Rinaryan: La huella de un fantasma 10. Hilos #3
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10. Hilos #3

En un destello de alegría, miró hacia atrás, presenciando el rostro de Xalk, Febner y todos tras ellos observándola, esperando el próximo paso.

Por desgracia, aquel día aprendió que el camino puede tornarse oscuro en cualquier momento.

Un rayo de luz en la oscuridad, un chillido en el silencio, una piedra en el agua calmada…

La irrupción del enemigo es un momento violento y presenciarlo puede ser en la misma medida satisfactorio u horripilante.

Escucharlo fue como sentir reventar su corazón, pues en la calma de la noche, en la profunda penumbra del bosque, entre las filas de gente pacífica e inocente cuya única intención era conservar lo poco que tenían, irrumpieron.

El fogonazo iluminó las raíces de los árboles, el sonido retumbó en la fría piedra del monasterio y el corazón se desgarró sobre las briznas de hierba.

La tensión, las miradas, el orgullo, la esperanza, la fe…

murieron con la primera persona en caer al suelo.

Una fragilidad cruel, aderezada con los cadáveres de hombres, mujeres y niños cayendo al suelo, desamparados en una maraña de gritos y caos.

Solo un reducido grupo trató de mantenerse aún junto a la mujer que los había llevado a su perdición.

Ni siquiera ella pudo mantener la compostura, su mente se llenó de una densa niebla y solo quedó la supervivencia.

Corrió y corrió esperando que ninguna bala la impactara hasta que, de pronto, su coordinación falló fruto del miedo y cayó al suelo.

La hierba aún húmeda le dio escalofríos, adentrándose en la sensación de estar bañada de la sangre de su gente.

Apretó los dientes y trató de levantarse cuando sintió un agarre, fue tomada del brazo y arrastrada hasta detrás de los troncos frente a ellas.

Los disparos continuaron, los gritos se dispersaron.

El otro grupo avanzaba despacio para tomar el recinto.

Una docena de supervivientes cuyas miradas no se habían apagado la empujaban hasta el punto anunciado, esperando su orden.

No podía fallarles, y aun cuando estaba siendo arrastrada, levantó el brazo acordando la reunión, dando así la última clave del plan.

No hubo silencio, tampoco respeto o admiración.

Estaban llenos de rabia y, sin embargo, todos pretendían escuchar cual era el último acto de esta matanza.

—Responderemos con la misma moneda —dijo Lecoa con la boca seca y los ojos temblorosos—.

Se enfrentarán frente al monasterio, solo uno llegará a tomarlo, pero habrá muertos en ambos bandos.

Tenemos que esperar al cenit de la batalla, armarnos con sus restos y acabar con los que queden del bando vencedor.

El grupo interior es nuestra carta de la victoria.

Les asaltará la duda sobre nuestro hipotético abandono, de si el verdadero plan era dejarlos ahí y sobrevivir los pocos que podamos.

En su momento más desesperado, volveremos, restableceremos su esperanza, avivaremos las llamas de su espíritu.

Quienes queden terminarán la batalla con los restos.

Ganaremos —dijo cerrando el puño sobre su corazón.

—Joder. No solo ganaremos, estaremos armados hasta los dientes y los dominaremos. Nos lo llevamos todo —respondió esta última con una sonrisa deshumanizada ante los ojos de Lecoa. «¿Es este el precio de vivir como un guerrero?», se preguntó asustada al verla.

—No. Pagamos con vidas —respondió Febner, alterado—. Nos cuesta la vida de inocentes, jóvenes, de buenas personas.

—Yo tampoco quería esto, Febner… No pensé que serían tan violentos. Si no, yo nunca… —respondió Lecoa.

—¡Confiamos en ti! Tus deducciones fallaron, ¿por qué no lo haría también tu plan? El mejor movimiento es salvarnos, es la única forma de respetar las vidas de los que se quedaron atrás —sentenció él, acercándose a la mujer con agresividad.

Xalk se puso en medio y lo tomó de la camiseta, amenazante.

—Ignorante. Es exactamen…

Lecoa la interrumpió con un simple toque en el hombro y un paso hacia delante. Contuvo la respiración, cesó los parpadeos y clavó sus ojos en los suyos, propinándole una bofetada a pesar del dolor punzante y extremo de su lesión.

—Morid intentándolo. Cobarde. Id con él el resto de su calaña, yo me ahogaré en mi propia charca de sangre, con el resto de la mía.

Xalk se carcajeó y soltó al hombre para crujirse los nudillos.

—Con suerte, será una noche larga.

Desde la distancia observaban sin peligro, tal como se había planeado. Las trayectorias de los disparos, los fogonazos y los ruidos servían de guía en la oscuridad.

—Fueron los del noreste los que dispararon primero, probablemente sean el grupo ganador de la contienda, por lo que lo más inteligente sería ir al suroeste o al sureste y armarnos allí —dijo Lecoa en un susurro desgastado—.

Pero si algo clama mi alma es una venganza inmediata.

Es más peligroso, pero también más rápido, y tenemos la seguridad de que tienen armas automáticas y más munición.

