9. Poder #2
Taranae se giró hacia ella. La indignación presente en su discurso y la inercia de su acción la llevó a tomar las riendas de la iniciativa en la promesa que le había hecho, no solo cumpliéndola, sino expandiéndola. Tardó muy poco en quebrar la fina pared que separaba la causa justa de la digna.
—¿Cuándo será que el tiempo ceda su bendición ante la difícil decisión de no tomar partido? ¿Hasta cuándo las súplicas serán nuestro único sustento? ¿Y cuánto aguantará ignorante el miedo sobre la gente que duerme a vuestros pies, esperando que el día de mañana sea de nuevo como el de ayer?
—¿Eso es una amenaza? —respondió el hombre, hipócrita, incapaz de entender pero capaz de actuar, avanzando frente a las dos mujeres con el puño apretado al igual que la mente, acobardado y ofuscado, disfrazando de poder su inseguridad.
Lecoa, asustada, retrocedió hasta tropezar. Taranae la agarró, pero la debilidad de sus piernas las hizo caer juntas.
La puerta abierta, el viento aullante y el traqueteo de los pasos raudos saltando de escalón en escalón bajo el aterrado grito de la joven.
—Febner —lo llamó el sacerdote. El hombre paró y tragó saliva.
—Padre, no era mi intención asustarlas. Sépanlo también ustedes. Lo lamento profundamente —respondió él.
Vio a un muchacho alarmado subir por las escaleras, el mismo que fue parte del problema matinal.
—¿Estáis bien? —preguntó a voces al llegar con un séquito de personas—. Hemos oído gritos.
Lecoa respondió con una mirada punzante y otra pregunta.
—¿Lo estamos?
—Chico, por favor, acompáñalas a la salida —continuó Febner agachando la cabeza.
El hombre joven y alto de entre los tres se acercó a ellas y las ayudó a levantarse con delicadeza, tomando a Taranae de la mano, quien lo agradeció con dulzura pese a las circunstancias.
En un último destello de confrontamiento, Lecoa se acercó a Febner y le susurró algo más. El bullicio no permitió al resto escucharlo, pero él sí lo hizo, claro como el agua en calma.
—Queda en tus manos tomar la decisión. — A priori , una frase común y corriente, pero sonó como la mayor de las amenazas tras salir de sus secos labios, incluso a pesar de la compasión de su mirada, un sentimiento lleno de empatía y envenenado de superioridad.
Una punzada en el pecho carcomió la dureza de su carcasa. Una losa que sintió por primera vez, algo que iba mucho más allá de la potestad del fuerte o de la moralidad del justo, la responsabilidad del liderazgo.
Aquella mujer sería la última en marcharse.
Era débil, enclenque y vieja, probablemente no hubiera dado un puñetazo en su vida y, sin embargo, cada una de las personas que presenciaron la discusión vieron una característica que iba mucho más allá de ser especial o única, una que ni ella misma pretendía o de la que tenía conciencia.
Mujeres, hombres y niños miraban de reojo, incapaces de creer que la voz que escuchaban fuera de alguien como ella, quien mantenía recta la mirada y altiva la cabeza.
No podría decirse que las fugaces miradas y comentarios escaparan de su percepción, pero no les daba importancia alguna, pues a Lecoa le reconcomía la impaciencia de salir y volver a mirar al cielo.
Hoy parecía que iba a estar muy despejado, a pesar del frío.
A pesar de su enfado e indignación, tenía que contenerse la risa; pretendía dejar preocupado a aquel hombre mientras ella se dedicaba a mirar el cielo y la sonrisa de la joven Taranae hasta que tomara una decisión.
Quienes la observaban en ruidosos susurros tomaron su expresión de risa contenida como una muestra de júbilo por una aplastante derrota, una humillación.
No hizo falta elucubrar a favor o en contra de dicha hipotética celebración, y la imagen de la sonrisa cuadraría entre las palabras del pueblo durante los dos días consecutivos.
«Fue impresionante, los tenía contra las cuerdas, parecía que se iban a poner a llorar».
«Si lo que dijo es cierto…, tengo miedo de salir.
No quiero que nos pase como al resto». «Tampoco es que podamos hacer nada. No somos soldados».
Decenas de opiniones murmuradas en cada recoveco del monasterio que, como una plaga incontrolada, terminó llegando allá donde no debería.
Tras dos tranquilos días en los que los silencios abundaron más que las palabras, Lecoa continuó con sus tareas de limpieza, esperando el veredicto.
Por las tardes charlaba con Taranae con parsimonia.
Concordaron que hablar del tema solo les traería más ansiedad y que el tercer día sería el tiempo límite para actuar, pero, por más que quisieran ser pacientes, en el fondo a cada minuto que pasaba perdían fe y esperanza en el resto de los refugiados, secuestrados por sí mismos entre las paredes de la inconsciencia.