10. Hilos #4
Palabras surgidas del corazón y templadas en la psique. La personificación de su ser, la sensación de haber encontrado algo en sí misma al terminar la última sílaba, el dibujo de la primera nota de su sinfonía.
Una sensación vívida, corpórea y etérea al mismo tiempo atosigó cuerpo, mente y alma de la joven, la naturalidad voluntaria, el instinto pensado, sentidos contrarios orientándose en la misma dirección.
Cálido en el interior y frío en el exterior.
Evitando los extremos de ambos, sentía cómo las yemas de sus dedos se separaban de ella sin repercutir en daño alguno.
Resbalándose de su punto de apoyo, temía mirar y necesitaba hacerlo, incluso tuvo ganas de reír al zarandear el brazo alrededor de la puerta sintiendo una fuerza renovada, una cualidad inesperada e incontrolable, miradas que entrelazaron pensamientos entre aquellos que eran incapaces de oír su voz pero sí pudieron escuchar el cántico imperecedero en la pequeña risa, fruto de la mayor de las sorpresas.
Taranae se miró las manos y se mordió los labios conteniéndose la sonrisa, presenciando entonces lo que sería un hito histórico incomparable.
Una nueva sustancia surgía de las yemas de sus dedos, una masa gelatinosa del color del alba recién nacida se expandía hasta llenar la superficie de la puerta abierta como el agua llenaría el fondo de un vaso.
Su silueta sería la única escapatoria. En un vórtice de emociones, la joven trataría de dar un paso hacia atrás para retornar sus pies a la tierra y plantearse qué había ocurrido y por qué le había parecido tan maravilloso.
Sin embargo, la alegría duró poco, pues el caos reinante se hizo eco de su ignorancia una vez más.
Tal y como habían demostrado hasta ahora, las palabras de ambas no los habían cambiado, tan solo esperaban una nueva situación para volver a llenarlas de desesperanza.
Una mirada de soslayo fue suficiente. Antes de siquiera tocarla, supo lo que trataba de hacer. El más joven de entre los tres dirigentes la empujó hacia delante aterrorizado de sí mismo, pero con el futuro presente. Se acabaron las negociaciones; iba a salir de allí y lo iba a hacer ahora mismo.
Taranae apretó los dientes antes de caer por las escaleras y el hombre consiguió salir antes de que la sustancia se expandiera por completo alrededor de la silueta que había dejado con su cuerpo, yendo Lunten tras de él.
El golpe pudo haber sido fatal, pero la anticipación del movimiento la permitió girarse lo justo como para mitigarlo con la parte inferior del cuerpo, aunque la intensidad del empujón la hizo rodar por las escaleras abajo, infligiéndole numerosas contusiones graves e impidiéndole levantarse, dejándola al borde de la inconsciencia.
Ella veía todo borroso, pero su espíritu se mantuvo indemne.
—¡Lunten! ¡No dejes que escape! —gritó con fuerza desde dentro.
Las yemas de sus dedos no se detenían, la sustancia emanaba sin control y el dolor desorbitado que recorría su cuerpo la impedía pensar con claridad.
Al golpear su mano contra el suelo, observó que podía taponarla así, impidiendo su salida.
Levantó la cabeza con el ceño fruncido y la frente sangrante. Incapaz de escuchar con claridad los sonidos del exterior, sí pudo vislumbrar la encarnizada lucha entre Lunten y su agresor, manteniendo el segundo la ventaja sobre el primero.
Escuchaba gritos abotargados en el eco del monasterio, pero no diferenciaba sus significados. Las manos plantadas en el suelo con una determinación de hierro y dejando restos de la sustancia tras de sí, pequeños fragmentos que se consumían en el aire.
Tenía que ayudarlo, aunque era imposible.
Ni siquiera podía levantarse, apenas podía despegar las manos del suelo, pero continuó avanzando, arrastrándose.
Destellos de la sangrienta batalla llegaban a sus ojos cuando tenía la oportunidad y fuerzas para levantar la cabeza.
Lunten se tambaleaba frente a un rival aún fresco aunque herido.
La claridad en su mente palpitaba con la dolencia del peligro y del miedo, y los caprichos del destino tejieron en sus telares aquella palabra que nunca olvidaría, la primera que pudo escuchar tras el golpe.
Frente a ella, la luz de la noche invadió la estancia, el ruido de la puerta principal abriéndose de par en par, los pasos coordinados y rápidos que golpeaban su pensamiento como los puños del joven las costillas de su compañero.
Pero apretó los dientes, cerró el puño y avanzó.
La voz de Lecoa atravesó cada poro de su piel, cada minúscula célula de su cuerpo, cada átomo, cada experiencia.
Atravesó tiempo y espacio en recuerdos e historias.
—¡Avanzad!
Tirado en el suelo, Lunten y ella chocaron miradas.