—La venganza no importa, Lecoa. Debemos salvar a nuestra gente —respondió Febner.

— No. Hay algo más… Esperábamos tener un mayor número. Hasta entrar en el monasterio estamos en inferioridad numérica. Necesitamos asegurar la munición, y ellos tuvieron de sobra como para gastar en esa masacre de inocentes solo para mantener el caos —contestó Xalk, respaldando su decisión.

—Xalk tiene razón y, por si fuera poco, si ellos llevan la delantera, el segundo grupo no esperará que hayan dejado rezagados cuando tomen el recinto. Los tomaremos por sorpresa —contestó Lecoa.

—Podrían haber pedido refuerzos y que todo se tuerza de nuevo, prefiero esperar —replicó de nuevo Febner.

Lecoa tragó saliva antes de contestar. No estaba segura de sí hacerlo, la emoción aún dominaba la lógica.

—El plan aseguraba la victoria con el mínimo número de bajas. Ahora que sabemos que son unos desalmados, no podemos estar seguros de que nadie en el interior sobreviva.

—En ese caso, de poco serviría adelantarse a los acontecimientos y morir nosotros también. Has fallado como líder, Lecoa, pero puede que como general puedas mantener tu victoria. No te quedes a medias en ambos.

—Tiene usted razón, pero… —Xalk lo interrumpió entonces—.

Una avanzadilla. Vamos nosotras dos. Si morimos, solo perdemos dos efectivos, y si vivimos, tendremos la ventaja de estar armadas.

Aún quedan algunos de mis chicos vivos. Si tenemos armas, no hay opción de perder, y podríamos tomar una posición ventajosa para asegurar vuestra entrada.

—Xalk, eso es. Es, de hecho, una parte fundamental, ahora que estamos faltos de tropas. Al tomar el recinto, defenderlo les será sencillo con sus armas. Si conseguimos una posición distinta, aseguraremos vuestra entrada.

—¿Ha disparado un arma real alguna vez?

—No, pero se verán acorralados y se rendirán. Si mueren los de arriba, vuestra ventaja se acabó.

—¿«Vuestra»? Me gustaría decir que no es más que una excusa para saciar vuestra sed de venganza, pero…

podría funcionar. El clásico divide y vencerás —dijo Febner—.

Con la diferencia de que iré yo, no usted.

Su hombro está lesionado, y no podemos depender de una señora para asegurar el paso.

De hecho, usted ni siquiera iba a ser parte de la milicia del movimiento en primer lugar.

Lecoa suspiró decepcionada.

—Está bien. Tiene razón. Pero, por favor, id con cuidado.

Febner asintió, Xalk se mostró algo molesta arrugando la nariz y volteándose en dirección sureste, pero hacerlo también indicaba que había aceptado las condiciones.

El pánico inundaba el recinto. Paralizados, escucharon los gritos de agonía de sus congéneres sin saber qué hacer.

Los arrebatos de emoción se vieron superados por los continuos sonidos estridentes y los llantos de los niños clamaban al enemigo sus posiciones.

No tardaría en desatarse el conflicto interno que pocos trataban de apaciguar.

Taranae se colaba entre la masa de gente, avanzando hasta la puerta del piso superior, que acaparaba las miradas de muchos, tentados por un desesperado intento de escape antes de que sucediera nada que se lo impidiera.

Los segundos pasaban y la violencia terminaría por dominar al grupo, que se dividió al poco tiempo en dos bandos, los desesperados y los esperanzados.

Aquellos que querían renunciar a todo y quienes se aferraban a la fe en sus congéneres, siendo el grupo mayoritario el primero.

Los segundos poco o nada podían hacer ante su actuación.

Fue por eso por lo que Taranae se colocó en la puerta.

Sus manos y piernas temblaban como un castillo de naipes ante una brisa, por lo que apenas pudo mantenerse en pie tras el primer empujón. Su voz no se escuchaba entre el barullo. Por más que intentaba gritar, era como tratar de encender una vela bajo el mar invernal.

Taranae echó la vista hacia arriba al caer por puro instinto, encontrándose entonces al sacerdote.

—¿Usted me ha empujado? —le preguntó con su característica ternura. El sacerdote negó con la cabeza, nervioso.

—Lo siento, jovencita. No he visto quién ha sido, pero puedo ayudarla a levantarse —dijo tendiéndole la mano. Taranae la tomó y se puso en pie. Sus piernas aún fallaban, pero consiguió un leve equilibrio amarrándose al costado de la puerta.

—Por favor… No perdáis la esperanza. Llegados a este punto, no hay opción…

Salir es mucho peor que quedarse, aquí les demostramos que no somos una amenaza y no tienen por qué matarnos…

Pero lo más importante es que, aunque lo hagan, habremos servido para algo.

No moriríamos en vano, lo haríamos peleando a nuestra manera.

No os infravaloréis, no penséis que estamos aquí por nada o que no tenemos valía alguna.

Lecoa… confía en nosotros. Puede que no sea tan espectacular como lo que pueden hacer ellos, pero no significa que seamos lastre.

Por favor… No quiero ser un lastre —respondió Taranae.