10. Hilos #2
¿Acaso enfermos, heridos y débiles tenían menos derecho que los fuertes a sobrevivir?
, se preguntaban en silencio, dudas que atravesaban la moral humana como espadas hundiéndose en la arena.
Lecoa miró a su alrededor. No eran rostros de soldados, ni mucho menos.
No estaban deseosos de victoria, sino de supervivencia.
Apretó los dientes y tragó saliva, a sabiendas de cómo toda mirada aterrizaba en su rostro en un análisis concienzudo y determinista de si de verdad estaba en sus cabales.
¿Era la respuesta correcta? La violencia engendra más violencia, se respondió a sí misma, sumiéndose en el vertedero de la luz de sus ojos.
Un sumidero de esperanza vacía, uno que esperaba que la solución que saliera de sus labios fuera algo más que un plan o, quizá, simplemente algo distinto.
«Es cierto. No tienen por qué querer matarnos, podríamos serles de utilidad.
Al fin y al cabo, como mínimo podremos trabajar para ellos».
—Basta. No lo aguanto más. —Fue la chispa en la oscuridad, la dulce voz de Taranae alzándose una vez más en las tinieblas.
Exacerbada, adelantó a su propia compañera, y sin darse cuenta apartó a la misma Xalk con el brazo derecho mientras lo hacía.
Miró hacia ambos lados, dirigiéndose a todos con el puño apretado y la nariz moqueando.
Su voz temblaba y era más aguda que de costumbre, y sus ojos manchados de lágrimas mantenían la compostura como un hilo haciendo flotar un rascacielos—.
¿Cómo podéis hacer este vacío? Ella ni siquiera quería esta responsabilidad.
Sabía que seríais así, abrazados al último clavo ardiendo, que nada sea lo que parece.
Que se equivoque, que pase la tormenta. Yo quería creer que no, que no infravaloraríais sus palabras.
Estaba segura, más aún después de que escucharais lo que tenía que decir, y absolutamente tras los sucesos de hoy.
¿Teníais miedo de que se fuera? Ella temía esto.
Y yo también. —No pudo más y rompió a llorar.
Tartamudeando, mantuvo su discurso tan claro como pudo, dejando que sus emociones se amplificaran—.
Es cierto. No es un camino de rosas, no es un paseo al atardecer ni mucho menos.
No sabemos qué o quiénes nos vigilan ahí fuera, podrían matarnos a todos si se aliaran, ni siquiera pondríamos resistencia alguna.
¿No es eso más razón para darnos una oportunidad?
¿Acaso no son los que se quedan tan propensos a morir como los que van para luchar?
El desconocimiento da miedo, pero a mí me aterra aún más tratar de dormir con la almohada tapándome las orejas y la cabeza contra el suelo, esperando que quien sea que esté ahí fuera sea misericordioso conmigo porque soy débil.
No os pedimos que luchéis, al menos no a quienes no queréis o no podéis hacerlo.
La respuesta que queremos, que necesitamos, es que no os quedéis en silencio, ¡que no seáis un atajo de cobardes y defendáis lo que tenéis!
Hemos tenido la suerte de tenernos los unos a nosotros, trabajar en comunidad y vivir en paz.
¿Renunciaréis a todo por miedo? ¿Por lo que pudiera pasar?
En ese caso, se hará justicia porque no mereceríais la suerte que hemos tenido.
Incluso hoy me siento más afortunada que nunca.
No porque la guerra llame a nuestra puerta, sino por tener a alguien como ella para observar, elucubrar y dirigirnos sin pedir nada más a cambio que nuestra confianza.
No seré yo quien se acurruque de miedo en una esquina.
Sea débil o fuerte, hoy y siempre estaré a su lado.
Xalk lo escuchó todo atónita, dejándose llevar por la cascada de emociones de la joven. Antes de darse cuenta, dio un paso para colocarse a su lado para poco después soltar una sonora carcajada cerrando los ojos.
—¿Cómo podría alguien en sus cabales tener miedo después de eso?
Hacéis que tener miedo sea mi único temor.
Concuerdo con el plan, mi grupo seguirá tus indicaciones, y si vuestras palabras han calado en vuestra gente una décima parte de lo que han presionado mi garganta, quienes tengan el descaro de encontrarse con la parca la harán trabajar duro para llevárselos al otro lado. Cuenta con nuestra fuerza —afirmó.
Lecoa, emocionada, miraba de un lado al otro contemplando cómo las palabras se sumaban a las de sus compañeras, ancianas, embarazadas, enfermos, lisiados… La valentía no floreció aquella noche, prendió. Hizo arder hasta los cimientos del monasterio obnubilando el protagonismo de cualquier estrella.
Poco después, el silencio cobró un nuevo significado. Lecoa habló sin alzar la voz un ápice, retumbando esta entre las paredes del recinto.
—Debemos mantener una fachada creíble. Las apariencias marcarán la diferencia.
Saldremos en fila india y esperaréis mi orden.
