9. Poder
Calma, quietud, pausa. Ser capaz de repintar el mundo de blanco y colorear cada trozo, los ojos cerrados y la mente despierta.
El baile de la niebla bajo el velo de las nubes de tormenta, los elegantes pasos de la brisa llevando tras de sí la atención de las briznas de hierba.
Una reacción para cada acción, una consecuencia para cada causa, y, sin embargo, encontrar la contradicción más pura como barrera de la realidad, pues los rayos del sol a veces pueden penetrar las densas nubes y la neblina espesa hasta llegar a quien no había solicitado su llamada.
Lecoa respiró hondo antes de volver.
Taranae pretendía darle la mano, pero en el fondo sabía que sería peor.
No hacía falta siquiera ver su rostro para percibir el grado de concentración que estaba logrando y, sin embargo, la afinada vista de la joven sí le permitió ver un grano de arena entre el inmenso océano; la mano izquierda le temblaba.
—Qué extraño —farfulló al aire Taranae esgrimiendo su característica sonrisa—. Hoy es uno de esos días que, por mucho sol que haga, el aire está helado. ¿No crees?
La contestación fue inmediata, un decidido paso hacia delante. Siempre hay un primer paso.
El polvo en la roca anunciaba su llegada con el solemne sonido de quien camina con decisión.
La puerta de la sala superior del primer piso debía estar cerrada con llave, como todos los días.
Taranae, por supuesto, se había dado cuenta, pero sabía que no serviría de nada decírselo a Lecoa mientras estuviera tan concentrada, por eso sonó una fuerte carcajada cuando contempló la osadía de abrirla sin llave ni oposición alguna.
En cierta forma, era aterrador presenciar de primera mano los designios del destino bajo la casa de dios, la superposición de la causalidad y la casualidad aflorando bajo los pies y las manos de una señora.
La enorme puerta de madera se abrió de par en par, y la atención de los mandatarios allí reunidos recayó sobre las dos mujeres.
—Disculpad, no tenéis permiso para entrar aquí.
¿Requerís algo? —preguntó diplomáticamente el hombre de mediana edad, de pelo lacio y oscuro como la obsidiana, ojos castaños, alto y fuerte.
Imponente o quizá amenazador serían palabras que pasarían por la cabeza la joven, quien también se percató de un pequeño corte de papel reciente en su pulgar derecho.
Lecoa tardó en contestar; sentía la garganta seca al contemplar a los tres hombres y no podía creer lo que estaba a punto de hacer.
Los pensamientos desbordaron su mente. Cómo empezar, qué decir, si debía tratar de convencerlos por el bien de la gente o convencer a Taranae de fracasar a propósito para no buscarse más problemas…
Nada funcionó, ni siquiera ella era rival para sí misma.
—Sí. Requerimos algo, y me disculpo por haberme presentado sin permiso, pero la situación ha llegado a un punto crítico y vuestra inacción está a punto de desbordarse sobre toda esta pobre gente —dijo con voz temblorosa.
Taranae quedó boquiabierta. Lo último que esperaba era un arranque tan agresivo, su grado de estupefacción la dejó paralizada los segundos iniciales de la conversación.
El sacerdote dibujó en su rostro una condescendencia inmaculada y se adelantó a sus camaradas, acercándose a ella.
—Muchas gracias por su visión, señora. De verdad que oraré por ustedes y trataremos de actuar de forma más consecuente y eficiente. Ahora bien, en orden de poder hacerlo, le pido que nos deje reflexionar un tiempo hasta concluir la solución a los problemas que nos importunan.
Al escucharlo, la joven recuperó la compostura y, llena de energía, contestó con la efusividad con la que Lecoa había iniciado la conversación.
—Ah, ¿sí? ¿Y qué problemas son esos? ¿Siquiera se han parado a analizar la situación más allá del monasterio?
—Se nos ha comunicado que ha habido un pequeño altercado violento entre una señora, su hija y un joven. Imagino que refiere a vuestro actuar, vista la emoción que desbordáis al comunicaros.
Taranae negó con la cabeza.
—No, no nos referimos a eso. —Lecoa avanzó un paso más.
—¿De verdad? ¿Creéis que yo estaría aquí por tal desfachatez?
—respondió alzando el tono. Su mano definitivamente dejó de temblar, pues con el puño apretado el frío y la duda pasaron a un tercer plano—.
Contestad bien. ¿Hay algún problema, además de la estupidez que habéis mencionado? —preguntó de nuevo.
El chico larguirucho por fin habló también.
—¿Qué más problema puede haber? Te estamos agradecidos por tu intervención de hace dos semanas y tu trabajo es más que respetable, pulcro y puntual, pero nosotros no tenemos la culpa de todo lo que sucede aquí.
El poco poder que tenemos es para mantener un orden y que no cunda el pánico, no para resolver cada mínimo problema que surja.
—¿Mínimo? —Lecoa señaló al exterior—. Hay un mínimo de tres grupos desconocidos que nos tienen en el punto de mira. Dos de ellos probablemente armados y con conocimientos y experiencia militar.
