9. Poder #3
Lecoa no pudo dormir la noche del segundo día y, aprovechando la luz de la luna nueva irrumpiendo en el monasterio, se levantó inquieta, dándose cuenta en el mismo momento que no era la única, ni mucho menos, pues solo los niños más jóvenes habían logrado conciliar el sueño.
El rumor del tercer día no estaba tan errado, pues los murmullos crean historias cuya falsedad se basa a menudo en la más pura realidad, y muchos eran los que escuchaban a las dos amigas mencionar este día como fecha límite.
¿Para qué? Para marcharse antes de que fuera tarde.
El miedo los había controlado hasta entonces, ¿Por qué habría de ser diferente ahora?
Un hermoso pasillo teñido de luz blanca se formó entre aquellos que se temían lo peor y no sabían cómo evitarlo. El solemne silencio enmarcaba su presencia, al igual que la imperturbable atención de quienes apretaban los dientes temerosos de la decisión de quien no ostentaba cargo alguno.
Una fuerza inconmensurable formaba el muro más denso al que se hubiera enfrentado hasta ahora.
El camino se había formado ante ella, pero no estaba lista para ponerse a caminar.
Los carraspeos y toses enmudecieron; la melodía del miedo tomaba lentamente un nuevo patrón, uno adornado con la sonata producida por los pasos de la mujer.
Llena de dudas, daría el primero, pues siempre hay un primer paso.
Con el corazón en el puño, quienes la rodeaban dejaron de fingir y sumaron sus instrumentos a la partitura, susurros y sorpresas enmarañadas con decepción y tristeza.
Como toda buena obra, continuó en el segundo acto, que anunció la percusión, con levantamientos y algunos gritos de indignación.
No cambió mucho hasta el final más allá de subir y bajar su intensidad, las notas iban y venían y la regularidad brilló por su ausencia, pero el camino frente a ella no se manchó un solo segundo.
El penúltimo paso fue confuso. Escuchó tras de sí una voz conocida, mas no reconocida. Era el joven que la amenazó.
—¿Es cierto? —preguntó. No había indignación, rabia o miedo en su voz, solo curiosidad y la fogosidad de la prisa juvenil.
Lecoa se volvió, pero no le dirigió la mirada. Para sorpresa del chico, la luna que iluminó la cara de la mujer descubrió la misma sonrisa que describían las habladurías. «Qué infantil», pensó ella. «Claro que no puedo ver el cielo dentro de un edificio», continuó, mirando al palco superior.
Los tres líderes quedaron observando en silencio, contemplando cómo los ojos de todos ellos brillaban juntos, blancos guiados por su mirada.
—Hemos recabado pruebas de cada pronóstico y teoría que nos compartiste. Tus aciertos nos parecen profundamente sospechosos, lo que nos ha hecho deliberar sobre tu pertenencia y lealtad a este grupo.
Ellos esperaron que contestara, pero no se dignó a gastar un solo mililitro de saliva para contestar tal estupidez.
—¿Eres capaz de darnos solución al problema que nos presentaste, o tan solo lo hiciste en ánimo de llevarnos bajo el amparo del grupo al que realmente perteneces?
La luz de la ventana se apagó, las nubes nocturnas pueden ser muy traicioneras. Esperando el veredicto, el silenció formó una réplica que fue brutalmente asesinada por el sonido de los pasos de la mujer. Uno tras otro, solo quienes estaban en la parte baja sabían su dirección.
La puerta principal se abrió a los pocos segundos, aunque no se terminaría de cerrar.
—¿Huyes ahora que hemos dado con tu vil treta? —Surgió desde el palco. ¿Quién lo dijo? Era indiferente.
Algo más alejada, se escuchó la voz de la joven Taranae.
—¿Es que no te callas nunca?
—Me reconforta el alma saber que obrasteis con ignorancia y no con maldad —respondió desde la mitad del pasillo—.
Es muy costoso saber las intenciones de alguien con mera observación, es algo más propio del instinto.
¿Sabréis vosotros discernir las mías? He concertado una reunión con el tercer grupo.
No ha sido difícil, dada su proximidad y la fuerza de la palabra en este monasterio; de hecho, ellos me lo propusieron a mí.
—¿Cómo te atreves? —gritó furioso el hombre en las alturas, impotente ante la obra de la mujer.
Atónitos, todos los presentes se levantaron y acercaron a la puerta, mirando quién o quiénes podrían entrar.
—No me he atrevido, al igual que usted. Sin embargo, esta ha sido la consecuencia de seguir la estela prendida por mi querida Taranae.
Ha sido tu gente la que ha llevado a sus oídos el cuento que les hizo obrar, y hoy soy la más aterrada de todos los presentes, pues no conozco su intención, pero aún más miedo me da seguir bajo el yugo de la obnubilación al que nos sometemos nosotros mismos bajo vuestra palabra.
El rayo nocturno se diluyó en las grietas de la nube, y una fila de personas de toda índole, armadas con cuchillos, hoces, palas y martillos, surgió bajo su velo, encabezados por una mujer de dorados cabellos y ojos azules, bella como el amanecer y de mirada amenazante como las llamas, cuya única arma era un rostro adornado con el fruncido ceño forjado por la sangre y la ira, el orgullo roto y los puños llenos de callos y cicatrices recientes.
Vestida con ropas desgastadas y llenas de mugre y sudor, chocó miradas por primera vez con la persona a la que aludían las habladurías.
Se percató al instante. No era más que una señora mayor con delirios de grandeza.
Lecoa, en cambio, quedó boquiabierta con su presencia, tanto como Taranae. Sintió que era la misma encarnación de la esperanza. Una esperanza realmente malhumorada.