Rinaryan: La huella de un fantasma 11. Cosecha
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11. Cosecha

Entre un terreno yermo y la amarillenta frondosidad de una explanada natural, grandes trozos de tela superpuestos en el suelo formaban lo que en esos días se podría considerar un hogar.

Pedazos de cortezas secas hacían de techo y soportaban las brisas mañaneras a duras penas.

Rodeados de una pequeña colina y el sonido de lo que querían imaginar que serían pájaros, contenían la potencia de sus voces en un enmarañamiento de risotadas y bromas.

Pasaron dos semanas desde su llegada, catorce gloriosos días en los que pudieron pararse a respirar, asumiendo lo experimentando y celebrando sus aventuras.

Era de día, el sol atizaba con fuerza, pero de igual forma lo hacía el viento, por lo que el calor no era un gran problema; Jinner movía las piedras que hacían de soporte a las cortezas en el suelo aguantándose la risa al escuchar a Vinadarian.

Estaban sentados sobre un par de piedras a escasos metros.

Sus vestiduras estaban limpias, tanto como pudieran estar habiéndolas portado día tras día durante casi tres semanas desde que comenzó todo; haber tenido la oportunidad de remojarlas de vez en cuando servía de poco.

—Llegué entonces a la aldea pesquera, con todo el lote de las frúzules, y me dicen «¿Aceptas el pago en dólares?

». Se me caen todas al suelo de la risa, me tropiezo con una y me resbalo, me caigo de culo y se acerca una mujer cerca de los treinta.

Superpreocupada, me dice: «¿Te has hecho daño?

». Y sale Jinner de la nada detrás de mí y dice con la cara sombría y su mirada de tipo duro: «Más daño te vas a hacer tú si no nos pagas como es debido».

Os juro por lo más sagrado que casi me desmayo de la risa.

Minaryan y Kargu reían sin control. Cuando tuvieron tiempo de respirar, Kargu preguntó entre carcajadas:

—¿Y al final que os dieron? Porque de pescado no hay nada de nada…

—Algas —respondió Jinner con una carcajada. Kargu se extrañó, era la primera vez que le dirigía la palabra, algo de lo que Vinadarian también se percató.

—¡¡¡Algas!!! Eran un pueblo pesquero, pero ya no hay peces, ahora son todo geevars y nadie se atreve a pescar uno, así que lo que hacen es amarrar las extrañas algas que salen del río con sus redes y cañas.

Así que hoy no solo tenemos como siete kilos de algas que en teoría son comestibles, sino que encima nos han dado dos cajas de madera que podemos usar como mesas, sillas…

¡¡Por cuatro frúzules aplastados contra el suelo! !

—¿De ahí han venido las cajas? Pero, entonces, ¿qué pasa con el caldero de ahí? —preguntó Minaryan.

—Eso nos ha costado bastante. En el sureste hay una bajada muy empinada seguida de una cuesta y una pequeña montaña. Desde allí se podía ver un asentamiento minúsculo de gente, pero tenían fuego y parecían estar bien, así que fuimos a ver si les podía interesar algo, frúzules o los …

—Chasetoncos —respondió Minaryan esgrimiendo una sonrisa de oreja a oreja con los dientes manchados de pieles de varias frutas.

—No me convence, le falta sustancia —dijo Vinadarian—. Frúzules es más realista.

—¿No? —contestó Minaryan relamiéndose los dientes—. ¿Y qué tal troncolones? —continuó, abriendo los ojos de par en par esperando una respuesta gloriosa.

—¿Tú qué dices, Kargu? —dijo Vinadarian levantando una seta marrón con los bordes escamosos y el centro viscoso, cuyo tallo era alargado y fino.

—Chasetoncos me gusta —respondió para sorpresa de todos. Minaryan se carcajeó con chulería.

—Jinner, por dios, pon un poco de cordura a todo esto.

Jinner se volvió tratando de pasar desapercibido. Con la cara roja como un tomate, continuó trabajando en silencio.

—Se hace el sordo porque no quiere llevarte la contraria, pero también le gusta. Ríndete al poder de los chasetoncos, Vinadarian —dijo Minaryan levantándose en un feliz brinco y flexionando los dedos como si sostuviera una bola de cristal, arrugando la nariz y formando una sonrisa malévola.

—No me lo puedo creer. Se nota que sois amigos míos porque tenéis el gusto y la elegancia donde no llega la luz del sol —respondió Vinadarian—. Chasetoncos será. Nos quedan como veinte, ¿no?

Kargu negó con la cabeza.

—Esta mañana fuimos Mina y yo a por más, y volvieron a crecer; hemos repuesto provisiones de nuevo. Tenemos más de doscientos.

Vinadarian se atragantó con su propio aire.

—¿De verdad? Igual que lo que pasó con los frúzules… Qué cosa más rara, últimamente todo crece muy rápido.

—¡Así podemos comer bien todos los días! —sentenció Minaryan.

—Y los chasetoncos no nos dan diarrea —respondió Jinner.

—Qué nombre más feo… Pero sí. Los frúzules están muy buenos, pero pegan un viaje tremendo en el estómago. La primera vez que los probé no pude ni dormir —dijo Vinadarian.

—Tuviste valor al decir que querías seguir probando lo que te trajéramos. Creo que de alguna forma te recompensó el destino con el antídoto a esa diarrea.

—Nos recompensó —recalcó Vinadarian—. Ahora podemos ponernos morados y se alivia rápido con el zumo ese.