Alarmado, el hombre de mediana edad respondió exaltado.
—¿En qué te basas para escupir tal desfachatez?
—Tráteme de usted —respondió Lecoa.
Él apretó los dientes y frunció el ceño con intención de intimidarla, con la respiración agitada, respondió.
—Muy bien. ¿En qué demonios se basa para decir tal estupidez?
—Al noreste, hace dos semanas se podían escuchar claramente los sonidos de las criaturas del bosque a nuestro alrededor.
Gruñidos, rugidos, ladridos, pisotones, peleas…
Era aterrador, pero más aterrador ha sido contemplar cómo han ido desapareciendo justo antes de que un grupo pasara por aquí huyendo de una de ellas.
Armados, puede que no muchos sobrevivieran, pero sí los suficientes como para alertar al resto o a otros grupos con los que se hayan aliado.
—Sí. Eso es obvio, pero si no nos han atacado ya, ¿por qué lo harían?
—¿Conoce el término «presa de trato»? Imagino que no, vista su ignorancia.
El hombre se carcajeó nervioso y respondió de inmediato:
—No tengo el gusto.
—Cuando dos depredadores buscan una misma presa y conocen su mutua presencia, evitan luchar por ella por el riesgo que conlleva. Somos un corderito entre un león y un lobo.
—¿Cómo podría saberlo? ¿Tiene pruebas? —preguntó el joven.
—Ya basta —dijo el sacerdote—. Lo consideraremos —concluyó volteando la vista a sus socios.
—Oh, no. No, no, de eso nada —respondió Taranae—. ¿Preferís que expliquemos toda esta parafernalia aquí o ahí abajo?
—Déjala terminar —respondió el hombre.
Lecoa desvió la mirada un instante hacia el sacerdote, cargada de incredulidad e impotencia. El rostro de la mujer lo asustó lo suficiente como para hacerlo callar por el resto de la conversación.
—No tengo pruebas, tan solo deducciones y observaciones.
Cuando el viento proviene del sur del bosque, veo en muchas ocasiones ramas secas, piedras y polvo de la tierra zarandeada.
Lo que me hace pensar que hay un grupo es que, de vez en cuando, me he fijado en algunos trozos de vidrio que sospecho son de botellas rotas.
No están llenos de tierra ni tampoco les rebosa el polvo, y algunos sí han venido húmedos cuando he podido recogerlos.
Soy una vieja débil y enfermiza, no esperéis que me adentre bosque adentro para probar a nadie mis teorías, pero os invito a hacerlo si creéis que puedo equivocarme.
Son bastante buenos. Si es que hay un grupo, probablemente haya algunos árboles en esa dirección marcados con algún tipo de señal.
—¿Y el tercer grupo?
—El más obvio y el más peligroso. Creo que se verá dentro del fuego cruzado y atacarán como perros rabiosos, a la desesperada.
Se los puede ver en la madrugada, entre las copas de los árboles.
No son muy habilidosos escalando, pero tienen paciencia como para mantenerse horas inmóviles analizando qué hacemos y cuándo lo hacemos.
—¿Obvio? ¿Con ojos en la cara? Somos más de cien personas en este recinto y ninguno nos ha manifestado nada parecido, ni siquiera los exmilitares o policías.
—Como he dicho, no tengo pruebas.
—No tiene pruebas, no —contestó Taranae—.
Delirios de una señora mayor con mucha imaginación y aún más tiempo libre —continuó imponiéndose frente a los tres hombres—.
¿De verdad tenéis las narices de negar algo de lo que ha dicho?
¿Tan disparatada suena la mujer que nos salvó a todos nosotros hace menos de un mes alertándonos de todo lo que ha visto durante días y que tanto la preocupa, que no ha ocasionado un solo problema y no hace más que trabajar sin decir ni mu o molestar a nadie?
—No negamos nada, pero ustedes deben entender que la presión, la ansiedad y la frustración pueden jugar malas pasadas en la mente de todos —respondió el joven.
—¿Esta es una de esas ocasiones? —preguntó Taranae arqueando la ceja—. Aunque lo fuera, vuestra posición os responsabiliza lo suficiente como para hacer una comprobación. Lecoa ha dicho que debería haber árboles marcados al sur… ¿Qué nos cuesta echar un vistazo rápido?
—No sabemos qué hay en esos bosques. Y si hubiera personas, no tienen por qué querer hacernos daño.
—Ambas cosas ciertas. Somos más de cien personas aquí, y ustedes tres, tras escuchar todo lo que les he dicho arriesgando mi posición en este lugar, han trazado el complejo plan en tres actos consistente en no mirar por si hay peligro, no alarmarse por si no hay intenciones negativas y un tercer acto en el que se mantiene el statu quo con tal de formalizar una paz lo más duradera posible.
Lo llamaría respetable si no fuera tan cobarde, pero en lugar de insultarlo les plantearé mi duda —sentenció con una breve pausa, alzando la mano y señalando al ahora menos imponente hombre alto y poderoso—. ¿Hasta cuándo?