Será únicamente visual, por lo que seré la cabeza de la fila.
No soy más que una señora mayor, así que no deberían sospechar nada.
La disposición será clave. Mantendremos una formación en la que, de los diez primeros de la fila, ocho serán de edad avanzada o heridos que puedan caminar con soltura.
De los siguientes diez, tan solo seis, reduciendo la proporción hasta el final de la fila, donde de nuevo volveremos a la proporción inicial tras una única sucesión de diez personas en disposición de luchar.
—Yo me quedo. Seré un estorbo allí, y quizá aquí pueda proteger a alguien o se me ocurra algo. Además, así controlaremos la situación desde los dos flancos —respondió Taranae.
Lunten, el joven agresivo del otro día, se acercó a ellas.
—Yo tampoco quiero luchar. También creo que, si hay mezcla de gente aquí, será menos sospechoso cuando entre el primer grupo, y al no saber cuánto durará su estadía hasta el supuesto ataque… ¿Tiene sentido que me quede?
—Es igualmente peligroso —respondió Lecoa—. No luchas, pero quedas indefenso, chico. Alguien como tú está mejor ahí fuera.
El joven negó con la cabeza.
—No soy un guerrero ni un soldado. Me da miedo morir, y aún más ser una carga.
Lecoa le acarició la nuca y respondió con un susurro:
—Lo respeto. Pero en el fondo sé que en el momento en el que se te requiera, darás el paso. Lo noto en tu mirada.
Xalk se carcajeó al escucharlo.
—Mide dos metros y se va a llorar a una esquina. ¿Lo respetas? Es patético.
—Lo siento… —respondió él alejándose y escondiéndose entre la multitud.
Con una sonrisa de medio lado, Lecoa deslizó su mirada a Xalk por un segundo y continuó organizando la fila.
—Tara. Es lo mejor, si te quedas, nos aseguramos de que alguien tenga las agallas de seguir con el plan desde dentro, pero que tus ganas de demostrar lo que vales no sean el camino a tu perdición, por favor. Trata de actuar lo mínimo posible y no hagas ninguna locura.
Taranae asintió con la cabeza y volvió con el resto, metiéndose entre la marabunta de gente.
Subiendo las escaleras hasta el piso de arriba, se cruzó con el único de los tres líderes que, para sorpresa de todos, se atrevió a colocarse en la fila en tercer puesto, solo por detrás de Lecoa y Xalk.
Ella y él serían los únicos dos soldados del primer grupo.
Con movimientos rápidos y firmes, pasó junto a quienes se interponían en su camino y no masculló palabra alguna, más allá de un cruce de miradas con su líder.
—¿Qué pretendes, ponerte a mi altura por sacarme treinta kilos y cuarenta centímetros? Quiero a mi gente a mi lado, no a alguien como tú —le dijo Xalk sin miramientos. Él se mantuvo estoico y no se movió un ápice—. ¿Es que no me has oído?
—¿Por qué querría estar en primera fila, Febner? —preguntó Lecoa.
—¿Hago mal? —preguntó él.
—Creí que repudiabas la violencia.
—Así es.
—¿Viene, pues, en calidad de herido o enfermo?
—En absoluto. Como dice, repudio la violencia, pero si tiene razón y ellos atacan el santuario, defenderé a los míos con uñas y dientes. Seré muchas cosas, Lecoa, pero no un cobarde. ¿Hay algún problema?
—Al contrario. Agradezco escucharlo. Es un placer contar con usted, Febner —sentenció ella—. Ve al segundo grupo.
—No —irrumpió Xalk—. He cambiado de idea. Seré menos reconocible con esta montaña de carne cerca.
Lecoa asintió y se colocó frente a ellos para dar la orden.
La organización no fue ni mucho menos perfecta.
Las madres mandaban callar a sus hijos, y aquellos con la consciencia suficiente temblaban como una hoja en una tempestad, esperando a que ella alzara el puño tal y como habían acordado.
La puerta del monasterio se abrió, dejando entrar la luz residual de la luna reflejada en las verdes briznas frente al edificio.
Entonces dio el primer paso. Siempre hay un primer paso, el que forja el camino.
Como un dibujo en un lienzo en blanco, tomó forma.
La afluencia de personas, su diversidad, su condición desarmada, los pocos alimentos que transportaban…
Las miradas que atravesaban el bosque bajo las tinieblas adquirieron el brillo rojo de la sangre.
No cabía duda. El tercer grupo se había hecho con el monasterio, expulsando a sus inocentes habitantes y comenzando la cuenta atrás.
Paso a paso, se movieron en unidad. No dispondrían del entrenamiento de un ejército, pero sí de la determinación y motivación necesarias para defender su bienestar.
Un bien común que brillaba bajo el ala de la fe.
Ella nunca había sido una persona orgullosa, pero ese primer mordisco la dejó prendada.
Era la viva prueba de su valía, de que las palabras de su amiga sí habían servido, de que se había equivocado.