10. Hilos #5
Era inútil, pero no se rindió, apretó la mandíbula y arrugó la nariz tanto como era posible, tiró con cuerpo y alma para tratar de salvar a su amigo, pero seguía sin funcionar.
A su lado, el sacerdote y el joven hundieron también sus brazos en el suelo tratando de ayudarla.
Por fin estaban logrando moverlo cuando un cuchillo atravesó la mano de la joven; ni siquiera eso fue suficiente.
Con tenacidad, siguió tirando hasta sacar al chico, aún con el cuchillo clavado en su mano.
En un alarido de dolor y júbilo, digno del más aguerrido guerrero, se sacó el cuchillo y lo tiró al suelo.
—Están intentando subir. Creo que quieren explotar la pared, no saben qué hacer con la gelatina —respondió Taranae, ignorando los barullos formados ante su extraña hazaña—.
¿Hay alguien que pueda ayudar a este chico?
¡Está herido! Por favor… No dejéis que muera aquí…
No así. Por favor… Abrid la ventana… Necesito llegar. Ayudadme a llegar allí.
Sus pensamientos y acciones se entrelazaban a la velocidad del rayo, aunque su cuerpo no pudiera seguir su ritmo.
El sacerdote y el joven la tomaron de los brazos mientras le vendaban la herida de la mano con jirones y avanzaron frente a todos, formándose ante ellos un camino hasta la ventana, que no tardaría en abrirse por mano de otro de los que presenciaron la escena.
—¡¡Saben que estáis en el tejado!! ¡¡Han dejado un grupo reducido en el interior y planean subir por la buhardilla!! —Era más que una intuición. No sabía cómo ni por qué, pero su fe no se quebró en ningún momento. La voz que escuchó no era una imaginación, era Lecoa.
Bajo la ventana, una gárgola se alzaba en un pequeño saliente de roca caliza. Ella cayó desde el tejado justo encima.
Xalk. Iba armada con un arma automática y no tenía herida o signo de cansancio alguno.
Callada, se mantuvo expectante ante las próximas palabras de Taranae.
—Súbeme, puedo guiar la defensa. Hay que apresurarse.
—¿Cómo sabes que no quedan enemigos arriba?
—¡¡No hay tiempo!! Ellos están ya en movimiento.
Xalk la tomó del hombro y la subió a su espalda. Taranae, amarrada como pudo y pese a la rudeza de su compañera, aguantó sin soltarse el salto con el que llegaron hasta el techo.
—¿Puedes mantenerte en pie?
—No, pero no se te ocurra pensar que voy a hacerte de mochila. Déjame sentada en el suelo.
Sin pensárselo un segundo, así lo hizo.
—Son cuatro grupos, tres nos rodean y uno se queda dentro. ¿Dónde está Lecoa? —dijo Taranae ojeando a su alrededor, encontrando, para su sorpresa, bajo el amparo de la luna a Febner, armado tal y como lo estaba Xalk.
—Está abajo, escuchó tus gritos y ha actuado en consecuencia. Nos dio instrucciones de detener a los que intenten huir.
Antes de siquiera poder terminar la frase se escuchó el primer disparo.
Lecoa y la docena de supervivientes dispararon a través de la ventana oeste, acabando con el soldado que la resguardaba y movilizando al grupo interior hacia allí.
Xalk disparó desde el tejado para hacer ruido. Gastó cuatro balas en dirección al bosque, donde no había nadie.
—¿Qué haces? —preguntó indignada Taranae.
—Un grupo menos —respondió Xalk.
—No has hecho nada.
Uno de los grupos se abalanzó sobre a ellas.
Escalando con dificultad al llevar armas en mano, el primero de ellos murió de inmediato, sorprendido al contemplar que los estaban esperando.
Su cadáver cayó al suelo frente a la puerta del monasterio, creando temor e incertidumbre en los del grupo interior y desesperanza y prisa en los que seguían abordando el tejado.
—Eres muy inocente —respondió Xalk.
De pronto, otro disparo en la ventana este, que atravesó el estómago del soldado custodio.
La movilización esta vez sería torpe y lenta, la cual se acompañó de un asedio frontal a ambos lados de la puerta, acabando con muchos más soldados. Lecoa alzó la voz.
—Basta de derramamiento de sangre. Rendíos. Se acabó toda esta pantomima, el recinto es nuestro, parad antes de que sea tarde. Vuestras avanzadillas han caído, vuestro líder se ha rendido. Ceded las armas, poneos de rodillas y mantened las manos vacías en alto.
Los soldados se miraron entre sí. Todo apuntaba a que era cierto, pero sabían que era mentira.
Finalmente, uno de los grupos consiguió rodear la zona y subir al tejado. La pared superior reventó, y los gritos de agonía de los afectados embadurnaron de nuevo el campo de batalla.
Lecoa dio la orden, la misma palabra que había escuchado Taranae.
—¡Avanzad!
Cinco soldados en la delantera entraron por la puerta corriendo y disparando, tres fueron abatidos y dos lograron esconderse entre pilares o escombros.
Dos dispararon desde las ventanas noreste y oeste y, a los pocos segundos, los cuatro restantes y Lecoa entrarían también, acabando con los demás con tan solo dos bajas aliadas y algunos heridos.
Al verla, sintieron escalofríos. Su sombrío semblante carecía por completo de misericordia. Caminó con ímpetu y furia, manteniendo en todo momento las manos tras de la cintura, pues comprendía bien la situación.
