra vez! Siempre los asusto —contestó al viento.
—¿Hola? —contestó el hombre—. ¿Hay alguien ahí!? ¡Necesito ayuda!
Jinner lanzó una mirada de soslayo y rebajó el ritmo, dejando que Vinadarian lo adelantara.
—Sí, claro. Yo llevo el puñetero cuenco, yo hablo con los extraños y yo voy delante. Si quieres, también te ducho yo mismo cuando lleguemos al lago. ¡¡Me meto el agua en la boca y te la lanzo poquito a poco!! —respondió. Jinner se contuvo la risa para no delatarse.
—¿Qué? —preguntó el hombre.
—¡No la hemos visto, pero vamos a tratar de ayudarlo, señor!
—¿Señor? Tengo solo treinta y dos años…
—¡¡Eso no me interesa!! ¿Tiene idea de dónde puede estar su…? —Vinadarian se quedó sin aire y lanzó una mirada asesina a Jinner, una que quedó sin respuesta. Al ver que seguía sin intención de abrir la boca, chirrío los dientes, tomó aire y gritó aún más fuerte—: ¿HIJA?
Bosque adentro, raudo como un corcel, el hombre salió disparado hacia ellos, principalmente hacia Vinadarian, que estaba rojo de ira y respiraba con profundidad y fuerza, agotado, sosteniendo el cuenco con rabia.
Se acercó a tal velocidad que a Jinner le pareció sospechoso, así que se interpuso de inmediato. Hubo una respuesta de lo más inesperada, pues, cuando llegó hasta él, lo abrazó y lloró en su hombro, pringándolo de arriba abajo sin vergüenza alguna.
—¡¡Llevo todo el día buscándola!! No hace más que darme problemas.
—Era un hombre bajito y delgado, con una frondosa barba castaña y pelo muy largo a juego, gafas rotas por el lado derecho y llenas de mugre sobre las patillas, cejas frondosas y unidas por una mata de pelo entre ellas, labios finos y rojizos con un corte en la zona inferior y la nariz larga y caída como el pico de un águila.
Vestía con un traje de oficina sin corbata y sin camisa; los pantalones, largos, algo más claros que su chaqueta de color plateado.
—¿No te das cuenta de que gritando podrías atraer a los geevar? —le reprochó Vinadarian, apartándolo de sopetón del pecho de Jinner.
—¿A los qué? —respondió el hombre, dejando atónitos a ambos.
—Geevar. Es el nombre que se le da a esas criaturas animalescas surgidas después de la explosión…
—No hay tiempo para esto. Mi niña… Es así de alta —dijo poniendo la palma a la altura de su cintura—. Pelo negro, un poco rizado, melenita, ojos marrones y la sonrisa más bonita del mundo. Es adorable, lista, guapa y lo hace todo bien.
Vinadarian, con la ceja arqueada y la nariz fruncida, desvió la vista con sutileza hacia su compañero, que respondió de inmediato:
—Todo bien. Nada raro.
Tras un suspiro de alivio y recuperar la compostura, Vinadarian rebajó su tono de voz en potencia, pero lo afiló en agresividad.
—¿Qué ha pasado? ¿Cómo has perdido de vista a la niña? ¿Dónde crees que puede estar y de dónde puñetas eres?
—Las formas te pierden, compa. Me llamo Bram, mi niña es muy curiosa y ha aprovechado mientras le hacía la comida para salir a dar un paseo.
Nadie se ha fijado hasta que se ha metido en el bosque y han venido corriendo a avisarme.
Todos tienen miedo de entrar, así que he venido solo.
Podría estar en cualquier parte y no tengo tiempo que perder. ¿Vais a ayudarme o no?
—Vale, vale… Entiendo la urgencia. ¿Hace cuánto ha sido?
—Unas seis horas, creo yo. Igual ya son siete u ocho.
—¿Seis horas? ¿Y no tienes ni rastro?
—No… —respondió Bram con el labio tembloroso.
—¿Es la primera vez que pasa? —preguntó Vinadarian con suspicacia.
Bram, con amargura, negó despacio con la cabeza, reavivando las llamas de la ira en Vinadarian.
—¿Y cómo la encontraste la última vez?
—Volvió ella sola —contestó él con inmediatez y una mueca avergonzada.
—¿Te dijo donde estuvo?
—No… —contestó, de nuevo avergonzado y desviando la vista a un lado.
—Vale… Por suerte parece que sabe arreglárselas sola de alguna forma —contestó haciendo su mayor esfuerzo por mantener la calma en un resoplido desgastado.