10. Hilos
Portando sus heridas como medallas, en desordenada fila entraron orgullosos tras el llamamiento, golpeando la sólida roca bajo sus pies con un ritmo caótico y desenfrenado que intimidó a los pobres desamparados de su propia esperanza.
Los labios de Lecoa temblaban superponiendo un destello de satisfacción a la tenebrosa incertidumbre que se alzaba como una inmensa sombra, una proveniente de la elección más ambiciosa.
Estoica, contempló sus andares, la anchura de sus hombros, sus muecas irritadas de furia contenida, sus fuertes y profundas respiraciones…
Infundían algo más poderoso que el respeto en aquellos que tenían el privilegio de no haber degustado las mieles de la batalla, algo que iba más allá del temor o de la admiración: una impotencia latente, una que escudriñaba la triste verdad, absoluta inferioridad.
Parásitos de una era fallecida, los había tan necios como para creer que aún estaban a tiempo de resolver la creciente adversidad, incluso había quienes se atrevían dibujar luz en la estela que dejaba su evidente terror.
No estaban en posición de pedir nada. Ni siquiera ella, ni siquiera Lecoa, quien se mantenía erguida y firme, orgullosa y agresiva para el ojo poco avezado; Taranae, en cambio, se percató al instante de cómo le temblaban las manos.
—Lamento haber tenido que cambiar nuestros planes acerca de la reunión, espero que podáis perdonarme. Mi intención siempre fue mantener la mayor discreción posible, pero se me ha puesto en duda y he creído que esta era la única solución —dijo Lecoa.
La mujer de dorados cabellos barrió la zona con la mirada en uno o dos segundos. Manteniendo el trazo de la repulsión en el rostro, alzó la voz dirigiéndose a todos e ignorando las palabras de Lecoa.
—Qué lugar tan acogedor, incluso en la noche hay buena luz y espacio más que suficiente para decenas de personas.
Hay niños y ancianos, mujeres enfermas y hombres gordos o enclenques.
Suerte es una palabra que se queda corta para describiros —dijo, y entabló contacto visual con los tres hombres en la altura—.
Os hemos estado observando, como sabéis.
Escuchamos y vemos prácticamente todo lo que hacéis.
Creíamos que no daríais problemas ni serviríais de ayuda, que seríais poco más que las polvorientas piedras que conforman este maloliente lugar, y entonces uno de los nuestros oyó vuestra discusión —continuó alzando ambas manos hacia el cielo para, justo al terminar de hablar, voltearse hasta Lecoa—.
¿Cómo puede un aturdido insecto percatarse de una espada en la oscuridad?
¿En qué momento se deshizo vuestra estúpida hipnosis?
¿Tan aburrida es la paz con la que soñáis despiertos?
Lecoa respiró hondo y se llevó las manos a la espalda, las entrelazó y dio un paso al frente antes de contestar, siendo interrumpida por el griterío vacío de los desesperados y atolondrados.
A pesar de ello, como las gotas de lluvia atravesando las olas, las palabras de ambas continuaban fluyendo hacia la otra en imperturbable armonía.
—En absoluto, la paz es un fin en sí mismo, y las preocupaciones derivadas de ella se vuelven banales cuando esta desaparece.
Entiendo que lo perciba como ridículo. Sin embargo, usted debe comprender algo: la víctima se genera en la conclusión, no en la acción.
Un león puede considerar víctima a un elefante, pues es pacífico y presenta una abundante cantidad de carne, pero no es hasta el final de la batalla cuando se decide el rol de cada participante.
Ahora bien, ¿conoce usted su situación, señorita?
—preguntó Lecoa apretándose los antebrazos tras la cintura, aferrándose con cada fibra de su cuerpo al estado de calma más elevado al que pudiera optar.
—No me llames señorita. Soy Xalk. Y sí, la conozco muy bien.
Se acercó aún más a ella, hasta quedar a menos de medio metro de distancia, pero Lecoa no se amedrentó; controló su lenguaje corporal hasta el punto de no tragar saliva y dejar una expresión estoica en su rostro.
—Tráteme de usted, Xalk. No somos amigas —respondió Lecoa.
—No estás en disposición de pedirme nada —dijo con una humillante carcajada.
—La mosca obnubilada por la luz y la araña hambrienta y paciente tienen algo en común.
Las dos son insignificantes ante la llegada de un gato caprichoso.
No hace falta nada más, ni siquiera tiene por qué tener un motivo para hacerlo, ese es el precio por existir.
Siempre lo ha sido. ¿Quién eres tú para decirnos qué es insignificante y qué no lo es?
Sigue cazando moscas, mófate de su esperanza y su debilidad.
No importa, Xalk, la araña es la única que carece de importancia para el resto, pues la mosca muere obnubilada.