Subió las escaleras ignorando los cadáveres de los enemigos y la sangre vertida en el suelo, incluso la sustancia gelatinosa, hasta llegar al piso de arriba, donde los soldados se habían topado con la horma de su zapato, casi un centenar de personas ocupando una inmensa sala, muchas de ellas heridas de gravedad.
Lecoa continuó sin mascullar palabra con un pelotón tras de ella. No estaban organizados, pero conocían sus órdenes.
Sin desviar la mirada, apartó a quien se interpusiera en su camino con su mera presencia y llegó hasta la ventana, donde ojeó las alturas para, acto seguido, subir al saliente.
—Xalk —llamó. Xalk le ofreció la mano y la ayudó a subir desde la altura. Lecoa se limpió el polvo de la ropa y miró a ambos lados.
—Tara. ¿Por dónde vienen?
—El grupo de su capitán iba rodeando las paredes. Supongo que intentan escalar los salientes por detrás. El otro grupo intentó atacar por delante, pero cuando Xalk mató a uno, parece que se amedrentaron.
Lecoa alzó la barbilla ante la oscuridad de la noche, sin mover el cuerpo un ápice.
—¿Y bien? Nos está escuchando, ¿verdad? Suba usted solo o muera, como el resto de su gente. No seré tan indulgente como para separar amo y mascota de su patético final.
—Está bien —dijo el hombre manteniéndose oculto—. Nos rendimos. No queremos más derramamiento de sangre.
Se escuchó con nitidez cómo tiraba un arma al suelo, algo que esperaba que escucharan. El hombre entonces escaló con ambas manos y se puso en pie con mucha habilidad. Era sencillo incluso a ojos de Taranae comprobar la diferencia que había entre él y el resto de sus obedientes hombres.
—Me rindo. Solo tengo una pregunta antes de aceptar tus condiciones. ¿Qué fue del otro grupo?
Lecoa se volteó, su semblante asustó incluso a Taranae. El ceño fruncido en contraluz con la luna, los labios mordidos y el baño de sangre en sus zapatos… El silencio golpeando cada segundo el corazón de la joven.
—Huyeron, dejaron lo poco que les quedaba a su suerte. Habríais ganado.
El hombre sonrió.
—Sí. Pero no lo hicimos. ¿Qué ocurrirá ahora? —Mantuvo la serenidad a pesar de la situación, pero eso provocó un nudo en la garganta de Lecoa.
—¿Cuál es su propuesta? —preguntó Lecoa.
—Tenemos provisiones, armas y personal. Pide y se te concederá, mi única petición es que no haya más bajas —respondió el hombre.
—Tráteme de usted.
—Lo lamento, pida y se le concederá —respondió el hombre con una sonrisa en la boca.
Las manos de Lecoa comenzaron a temblar fruto de la ira.
—Lamentablemente, no puedo acceder a sus peticiones. Verá… No me interesa negociar con cadáveres. —Disparó, erró, sus emociones le jugaron una mala pasada. El hombre reveló su arma al tiempo que saltó cediendo la altura.
Un segundo disparo no permitió su retirada.
La primera y última bala disparada por Febner, un empedernido pacifista que nunca había matado a nadie, acabó con la vida del capitán enemigo. Al contrario que él, quien quedó paralizado y tiró el arma al suelo, Lecoa reaccionó de inmediato, alzando la voz para todos.
—El resto de ustedes no tienen por qué morir.
Entiendo que no eran más que peones siguiendo órdenes.
Realizaré un reconocimiento de la zona en los próximos minutos.
Aquellos que se rindan, preséntense tras la puerta principal del monasterio desarmados y con las manos en alto. El resto, prepárense para morir.
Xalk y Taranae quedaron pasmadas, aterrorizadas y maravilladas al mismo tiempo ante ella, quien exhaló y miró al cielo conteniendo las lágrimas y mordiéndose los labios.
Era un fenómeno meteorológico inaudito para la zona, algo sin precedentes y que, sin embargo, aquel día había sido ignorado hasta ese mismo momento: una preciosa aurora boreal había inundado el cielo estrellado.
—¿Hasta cuándo? —se preguntó con la voz temblorosa.
Sus compañeras llevarían las miradas a ella, guiadas por su pregunta. Xalk apoyó su arma en la mano derecha, sentía una ligera picazón en la palma de la izquierda.
—La batalla ha acabado. Ha ganado, Lecoa —respondió dejándose embriagar por la belleza de la noche y la sensación cálida de la victoria.
Lecoa fue la primera en echar la vista abajo, encontrándose otra insospechada maravilla.
Xalk portaba algo tan hermoso como lo que acababan de contemplar, aunque muy distinto.
No abarcaba la inmensidad del cielo, tan solo un tercio de la palma de su mano.
Un hilo, uno del mismo color azul verdoso que la luz que irradiaba la aurora.
Se acercó a ella y le cerró la palma de la mano con delicadeza.
—No, querida. No ha hecho más que empezar. Mi pregunta… —dijo, girándose con suavidad hacia Taranae antes de terminar—. Mi pregunta era otra. —Su voz temblorosa incrementó el dolor en su pecho, pero la presa de su mente contuvo lo inconmensurable de su dolor y no se vertió gota alguna.
—Siempre —contestó Taranae rompiendo a llorar desconsolada con la mano en el pecho.
Durará por siempre.