—Sigo diciendo que no deberíamos fiarnos tanto de lo que crees que es saludable. Que a ti no te haga daño o no te mate no significa nada —respondió Kargu.

—Bueno, pero funcionó, ¿o no? No es lo más ortodoxo, pero tampoco estamos en el palacio de la reina para pedirle al mayordomo que nos deje las tostadas doraditas —contestó Vinadarian.

—En ese sentido, no me puedo quejar. Ni en mis mejores sueños habría imaginado que en medio de este caos podríamos estar… así —dijo Kargu.

Se formó un silencio prolongado, una nostalgia punzante atravesó la mente de todos durante varios segundos.

—Es solo el principio —respondió Vinadarian.

—¿A qué te refieres? —preguntó Jinner.

Kargu y Minaryan se quedaron esperando la respuesta, quizá esta fuera la vez en la que se atreviera a decirlo.

Vinadarian respiró hondo.

—Está bien. No podemos dormirnos en los laureles, todavía queda mucha gente a la que torturar con nuestros frúzules de diarrea diabólica. ¿Tenemos zumo suficiente?

Jinner se metió en la tienda que estaba reparando.

Dentro había un agujero escarbado tapado con una roca a un costado, la quitó y observó la cáscara de uno de los frúzules, grisácea con tonos azules, rígida y sólida, llena hasta un poco más de la mitad de un líquido rosáceo y amarillento del que surgían burbujas.

—Sí, nos da para un par —respondió Jinner.

—Vale, vale, genial. Pues nos vamos a visitar a los montañeros, ya debe haberles dado morriña —concluyó Vinadarian—. ¿Vosotros qué vais a hacer?

—Daremos un paseo. Ayer vimos un lago que podría tener algo de interés, no parecía haber ningún geevar o persona cerca, pero iremos con cuidado.

—De acuerdo. Minaryan, no la líes, obedece a Kargu y pórtate bien, no se te ocurra hacer nada raro, ¿vale?

Minaryan asintió con energía mientras tragaba otro trozo de frúzul.

—¿Te has tomado el zumo? —preguntó Vinadarian de inmediato.

Minaryan negó con ligeros tintes de vergüenza, y su hermano tomó la cáscara de entre las manos de Jinner y se la ofreció—.

Un traguito, necesitamos que haya suficiente como para dos personas.

Ni se te ocurra beber más de la cuenta. —Asintiendo de nuevo, Minaryan fue a pegar un trago sin filtro alguno, pero Vinadarian se lo quitó de la boca antes de que fuera tarde.

—Puf… Lo sabía… Queda como mucho para uno y medio… Bueno, algo se me ocurrirá —masculló enviándole una mirada asesina al pequeño.

—Perdón —respondió este.

—No, de perdón nada, que sé que lo has hecho a propósito —contestó Vinadarian resoplando—. No pasa nada. Tened cuidado ¿eh?

—Vosotros también —dijo su hermano—. La gente que tiene calderos tan grandes me da miedo. ¿Qué echan ahí? ¿Por qué siempre sabe tan mal lo que hay dentro? Es un bonclop .

Tras una rápida risotada, Vinadarian lo corrigió:

—Complot, Minaryan. Y todo sabe mal porque nadie sabe cocinar todos estos nuevos alimentos, no hay nada con que acompañarlos. Es comida por supervivencia, no por gusto.

—Pues a mí me gusta comer —respondió con una honestidad avasalladora.

—Por lo que parece, te gusta más cuando está bueno —contestó Vinadarian.

—Hombre, pues claro —continuó Minaryan.

—¿Sigues pensando que es por el caldero, ¿no?

—Los frúzules están más buenos fuera. —Minaryan desvió la mirada a Kargu buscando su aprobación. Este asentía con la cabeza manteniendo los ojos cerrados conforme el pequeño hablaba.

—Bueno, pues no comáis del caldero. Ya nos lo quedaremos Jinner y yo, nos hemos visto en peores situaciones.

—Lo dudo —respondió Minaryan con crudeza—. Los calderos son una plaga.

Kargu continuaba asintiendo.

—Vámonos ya, Jinner, que se me están quemando las pocas neuronas que me quedan. ¿No te gusta? ¡Pues aprende a cocinar!

—¿Y quién me va a enseñar? ¿Este? —concluyó señalando a Kargu, provocando una fuerte risotada de su hermano y una contenida de Jinner.

—Tiene razón, estás siendo poco razonable, Vinadarian —respondió Kargu con frialdad y firmeza.

—Dicen que la experiencia es la madre de la ciencia, ¿no? Probad alguna cosa. Con suerte, os pasaréis el día entero en el baño y no me haréis perder el tiempo. Nos vemos, par de idiotas. No queméis nada.

Rumbo a la montaña tras de sí, el paraje abundante de vida les deleitaba la vista a cada paso, metamorfoseando no solo entre días, sino entre horas, pues el ciclo de vida de muchas de las plantas era sumamente rápido y morían y resucitaban en cuestión de minutos, lo que hipnotizaba sus miradas en la escalada aun manteniendo el cuidado con los ruidos de alrededor.

Las pisadas de los geevars, así como sus gruñidos y rugidos, eran tenebrosas y los mantenían en alerta, pero la costumbre creó una resistencia en su mente al miedo que pudiera surgir de esta experiencia, obviándolos si estaban lo bastante lejos como para considerar que no serían un problema.