No nos importa quién nos mate, vosotros o ellos.
Sigue riendo si te apetece, pero nosotros tenemos algo a lo que el resto no podrá siquiera a aspirar una vez comience el inevitable confrontamiento.
Seguiréis por siempre en el viejo juego del gato y el ratón, cuando el que realmente gana es aquel que es capaz de abrazar el futuro con ambas manos.
Xalk, petrificada, dejó la vista clavada en los ojos de la mujer, marrones como la madera que servía de unión entre los minerales del monasterio.
Cansados y atemorizados, escuchar esas palabras despertó en ella una visión latente que creía enterrada, aquella capaz de rasgar la superficie.
Bajo las capas de mentiras que iluminaban su apariencia, sus temblorosas manos, las pronunciadas arrugas de su rostro, su delgadez y su fragilidad se escondía la voz capaz de destruir las ataduras más insólitas, las propias.
—¿Y qué pretendes? —preguntó con el dolor de quien trata de no obtener respuesta—. ¿Que dejemos de luchar? ¿Qué nos armemos un maldito huerto y vivamos pacíficamente rogando al cielo que nadie nos haga daño? Sois patéticos. Si no fuera por ti, ni siquiera se habrían dado cuenta de que iban a morir.
Lecoa dejó escapar una hermosa y breve risa, tanto como sincera fue.
—Es una pregunta que aún me planteo y para la que aún no tengo solución, tan solo…
, tan solo un esbozo, el que creo que es el primer paso.
Eres muy inteligente, Xalk —continuó relajando ambos brazos—.
Cuando te vi entrar, me alegré porque parecías de naturaleza combativa y determinada, pero ahora estoy maravillada por tu mente despierta y abierta —dijo ofreciéndole su brazo derecho—.
¿Crees que podríais seguir un plan muy simple?
Boquiabierta, Xalk sintió un escalofrío al escucharla.
Los temblores en su voz habían desaparecido y la seguridad genuina en su movimiento tras terminar la conversación generó en ella una contundente satisfacción, una que la incitó desde su instinto más básico a contestar a su invitación afirmativamente, ofreciendo su mano.
—Espero que hayas pensado algo más que metáforas y alianzas. Las guerras no se ganan con poesías.
Lecoa asintió y exhaló, recuperando sus perdidos nervios.
—¿Podrías pedir silencio? —preguntó entre la inmensa oleada de ruidos y griterío de alrededor.
Xalk asintió, inspiró hondo y gritó tan fuerte que meció el bosque entero:
—¡BASTA! ¡SILENCIO!
Por supuesto, la reacción fue instantánea. Los habitantes del monasterio la temían como posible enemiga, y su gente la respetaba como líder, por lo que Lecoa pudo hablar rápidamente.
—Me complace anunciaros que hemos podido acordar una alianza temporal para solventar la problemática venidera.
Ahora bien, necesito que me escuchéis con atención.
Como dice mi compañera Xalk, las guerras no se ganan con poesías ni metáforas, aunque las alianzas pueden ser un buen comienzo.
No disponemos de la fuerza para sobrevivir en un combate directo.
Por ende, y en orden de la supervivencia grupal, simularemos haber cedido el monasterio a nuestros ahora compañeros.
Marcharemos en dirección norte, no debería haber ningún peligro mayor.
Sin embargo, es probable que tengamos que dormir a la intemperie.
Conozco los riesgos para enfermos y heridos.
Quienes presenten estas condiciones se quedarán aquí, con nuestros líderes, en el piso de arriba.
De esta forma será más creíble la retirada, al igual que lo sería que algunos miembros del otro grupo se quedaran tras la toma del monasterio, pero confío en que será una rauda actuación y la batalla, además de sangrienta, será frenética y confusa.
En todo momento debéis dejar clara vuestra absoluta subordinación al grupo que primero tome el monasterio y manteneros fieles a este hasta nuevo aviso, incluso si matan o hieren a alguno de vosotros.
El grupo de Xalk marchará con el resto del nuestro hacia el norte, donde os explicaré más.
Es importante que los posibles rehenes no sepan más, el plan requiere de vuestra confianza para su funcionamiento.
Es la única manera de asegurar la supervivencia y mantener el monasterio.
Si hubiera podido, habría mantenido oculta la información del simulacro de rendición, pero entiendo que es necesario.
Será una noche larga y no sé qué ocurrirá dentro o fuera.
Os rogaría que improvisarais lo mínimo posible, interaccionad poco o nada con el enemigo y conservad la esperanza en la victoria.
Un silencio ensordecedor llenó el recinto. La claridad y el tono anunciaban una realidad venidera que causaba una incomodidad sufrida, sangrante. La superficialidad del estado en el que se encontraban se esfumó junto con la última palabra de aquella señora. Victoria.