—Lo siento —dijo él. Su rival hiperventilaba en un frenesí de rabia y frustración, pateándole el cráneo contra la pared a su lado para, acto seguido, hacerle lo mismo a Taranae, quien, con una mirada llena de rabia, puso las manos en la pierna del atacante, dejando que la sustancia invadiera su cuerpo por completo y sumiéndolo en una confusión temporal.
El hombre trató de salir de inmediato, pero, desde la propia gelatina, múltiples brazos terminaron por agarrarlo de la ropa y tirar de él, desapareciendo al instante de los ojos de ella.
Confundida y preocupada, Taranae se acercó al chico para comprobar si respiraba cuando los asaltantes la vieron tirada en el suelo y llena de sangre.
—¿Y el resto? —preguntó uno de ellos, un hombre alto y mayor, armado con un rifle de asalto y vestido de negro de pies a la cabeza, con un chaleco antibalas y una máscara que le cubría la cara.
Otro se adelantó, un hombre corpulento armado con una pistola y dos cuchillos. Vestía igual que su compañero, y aún chorreaba sangre de su armadura. Respondió con un gesto con la mano que situó a todo su pelotón alrededor del recinto en un abrir y cerrar de ojos.
—¿Qué demonios es esta cosa? —dijo tras el reconocimiento, pinchando con el cuchillo la superficie de la gelatina.
—Capitán —interrumpió otro de los soldados—, arriba hay una pared de esa cosa. No podemos cortarla ni hacerla a un lado, y nos impide ver qué hay más allá. ¿Hacemos un hueco en la pared contigua o nos la cargamos?
—¿Tú tienes respuesta? —respondió bajando la vista hasta Taranae y lanzándola a la cara la gelatina. Tras un breve silencio, el capitán abrió los ojos de par en par, exaltado—. Demasiada calma. Han cedido con los disparos.
Entendido como una orden de silencio, todos se pusieron en guardia cubriendo cada ángulo posible, pero era cierto. Los disparos cesaron.
—No tenemos tiempo que perder. Os daré la cuenta atrás —dijo levantando y moviendo la mano a ambos lados.
Su gente se reposicionó, apuntando la mayoría a la puerta exterior, uno al piso de arriba y el resto tomando las ventanas, que permanecían cerradas; debido al vaho apenas se podía ver nada fuera.
—Tres, dos, uno… Ya.
En una perfecta coordinación, rompieron los hermosos y coloridos vidrios del monasterio.
Entraron con frenesí, una agresividad calculada, una demostración de habilidad que bien podría haber resuelto la situación al instante.
Observaron el interior, pero estaba vacío.
Escucharon entonces un crujido sobre sus cabezas.
—No hay nadie, capitán.
—Están arriba. Sabían que llevaban las de perder y han tomado el tejado por nuestro punto ciego, han sacrificado a la mayoría de sus hombres para ganar la posición… ¡Mierda, nos tienen justo donde querían!
—¿Cuáles son sus órdenes?
—Reventad la pared y abrid la ventana superior, hay una pequeña repisa desde la que podríamos subir.
Vamos con un veinte treinta, veinte treinta.
Grupo uno conmigo, rodearemos pegados a las paredes.
Su ángulo no les permitirá dispararnos. Grupo cuatro, abarcad el área C y tratad de hacer ruido y no morir.
Grupo dos, por la ventana superior. Si escucháis disparos al grupo uno o cuatro, os lanzáis al abismo, nosotros nos coordinaremos por el otro lado.
Grupo tres, manteneos en el interior y replegaos si es necesario.
Ante mi ausencia, el teniente del grupo tres tomará el liderazgo interior.
Movimientos rápidos, fugaces y eficaces. Ni siquiera asintieron ante las órdenes, tan solo obedecieron.
No había oportunidad de victoria. Ellos eran soldados reales, no desamparados tratando de sobrevivir.
Temblando de miedo, Taranae se preparó para su final; uno de ellos desenvainó un cuchillo y apuntó a su rostro sin mascullar sílaba alguna.
Ella agarró con fuerzas el brazo de su amigo y cerró los ojos antes de la que parecía su amarga sentencia, pero, tal y como sucedió al principio, sintió un brazo en su espalda.
Solo que esta vez, en lugar de empujar, tiró de ella, tiró hasta meterla dentro de la gelatina, acercando también el cuerpo inconsciente de su amigo al hacerlo y desapareciendo del ojo enemigo.
Sintió cómo se ahogaba por unos instantes, pero al abrir los ojos sucedió lo inexplicable. Estaba allí, estaba arriba de nuevo. Los gritos de todos continuaban sin cesar y, aun así, palidecía ante el ruido que descendía del tejado del edificio.
—¡Ha… ha funcionado! Ha vuelto —dijo el sacerdote.
—¿Qué… eres? —preguntó asustado el joven que la había empujado.
Taranae, aun extenuada, abrió los ojos de par en par y se apresuró a meter los brazos de nuevo en la gelatina. Sintió el frío viento del bosque pasando por la puerta abierta del piso de abajo sobre las palmas de sus manos y el tacto del cuerpo de su amigo. Tiró de él, pero era demasiado pesado.